Logo edatv.news
Logo twitter
Portería con postes rojos y blancos y red blanca en una pista deportiva exterior
OPINIÓN

Quitar el balón para borrar al hombre: la ingeniería social de Podemos en los colegios

La opinión de Javier García Isac de hoy, jueves 26 de febrero de 2026

No estamos ante una excentricidad más del radicalismo posmoderno. No es una ocurrencia simpática de sobremesa ni una propuesta pedagógica mal pensada. La iniciativa de Podemos para eliminar los campos de fútbol de los patios de los colegios porque —dicen— “relegan a las niñas” es una pieza más, perfectamente encajada, del proyecto de deconstrucción total de la sociedad española.

Porque aquí no se trata de fútbol. El fútbol es solo el símbolo. El balón es el enemigo visible. El objetivo real es arrancar de raíz cualquier elemento que fomente la competición, la camaradería masculina, el esfuerzo físico, la excelencia, la jerarquía natural y el mérito. Es decir, todo aquello que ha forjado generaciones de hombres libres y, con ellos, familias fuertes y naciones con identidad.

El patio del colegio se ha convertido en el nuevo campo de batalla ideológico. Lo que antes era un espacio de socialización espontánea, hoy es visto por la izquierda como un territorio a colonizar. Donde había niños corriendo detrás de un balón, ahora quieren imponer dinámicas neutras, vigiladas, desprovistas de toda virilidad, de todo conflicto, de toda emoción real. El mensaje es claro: el problema no es que las niñas no jueguen al fútbol; el problema es que los niños jueguen como niños.

La guerra contra lo masculino

Podemos y su constelación ideológica odian lo masculino porque lo consideran un obstáculo. El hombre fuerte, protector, competitivo y responsable es incompatible con su modelo de sociedad tutelada, infantilizada y dependiente del Estado. Por eso quieren una sociedad afeminada, no en el sentido estético, sino en el sentido político: sumisa, emocionalmente frágil, incapaz de defenderse, de discrepar o de resistir.

Eliminar el balón es eliminar el conflicto. Y eliminar el conflicto es eliminar la libertad. Porque una sociedad sin conflicto es una sociedad muerta, dócil, manejable. El mismo pensamiento que pretende borrar las diferencias biológicas entre hombre y mujer, ahora quiere borrar las diferencias naturales en el comportamiento infantil. Todo debe pasar por el filtro ideológico del feminismo radical y de la ingeniería social.

No quieren igualdad. Quieren uniformidad. No quieren inclusión. Quieren imposición.

De los patios a la demografía: el reemplazo como proyecto político

Esta ofensiva cultural no puede entenderse de forma aislada. Va de la mano de otra idea aún más siniestra: la de que la población española —a la que desprecian abiertamente llamándola “facha”— debe ser sustituida. Dicho y hecho. No lo ocultan. Lo dicen con una arrogancia obscena.

La promoción de una inmigración masiva, descontrolada y culturalmente incompatible no es un error de cálculo: es un plan. Saben que una sociedad desarraigada, sin identidad, sin nación y sin referentes es más fácil de someter. Y saben también que destruir al hombre español, a la familia tradicional y al sentimiento de pertenencia es condición imprescindible para ese reemplazo.

Mientras el niño español es reeducado para sentirse culpable por correr detrás de un balón, otros modelos culturales —mucho más patriarcales, por cierto— avanzan sin complejos. La contradicción no es casual: el feminismo solo se aplica al nativo. El resto queda exento.

Infantilización total y control absoluto

Todo esto ocurre mientras el Gobierno de Pedro Sánchez anuncia que los menores no podrán usar redes sociales antes de los 16 años —porque, según dicen, hay que protegerlos—, pero al mismo tiempo pueden cambiar de sexo, medicarse, abortar o ser sexualizados desde la escuela sin el consentimiento real de sus padres.

Es el mundo al revés. Se prohíbe TikTok, pero se permite la mutilación. Se elimina el balón, pero se introduce la ideología de género. Se habla de protección mientras se dinamitan todos los pilares de la infancia.

A este paso, no sería extraño que el próximo “supuesto legal” para abortar fuera que el feto “podría nacer hombre”. En manos de esta gente, lo que hoy parece una locura mañana será ley. Ya lo hemos visto demasiadas veces.

No es educación: es sabotaje

Estas iniciativas no son pedagógicas. Son patológicas. Revelan una obsesión enfermiza por controlar cada rincón de la vida, cada gesto, cada juego, cada palabra. No buscan formar ciudadanos, sino sujetos dóciles. No quieren educar, quieren reprogramar.

Y sí, llegados a este punto, uno se pregunta si el problema es político o neuronal. Porque eliminar campos de fútbol para “empoderar” a las niñas mientras se destruye la infancia de todos no es progreso: es sadismo ideológico.

El balón no oprime a nadie. Lo que oprime es un poder que odia la naturaleza humana, que desprecia la historia de España y que sueña con un país sin hombres, sin familias y sin nación.

Pero que tomen nota: una sociedad que arranca el balón del patio está reconociendo que tiene miedo de lo que ese balón representa. Y quien teme a un balón teme, en realidad, a la libertad.

Cuando el poder teme a un balón, es que ya teme al pueblo

Nada de lo que hemos visto es casual. Nada es inocente. Quitar los campos de fútbol de los colegios no es una cuestión pedagógica ni una preocupación sincera por las niñas. Es una confesión. Confesión de miedo. Miedo al varón. Miedo a la familia. Miedo a la nación. Miedo, en definitiva, a un pueblo que todavía conserva resortes de identidad, de cohesión y de resistencia.

El balón representa aquello que esta izquierda detesta: esfuerzo, rivalidad sana, normas compartidas, derrota, victoria, sacrificio y pertenencia a un grupo. Valores que no se aprenden en un decreto ni en un taller de “corresponsabilidad emocional”, sino en la experiencia vital. Por eso quieren eliminarlo. Porque un niño que aprende a perder y a levantarse es un adulto difícil de someter.

La batalla no es cultural: es antropológica. Estamos ante un proyecto de ingeniería social que pretende fabricar individuos sin raíces, sin sexo, sin historia y sin coraje. Individuos aislados, dependientes del Estado, incapaces de formar familias estables y, por tanto, incapaces de transmitir una identidad nacional. Ese es el terreno perfecto para el reemplazo demográfico y la disolución de España como comunidad histórica.

Mientras se desarma moral y culturalmente a los niños españoles —culpabilizándolos por ser hombres, blancos o herederos de una tradición— se importa masivamente población con valores completamente ajenos, cuando no frontalmente incompatibles, con aquello que dicen defender. Pero esa contradicción no les importa. Al contrario: la celebran. Porque su objetivo no es la igualdad, sino el conflicto permanente; no es la convivencia, sino la sustitución.

El resultado es una sociedad enferma, infantilizada y profundamente infeliz. Una sociedad donde se prohíbe correr detrás de un balón, pero se normaliza el odio a uno mismo; donde se criminaliza la masculinidad, pero se glorifica la destrucción de la familia; donde se habla de diversidad mientras se aplasta cualquier disidencia.

Por eso no exageramos cuando decimos que estas políticas no son progresistas, sino profundamente reaccionarias. Reaccionarias contra la naturaleza humana. Contra la biología. Contra la historia. Contra España.

Y conviene decirlo alto y claro: si permitimos que nos quiten el balón, mañana nos quitarán la palabra; pasado mañana, el voto; y al final, la nación. Porque quien renuncia a defender lo pequeño, acaba perdiéndolo todo.

➡️ Opinión

Más noticias: