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Interior: el Estado tomado, la cúpula impune y el feminismo de cartón piedra

Interior: el Estado tomado, la cúpula impune y el feminismo de cartón piedra
porJavier Garcia Isac
opinion

Lo que está ocurriendo en el Ministerio del Interior no es una acumulación casual de episodios turbios. Es un sistema

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Una forma de entender el poder. Una estructura que, gobierne quien gobierne, permanece intacta cuando el PSOE pisa moqueta. Y que hoy, bajo el mando de Fernando Grande-Marlaska, ofrece una imagen moral y política insostenible.


La cúpula que nunca se depura


Hace tiempo que la cúpula de Interior dejó de ser un cuerpo técnico al servicio del Estado para convertirse en un ecosistema de fidelidades políticas. Una red cerrada donde los nombres cambian poco y las lealtades siempre miran al mismo sitio.

El actual ministro no llegó para regenerar nada. Llegó para controlar.

Y cuando el poder se ejerce desde el control partidista, lo institucional se degrada. Se coloniza. Se corrompe.

Bajo la dirección de Marlaska hemos asistido a una concatenación de escándalos en embajadas, en agregadurías de Interior, en puestos de máxima confianza. Conductas impropias. Denuncias por comportamientos sexuales inapropiados. Silencios administrativos. Traslados discretos. Protección a personas cercanas al núcleo duro del ministerio.

¿Dónde está ese feminismo militante que llena pancartas el 8 de marzo?

¿Dónde está la indignación mediática permanente?

No aparece. No interesa.

Porque cuando el escándalo afecta a los propios, se baja el volumen. Se relativiza. Se diluye.


El “DAO eterno” y la ley moldeada a medida


Uno de los episodios más graves ha sido la modificación normativa para permitir que el Director Adjunto Operativo —figura clave en el organigrama policial— se mantuviera en el puesto más allá de la jubilación ordinaria.

Se cambió la norma.

No por necesidad estructural.

No por urgencia institucional.

Sino para que una persona concreta siguiera en el cargo.

Y cuando ese mismo entorno termina señalado o investigado, el silencio vuelve a imponerse.

El mensaje es devastador:

el poder no se somete a la ley, la adapta.


Escándalos sexuales y doble moral


En los últimos años han salido a la luz comportamientos irregulares en agregadurías de Interior en el exterior, denuncias internas por conductas impropias de altos cargos policiales y situaciones incómodas que han terminado resolviéndose con reubicaciones discretas.

En cualquier país serio, una sola de estas situaciones habría implicado comparecencias, auditorías internas, dimisiones.

Aquí no.

Aquí la consigna es resistir.

Y mientras tanto, desde la izquierda se sigue dando lecciones morales.

Resulta especialmente obsceno en un Ministerio que presume de combatir la violencia contra la mujer mientras ignora, minimiza o tapa comportamientos inaceptables en su propio perímetro.


Una herencia que viene de lejos


La continuidad estructural de la cúpula de Interior no nace con Marlaska. Viene de lejos.

Cuando Alfredo Pérez Rubalcaba estaba al frente del Ministerio, se produjo uno de los episodios más infames de nuestra historia reciente: el llamado “caso Faisán”.

Un chivatazo policial a la organización terrorista ETA.

Un aviso que frustró una operación contra su aparato de extorsión.

El Estado avisando a quien debía perseguir.

Aquello no fue solo un escándalo judicial. Fue una grieta moral en las instituciones. Y marcó la cultura interna de determinados sectores policiales vinculados al poder socialista.

La sensación de impunidad.

La idea de que hay causas que justifican cualquier método.

La convicción de que el Estado puede utilizarse según conveniencia política.


Marlaska: ni limpieza ni ejemplaridad


Marlaska llegó con una imagen de juez firme y técnico. Hoy es un ministro político en estado puro.

Ha cesado a mandos incómodos.

Ha purgado perfiles no alineados.

Ha blindado a su círculo.

Todo ello mientras crecen los escándalos, se multiplican las polémicas y la credibilidad institucional se erosiona.

La pregunta no es si hay problemas en Interior.

La pregunta es por qué nunca se asumen responsabilidades. Da la sensación de que la cúpula de interior está sacada de los burdeles y saunas de Sabiniano Gómez, el suegro del presidente Sánchez.


El feminismo de cartón piedra


La izquierda ha convertido el feminismo en bandera ideológica. Pero cuando las sombras aparecen en su propio entorno, se impone el silencio administrativo.

Si un escándalo sexual salpica a la oposición, hay portadas durante semanas.

Si ocurre en el corazón del aparato socialista, es “un caso aislado”.

Ese doble rasero no solo es hipócrita. Es corrosivo.

Porque transmite la idea de que la moral pública es selectiva.


Una estructura enquistada


Lo más preocupante no es un nombre concreto.

Es la estructura.

Una cúpula que atraviesa legislaturas, que sobrevive a los cambios de gobierno cuando conviene, que responde más a equilibrios partidistas que a criterios estrictamente profesionales.

Una cúpula que ya fue cuestionada en tiempos del Faisán y que hoy vuelve a estar bajo sospecha por una acumulación de comportamientos impropios que nunca terminan en depuración profunda.

En un Estado serio, el Ministerio del Interior no puede ser un fortín político.

Debe ser un bastión institucional.

Hoy no lo es.

Y mientras eso no cambie, mientras no haya auditorías reales, depuraciones efectivas y responsabilidad política, cada nuevo escándalo no será una sorpresa.

Será simplemente la consecuencia lógica de haber convertido un ministerio clave en una herramienta de partido.

Y eso, para una democracia madura, es un síntoma peligroso.


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