Han pasado veinticinco años y todavía puedo contemplar aquellas imágenes con la misma mezcla de incredulidad, horror e impotencia.
Un avión contra una torre.
Después otro.
El humo.
El fuego.
Personas asomadas a ventanas situadas a cientos de metros de altura.
Hombres y mujeres que tuvieron que elegir entre morir abrasados o lanzarse al vacío.
Y finalmente aquello que parecía imposible.
Las Torres Gemelas desplomándose sobre sí mismas.
Nueva York desapareciendo bajo una gigantesca nube de polvo.
Creo que aquel día todos envejecimos un poco.
Y también envejeció Occidente.
Porque el 11 de septiembre de 2001 no solamente murieron miles de personas. Murió también una determinada manera de contemplar el mundo.
Terminaba definitivamente la ingenuidad de los años noventa.
Y comenzaba el siglo XXI.
EL MUNDO QUE CREÍAMOS SEGURO
Para comprender el impacto del 11-S hay que recordar cómo habíamos llegado hasta allí.
La Unión Soviética había desaparecido apenas diez años antes.
Había caído el Muro de Berlín.
La Guerra Fría parecía terminada.
Estados Unidos había quedado convertido en la única gran superpotencia mundial.
Europa disfrutaba de una tranquilidad que parecía casi irreversible.
La globalización avanzaba.
Occidente tenía la sensación de haber ganado.
Y probablemente ése fue uno de nuestros mayores errores.
Creer que porque habíamos derrotado al comunismo soviético habíamos derrotado a la Historia.
Mientras nosotros celebrábamos el final de una época, en otros lugares del planeta estaban naciendo los conflictos que definirían la siguiente.
Uno de esos lugares era Afganistán.
AFGANISTÁN: DONDE EMPEZÓ TODO
Afganistán llevaba décadas convertido en cementerio de imperios.
La Unión Soviética lo había invadido en 1979 y durante diez años combatió contra los muyahidines afganos.
Occidente apoyó aquella resistencia.
Estados Unidos.
Pakistán.
Arabia Saudí.
Todos participaron, directa o indirectamente, en aquel enorme tablero de la Guerra Fría.
El objetivo era derrotar a Moscú.
Y Moscú fue derrotado.
Las tropas soviéticas abandonaron Afganistán en 1989.
Después llegó el olvido.
Occidente había conseguido su objetivo estratégico y perdió progresivamente el interés por aquello que sucediera después.
Pero las guerras no terminan necesariamente cuando se marcha el último soldado extranjero.
A veces es precisamente entonces cuando comienza la siguiente.
Afganistán se precipitó hacia una guerra civil.
Y de aquel caos terminaron emergiendo los talibanes.
En 1996 tomaron Kabul.
Impusieron un régimen islamista brutal.
Y ofrecieron refugio a un hombre cuyo nombre terminaríamos aprendiendo todos:
Osama bin Laden.
BIN LADEN
Bin Laden no apareció de repente el 11 de septiembre de 2001.
Al Qaeda llevaba años actuando.
Había atentado contra las embajadas estadounidenses de Kenia y Tanzania en 1998.
Había atacado el USS Cole en Yemen en 2000.
Las señales estaban allí.
Pero Occidente continuaba viviendo en otra realidad.
Hasta que llegó septiembre de 2001.
Y aquí aparece una figura que merece ser recordada.
Ahmad Shah Massoud.
EL LEÓN DEL PANJSHIR
Massoud había sido uno de los grandes comandantes de la resistencia contra los soviéticos.
Después se convirtió en enemigo de los talibanes.
Era musulmán, afgano y profundamente contrario al fundamentalismo talibán. Dirigía la Alianza del Norte y probablemente habría desempeñado un papel fundamental en el Afganistán posterior a los talibanes.
Pero no llegó a verlo.
El 9 de septiembre de 2001, dos días antes de los atentados contra Estados Unidos, dos hombres que se hicieron pasar por periodistas consiguieron entrevistarse con él.
Llevaban una bomba escondida en el equipo utilizado para la supuesta entrevista.
La hicieron explotar.
Massoud murió.
Dos días después, Al Qaeda atacaba Estados Unidos.
La proximidad temporal no fue una simple casualidad: el asesinato de Massoud eliminaba al principal enemigo militar de los talibanes justo antes de que los atentados provocaran la previsible reacción estadounidense.
