Durante décadas, la política económica en muchos países se construyó sobre una idea peligrosa: que el Estado debía organizar la vida económica de los ciudadanos. Impuestos cada vez más altos, regulaciones interminables y una burocracia creciente fueron presentados como instrumentos de justicia social o de protección colectiva. El resultado, sin embargo, fue casi siempre el mismo: menos inversión, menos crecimiento y sociedades cada vez más dependientes del poder político.
Hoy, en medio de ese debate, algunos líderes han vuelto a poner en el centro una idea antigua y casi olvidada: que la prosperidad nace de la libertad económica. Entre ellos destaca el presidente argentino Javier Milei, que ha decidido enfrentarse abiertamente a los gigantes del intervencionismo estatal. Para comprender la naturaleza de esa batalla quizá convenga recurrir a una metáfora literaria. Y nadie mejor que Miguel de Cervantes y su inmortal caballero de Don Quijote de la Mancha.
Cuenta el cronista que una mañana clara en los campos de La Mancha despertó Don Quijote con pensamiento grave.
—Sancho —dijo—, he descubierto un gran agravio en este reino.
—Señor —respondió Sancho Panza—, si es agravio grande seguro que acabaremos apaleados.
—Peor sería acabar obedeciendo sin saber por qué. Porque sospecho que en este reino los hombres hablan mucho de libertad… pero ninguno la ejerce sin pedir permiso.
Sancho frunció el ceño.
—¿Y qué piensa hacer vuestra merced?
—Solicitar licencia para ser libre.
Partieron hacia una ciudad cercana donde se alzaba la Casa de Regulación de Conductas y Buen Orden de los Vecinos, edificio lleno de legajos y sellos que parecía construido más para escribanos que para ciudadanos.
A la entrada había un cartel:
“Todo vecino que desee ejercer cualquier facultad natural deberá solicitar previamente la autorización correspondiente”.
Don Quijote lo leyó con calma.
—Sancho, aquí está uno de los gigantes de nuestro tiempo.
Dentro hallaron a un funcionario rodeado de papeles.
—¿Qué desean? —preguntó.
—Soy caballero andante —dijo Don Quijote— y vengo a solicitar permiso para ser libre.
El funcionario suspiró.
—Debe rellenar el formulario 17-B.
Sacó un documento tan largo que cayó al suelo y siguió desenrollándose como una alfombra de papel.
Sancho lo miró horrorizado.
—Señor, si la libertad pesa tanto en papeles no me extraña que nadie la lleve encima.
Don Quijote comenzó a leer.
“Declaro que mi libertad no perturbará el orden establecido, ni incomodará a los vecinos, ni contradecirá el consenso vigente…”
El caballero levantó la cabeza.
—Decidme, buen hombre: ¿qué queda de la libertad si no puede incomodar ni contradecir?
—Queda la parte razonable —respondió el funcionario.
Sancho murmuró:
—Señor, por lo que entiendo, la libertad razonable es la que no se usa.







