Eran las 8:15h cuando el Palacio de Vistalegre, ese edificio que en otros tiempos fue el epicentro del griterío chavista y la demagogia de la coleta sucia y grasosa, se preparaba para un exorcismo. Allí estábamos mis compañeros de armas, Fran Padilla, Patricia Díaz, y este servidor que os escribe, cumpliendo con una disciplina que solo conoce quien se gana el pan fuera del presupuesto público. Madrugar, buscar aparcamiento en un Carabanchel que aún no se había sacudido el sueño y compartir nuestro primer café de currantes. Para un progre subvencionado, para uno de los que confunden el diálogo social con una mariscada pagada por el contribuyente, estar en pie a esa hora para asistir a un foro de economía es una utopía inalcanzable, un castigo divino. Para nosotros, acostumbrados a currar y a pelear cada centimo, es simplemente el prólogo de una jornada de gloria.
Antes de que las puertas se abrieran, el sistema ya nos enviaba a sus emisarias. Un grupo de descerebradas, cuya única capacidad intelectual reside en el burdo exhibicionismo, intentó boicotear la entrada. Decidieron que enseñar sus… digámoslo con elegancia, poco agraciados pechos, era una forma de protesta política. Pobres diablas. En su afán por liberarse, solo consiguieron recordarnos por qué el pudor y el buen gusto son, hoy en día, los actos más revolucionarios que existen. Su desnudez no era un grito de libertad; sino el estertor de una ideología que no tiene argumentos, solo piel sobrante.
Éramos unas 7.500 personas. Y lo primero que uno nota al entrar en un foro de esta naturaleza es un placer sensorial que el progre medio no entiende. allí la gente huele bien. Es muy agradable cómo la libertad y el respeto por uno mismo suelen ir de la mano de una ducha matutina y una camisa bien planchada. Frente a la estética del desaliño subvencionado y el mugre ideológico, Vistalegre fue un oasis de civilización. Un ejército de autónomos, empresarios, emprendedores y comunicadores que no estábamos allí para que nos regalaran nada, sino para aprender a que no nos lo quiten. La izquierda mediática, con su habitual mala fe, intenta etiquetarnos de fascistas. Es el recurso de los mediocres. Pero allí no había odio; allí había esperanza. El odio, el verdadero odio, el Hodio, se quedó en las sedes del PSOE, en los despachos donde se legisla contra el que crea riqueza mientras se ampara al que ocupa la propiedad ajena. No somos fascistas porque en Vistalegre no había rastro de ese totalitarismo que hoy emana de Moncloa. Éramos, sencillamente, personas que amamos a nuestro país y que estamos hartos de ver cómo lo trocean para pagar el alquiler de un Falcon.
La jornada fue una maratón de lucidez. No fue un evento de consignas vacías, sino de datos que queman. Escuchar a Juan Ramón Rallo es asistir a una disección milimétrica del robo estatal. Con excelente control de los tiempos, Rallo explicó cómo el sistema está diseñado para que el esfuerzo del remero solo sirva para alimentar al parásito burocrático. Posteriormente, Daniel Lacalle destrozó el mito del milagro económico español, demostrando que el crecimiento de Sánchez es solo deuda maquillada con purpurina ideológica. Y, por supuesto, el maestro Miguel Anxo Bastos, que con su retranca gallega nos recordó que el Estado es ese ente que te rompe las piernas para luego regalarte unas muletas y exigir que le des las gracias.
Pero si hubo un momento que me atravesó el alma, fue la intervención de Juan Soto Ivars. Me puso los pelos de punta. Soto Ivars no habla para la galería; habla para los que todavía tenemos la piel fina ante la injusticia. Sacó a relucir los datos crudos, los porcentajes de manipulación y esas verdades incómodas sobre la ingeniería social que dan sentido a mis dos novelas, Relatos de un maltratador y El diario de Carmen. Escuchar cómo la realidad de la persecución al varón y la destrucción de la presunción de inocencia son avaladas por datos empíricos es la confirmación de que mi trilogía aun inacabada, es más necesaria que nunca. Soto Ivars validó el dolor de miles de hombres y mujeres que sufrimos el yugo de un feminismo de Estado que solo busca la fractura social para perpetuarse en el poder.
Merece la pena destacar la intervención de Roberto Vaquero. Debo reconocer, desde mi convicción de derecha, que lo de ayer fue una lección de lo que significa ser un señor con todas las letras. Vaquero se presentó ante Vistalegre como un vestigio de una izquierda que ya no existe: trajeado, impecablemente duchado y sin purpurina. No necesitó un solo grito, ni una mirada de odio, ni el recurso infame del lenguaje inclusivo para sentar cátedra. Su discurso fue un misil a la línea de flotación del progresismo; criticó con mucha coherencia, cómo la izquierda ha perdido el norte, convirtiéndose en una caricatura de sí misma. Ojalá este país se poblara de personas con su nivel intelectual. Porque la verdadera salud democrática no reside en el pensamiento único, sino en la capacidad de enfrentarte a un opuesto ideológico que, al menos, tiene la decencia de trabajar, de razonar y de respetar las formas. Personas como Vaquero son las que hacen que la política deje de ser un barrizal para volver a ser una diplomacia entre personas normales.
Y entonces, cuando el cansancio debería haber hecho mella, apareció él. Javier Milei, que vino a poner el broche de oro. Milei no es un político al uso; es un catalizador de energía. Verlo clausurar la jornada fue como recibir una descarga eléctrica de 220 voltios directamente en el corazón de nuestra esperanza.