Dos días.
Apenas cuarenta y ocho horas.
Y entonces llegó el 11 de septiembre.
8:46
A las 8:46 de la mañana, hora de Nueva York, el vuelo 11 de American Airlines impactó contra la Torre Norte del World Trade Center.
En aquel momento todavía cabía pensar en un accidente.
Un terrible accidente.
Una tragedia.
Nada más.
Las televisiones comenzaron a conectar con Manhattan.
Y entonces, mientras millones de personas miraban ya las imágenes de la primera torre ardiendo, apareció otro avión.
A las 9:03, el vuelo 175 de United Airlines impactó contra la Torre Sur.
Ya no había dudas.
Estados Unidos estaba siendo atacado.
Y nosotros lo estábamos viendo en directo.
Ésa fue quizá una de las características más aterradoras del 11-S.
No conocimos la tragedia después.
La vimos suceder.
Vimos el segundo impacto.
Vimos el fuego.
Vimos personas atrapadas.
Vimos caer seres humanos desde las torres.
Y vimos finalmente derrumbarse los edificios.
Mientras tanto, otro avión golpeaba el Pentágono.
Y un cuarto, el vuelo 93, terminó estrellándose en Pensilvania después de que varios pasajeros intentaran recuperar el control del aparato.
Casi tres mil personas fueron asesinadas aquel día.
Pero el número, siendo aterrador, no explica completamente lo sucedido.
Porque el objetivo no eran solamente aquellas víctimas.
El objetivo éramos todos.
EL TERROR
Eso es precisamente el terrorismo.
No pretende únicamente matar a quienes se encuentran en el lugar del atentado.
Pretende introducir el miedo en millones de personas que están lejos.
Y Al Qaeda lo consiguió.
Después del 11-S cambiaron los aeropuertos.
Cambió la seguridad.
Cambió nuestra forma de viajar.
Cambió nuestra percepción del terrorismo islamista.
Cambió la política internacional.
Cambió Estados Unidos.
Y cambió Europa.
El 11-S había conseguido aquello que persigue cualquier gran atentado terrorista: obligar a una sociedad entera a modificar su comportamiento.
Estados Unidos tenía que responder.
No tengo ninguna duda.
Habían atacado su territorio y asesinado a miles de civiles.
Bin Laden debía ser perseguido.
Al Qaeda debía ser destruida.
Y el régimen talibán que le proporcionaba refugio debía afrontar las consecuencias.
El problema no fue que Estados Unidos reaccionara.
El problema fue lo que vino después.
BUSH
George W. Bush recibió después del 11-S un respaldo político y social extraordinario.
Estados Unidos estaba unido.
Buena parte de Occidente estaba con Estados Unidos.
Incluso la OTAN invocó por primera vez en su historia el artículo 5.
Un ataque contra uno era considerado un ataque contra todos.
Existía una legitimidad internacional y moral enorme para perseguir a los responsables.
Y Estados Unidos entró en Afganistán.
En pocas semanas el régimen talibán se derrumbó.
Parecía una victoria.
Pero allí comenzó la equivocación.
Porque una cosa era destruir las bases de Al Qaeda, perseguir a Bin Laden y desalojar a quienes le habían protegido.
Y otra muy distinta intentar reconstruir Afganistán según parámetros occidentales.
Estados Unidos pasó de combatir a terroristas a intentar transformar sociedades.
Y ésa es una empresa mucho más peligrosa.
VEINTE AÑOS
Afganistán terminó convirtiéndose en la guerra más larga de la historia estadounidense.
Veinte años.
Soldados.
Dinero.
Bases.
Gobiernos.
Elecciones.
Ejércitos entrenados por Occidente.
Instituciones construidas con miles de millones.
Y mientras tanto los talibanes esperaban.
Porque ellos tenían algo que Estados Unidos no tenía.
Tiempo.
Washington podía ganar todas las batallas.
Los talibanes solamente necesitaban no desaparecer.
Y esperaron.
Una década.
Después otra.
Hasta 2021.
Entonces ocurrió algo que debería estudiarse durante generaciones en todas las academias militares del mundo.
Estados Unidos se marchó.
Y el régimen construido durante veinte años se derrumbó prácticamente delante de nuestros ojos.
