La situación actual en Siria evidencia, una vez más, la absoluta hipocresía y el doble rasero con el que actúa Occidente. Ante nuestros ojos, se perpetra una nueva limpieza étnica contra cristianos, drusos y alauitas, comunidades históricamente arraigadas en esta tierra milenaria, víctimas ahora del más absoluto desamparo internacional.
En un giro dantesco, al frente de Siria encontramos hoy a un antiguo militante del Estado Islámico, revestido de una legitimidad artificial proporcionada por aquellos que, hipócritamente, se autoproclaman defensores de los derechos humanos. Este nuevo líder no es más que el rostro maquillado del terror, sostenido por un silencio cómplice que resulta insoportable.
La comunidad internacional, encadenada a sus intereses económicos y estratégicos, prefiere mirar hacia otro lado, sumergida en la comodidad de la indiferencia, mientras cientos de familias son exterminadas sistemáticamente. Las minorías religiosas que alguna vez convivieron pacíficamente ven ahora amenazada su existencia misma, en un genocidio silencioso del que nadie parece querer hablar.







