Una forma de entender el poder. Una estructura que, gobierne quien gobierne, permanece intacta cuando el PSOE pisa moqueta. Y que hoy, bajo el mando de Fernando Grande-Marlaska, ofrece una imagen moral y política insostenible.
La cúpula que nunca se depura
Hace tiempo que la cúpula de Interior dejó de ser un cuerpo técnico al servicio del Estado para convertirse en un ecosistema de fidelidades políticas. Una red cerrada donde los nombres cambian poco y las lealtades siempre miran al mismo sitio.
El actual ministro no llegó para regenerar nada. Llegó para controlar.
Y cuando el poder se ejerce desde el control partidista, lo institucional se degrada. Se coloniza. Se corrompe.
Bajo la dirección de Marlaska hemos asistido a una concatenación de escándalos en embajadas, en agregadurías de Interior, en puestos de máxima confianza. Conductas impropias. Denuncias por comportamientos sexuales inapropiados. Silencios administrativos. Traslados discretos. Protección a personas cercanas al núcleo duro del ministerio.
¿Dónde está ese feminismo militante que llena pancartas el 8 de marzo?
¿Dónde está la indignación mediática permanente?
No aparece. No interesa.
Porque cuando el escándalo afecta a los propios, se baja el volumen. Se relativiza. Se diluye.
El “DAO eterno” y la ley moldeada a medida
Uno de los episodios más graves ha sido la modificación normativa para permitir que el Director Adjunto Operativo —figura clave en el organigrama policial— se mantuviera en el puesto más allá de la jubilación ordinaria.
Se cambió la norma.
No por necesidad estructural.
No por urgencia institucional.
Sino para que una persona concreta siguiera en el cargo.
Y cuando ese mismo entorno termina señalado o investigado, el silencio vuelve a imponerse.
El mensaje es devastador:
el poder no se somete a la ley, la adapta.
Escándalos sexuales y doble moral
En los últimos años han salido a la luz comportamientos irregulares en agregadurías de Interior en el exterior, denuncias internas por conductas impropias de altos cargos policiales y situaciones incómodas que han terminado resolviéndose con reubicaciones discretas.
En cualquier país serio, una sola de estas situaciones habría implicado comparecencias, auditorías internas, dimisiones.
Aquí no.
Aquí la consigna es resistir.
Y mientras tanto, desde la izquierda se sigue dando lecciones morales.
Resulta especialmente obsceno en un Ministerio que presume de combatir la violencia contra la mujer mientras ignora, minimiza o tapa comportamientos inaceptables en su propio perímetro.
Una herencia que viene de lejos
La continuidad estructural de la cúpula de Interior no nace con Marlaska. Viene de lejos.
Cuando Alfredo Pérez Rubalcaba estaba al frente del Ministerio, se produjo uno de los episodios más infames de nuestra historia reciente: el llamado “caso Faisán”.