Los talibanes regresaron a Kabul.
El círculo se había cerrado.
Dos décadas después de entrar en Afganistán para expulsarlos, los talibanes volvían al poder.
Las cifras permiten comprender la dimensión del fracaso: el proyecto Costs of War de la Universidad de Brown ha calculado más de 2,3 billones de dólares de coste estadounidense asociado a Afganistán y Pakistán y unas 243.000 muertes directas relacionadas con aquella guerra.
Veinte años.
Miles de vidas.
Billones de dólares.
Y los talibanes nuevamente en Kabul.
Hay imágenes que resumen una época.
La evacuación del aeropuerto de Kabul en agosto de 2021 es una de ellas.
PERO ANTES LLEGÓ IRAK
Y si Afganistán terminó convirtiéndose en un error estratégico gigantesco, Irak fue, desde mi punto de vista, todavía peor.
Porque Irak no había perpetrado el 11-S.
Saddam Hussein era un dictador.
Naturalmente.
Un tirano.
Había utilizado armas químicas.
Había invadido Kuwait.
Había reprimido brutalmente a sus adversarios.
Nada de eso está en discusión.
Pero Saddam Hussein no era Osama bin Laden.
Irak no era Al Qaeda.
Y conviene recordar otra cosa que frecuentemente olvidamos cuando contemplamos la Historia en blanco y negro.
Durante la guerra entre Irán e Irak, Saddam había sido visto por distintas potencias occidentales como un contrapeso frente al régimen revolucionario iraní. Occidente apoyo a Saddam Hussein hasta que dejó de interesarles. Ese fue otro error.
La geopolítica tiene esas cosas.
El enemigo de ayer puede convertirse en aliado circunstancial hoy y nuevamente en enemigo mañana.
EL PADRE Y EL HIJO
Aquí resulta inevitable comparar a los dos Bush.
George H. W. Bush, el padre, tuvo que enfrentarse a Saddam Hussein después de la invasión de Kuwait en 1990.
Organizó una amplia coalición internacional.
La operación militar expulsó a las fuerzas iraquíes de Kuwait.
Y entonces ocurrió algo importante.
No marchó sobre Bagdad.
No ocupó Irak.
No intentó derribar a Saddam mediante una invasión total del país.
¿Por qué?
Porque comprendía probablemente algo que años después pareció olvidarse.
Es mucho más sencillo destruir un régimen que construir el que viene después.
Su hijo no tuvo la misma prudencia.
LAS ARMAS QUE NO APARECIERON
En 2003 Estados Unidos y sus aliados invadieron Irak.
Uno de los principales argumentos utilizados fue la existencia de programas y arsenales de armas de destrucción masiva.
Las armas que se presentaron ante la opinión pública como una amenaza inmediata no aparecieron en los términos en los que se había justificado la guerra.
Saddam cayó rápidamente.
Bagdad fue ocupada.
La estatua del dictador fue derribada.
Y durante unos días nuevamente pareció que Estados Unidos había ganado.
Pero ganar una guerra y ganar la paz son cosas completamente distintas.
Entonces comenzó el desastre.
DESTRUIR UN ESTADO
La Administración estadounidense desmanteló buena parte de las estructuras del régimen.
El ejército iraquí fue disuelto.
Miles de hombres armados quedaron sin empleo.
La desbaazificación expulsó de numerosas instituciones a personas vinculadas al partido de Saddam.
Y comenzó el caos.
Insurgencia.
Terrorismo.
Atentados.
Guerra sectaria.
Suníes contra chiíes.
Al Qaeda en Irak.
Y finalmente, años después, el terreno sobre el que crecería el Estado Islámico.
Occidente había eliminado a un dictador y descubierto que detrás no esperaba necesariamente una democracia liberal.
Esperaba también el vacío.
Y el vacío en política internacional siempre termina ocupándolo alguien.
EL PRECIO
Con el paso de los años las cifras se volvieron monstruosas.
El proyecto Costs of War ha calculado que las guerras y operaciones estadounidenses posteriores al 11-S han supuesto alrededor de ocho billones de dólares en costes presupuestarios.
Las estimaciones actuales del mismo proyecto superan las 940.000 muertes causadas directamente por la violencia de las guerras posteriores al 11-S en Afganistán, Pakistán, Irak, Siria, Yemen y otros escenarios.
Y eso sin contar millones de muertes indirectas asociadas a destrucción de infraestructuras, desplazamientos, enfermedades o pérdida de acceso a servicios esenciales.
¿Todo aquello fue consecuencia inevitable del 11-S?
No.
Ése es precisamente el punto.
Al Qaeda atacó Estados Unidos.
Al Qaeda asesinó a casi tres mil personas.
Al Qaeda debía ser combatida.
Pero eso no significa que cada decisión adoptada posteriormente por Washington estuviera justificada.
Confundir ambas cosas es renunciar al análisis histórico.
BIN LADEN
Hay además una de esas ironías crueles que suele reservarnos la Historia.
Osama bin Laden no fue encontrado en una cueva perdida de Afganistán.
Fue localizado en Abbottabad, Pakistán.
Murió en mayo de 2011 durante una operación estadounidense.
Casi diez años después del 11-S.
Estados Unidos finalmente había encontrado y eliminado al hombre que había organizado los atentados.
Pero para entonces la llamada guerra contra el terror había adquirido una dimensión infinitamente superior.
Afganistán.
Irak.
Pakistán.
Operaciones militares en numerosos países.
Guantánamo.
Abu Ghraib.
Vigilancia masiva.
Restricciones de libertades.
Miles de muertos.
Billones gastados.
Y una pregunta que todavía permanece:
¿En qué momento una guerra contra quienes habían atacado Occidente se convirtió en un intento de reorganizar medio mundo?
LA SOBERBIA DE OCCIDENTE
Quizá ésa sea la verdadera enseñanza del 11-S.
Occidente tenía derecho a defenderse.
Pero confundió durante demasiado tiempo superioridad militar con capacidad para transformar sociedades.
Podíamos bombardear Kabul.
Podíamos ocupar Bagdad.
Podíamos derribar gobiernos.
Podíamos destruir ejércitos.
Pero no podíamos fabricar desde Washington sociedades occidentales donde no existían las condiciones históricas, culturales y políticas necesarias.
La democracia no se transporta en un tanque.
La libertad no se instala mediante decreto militar.
Y una nación no se construye únicamente escribiendo una Constitución.
Es una lección que costó demasiado aprender.
AQUELLA MAÑANA
Y vuelvo entonces al principio.
A aquellas imágenes.
Porque después de veinticinco años podemos hablar de geopolítica.
De Bush.
De Bin Laden.
De Afganistán.
De Irak.
De los talibanes.
De errores estratégicos.
De billones de dólares.
Pero aquel día no pensábamos en nada de eso.
Mirábamos una televisión.
Y veíamos personas morir.
Eso es lo que no debemos olvidar.
Antes de convertirse en una excusa para guerras posteriores, el 11-S fue una matanza.
Una monstruosa matanza terrorista.
Casi tres mil personas salieron aquella mañana hacia sus trabajos.
Algunos entraron en las Torres Gemelas.
Otros subieron a un avión.
Otros trabajaban en el Pentágono.
Bomberos y policías corrieron hacia unos edificios de los que todo el mundo intentaba escapar.
Muchos no regresaron.
Detrás de cada cifra había una familia.
Una llamada que nunca fue contestada.
Una silla que quedó vacía.
Un hijo esperando.
Una mujer.
Un marido.
Un padre.
Una madre.
Eso fue el 11-S.
EL DÍA QUE TERMINÓ EL SIGLO XX
Para mí, el siglo XXI comenzó realmente aquel martes.
No el 1 de enero de 2001.
Comenzó cuando vimos aquel segundo avión desaparecer dentro de la Torre Sur.
En ese instante comprendimos que no era un accidente.
Y el mundo dejó de ser el mismo.
Después llegaron las guerras.
Las venganzas.
Los errores.
Las mentiras.
Los fanatismos.
Los nuevos atentados.
Madrid.
Londres.
París.
Bruselas.
Barcelona.
Y aquella amenaza que parecía lejana terminó entrando también en nuestras ciudades.
El terrorismo islamista dejó de ser para los europeos una noticia internacional.
Pasó a formar parte de nuestra propia historia.
VEINTICINCO AÑOS DESPUÉS
Han pasado veinticinco años.
Los niños nacidos aquel día son ya adultos.
Hay una generación que conoce el 11-S únicamente por documentales, fotografías o vídeos.
Para ellos las Torres Gemelas pertenecen a un mundo que nunca conocieron.
Para nosotros no.
Nosotros recordamos aquellos edificios.
Recordamos Nueva York antes del 11-S.
Recordamos los aeropuertos antes del 11-S.
Recordamos un Occidente que se sentía invulnerable.
Y quizá por eso cada aniversario tiene algo de regreso a nuestra propia juventud.
Miramos aquellas imágenes y no solamente vemos las torres.
Nos vemos también a nosotros mismos.
Más jóvenes.
Más ingenuos.
Convencidos quizá de que determinadas cosas nunca podrían ocurrir.
Hasta que ocurrieron.
RECORDAR SIN MENTIRNOS
Veinticinco años después deberíamos ser capaces de hacer dos cosas simultáneamente.
Recordar a las víctimas.
Y reconocer nuestros errores.
Al Qaeda fue responsable del 11-S.
Los terroristas fueron los culpables.
No Estados Unidos.
No Occidente.
No las víctimas.
Pero afirmar esto no obliga a justificar todo lo que ocurrió después.
George W. Bush tuvo ante sí una de las decisiones más difíciles que puede afrontar un presidente.
Tenía que responder.
Y respondió.
Pero una respuesta inicialmente necesaria terminó convirtiéndose en una estrategia que llevó a Estados Unidos mucho más lejos de perseguir a los responsables.
Afganistán terminó después de veinte años con los talibanes nuevamente en el poder.
Irak fue invadido por unas armas de destrucción masiva que no aparecieron como habían sido anunciadas y quedó sumido durante años en una violencia devastadora.
Y Occidente descubrió, demasiado tarde, que poseer el ejército más poderoso del mundo no significa comprender el mundo.
LAS DOS TORRES
Todavía hoy, cuando veo una fotografía del skyline de Nueva York anterior a 2001, mis ojos buscan automáticamente las Torres Gemelas.
Están allí.
Dos gigantes.
Dos símbolos de una época.
Y resulta difícil no pensar que nosotros también pertenecemos ya a ese mundo que desapareció con ellas.
Quizá por eso el 11-S nos conmueve de una manera distinta a otras fechas históricas.
Porque nosotros estuvimos allí.
No físicamente.
Pero sí delante de aquellas pantallas.
Fuimos testigos.
Vimos entrar el segundo avión.
Vimos caer la primera torre.
Vimos caer la segunda.
Vimos desaparecer una parte de Nueva York.
Y comprendimos que estábamos contemplando algo que nuestros hijos estudiarían algún día en los libros de Historia.
Tenían razón quienes dijeron entonces que el mundo había cambiado.
Cambió.
Lo que nadie podía imaginar era cuánto.
Ni cuánto nos costaría.
Ni cuántas guerras vendrían después.
Ni cuántos errores cometeríamos en nombre de aquella mañana.
Por eso, cada 11 de septiembre, antes de discutir sobre Bush, Afganistán, Irak o geopolítica, convendría guardar unos segundos de silencio.
Y mirar nuevamente aquellas torres.
Porque allí comenzó todo.
Allí murieron casi tres mil inocentes.
Allí comenzó el miedo.
Allí comenzó la respuesta.
Y allí empezó también una cadena de decisiones que durante veinte años costaría cientos de miles de vidas y billones de dólares. Lo cierto es que diera la sensación de que los errores de entonces se siguen cometiendo en el presente. Hemos aprendido poco de aquello.
El 11 de septiembre de 2001 fue el día en que el terrorismo golpeó el corazón de Occidente.
Pero también fue el comienzo de una época en la que Occidente, mientras intentaba defenderse de sus enemigos, cometió algunos de sus mayores errores estratégicos.
Ésa es quizá la lección que debemos conservar veinticinco años después.
Defenderse siempre.
Perseguir al terrorista siempre.
Proteger nuestras fronteras, nuestras sociedades y nuestra libertad siempre.
Pero jamás confundir justicia con venganza.
Jamás creer que todas las guerras que podemos ganar son guerras que debemos comenzar.
Y jamás olvidar que destruir es infinitamente más fácil que construir.
Porque aquella mañana cayeron dos torres.
Y con ellas cayó también una certeza.
La de un Occidente que se creía invulnerable.
Nunca volvimos a serlo.