EDATV News logo
X

Chile, 11 de septiembre de 1973: cuando un país llegó al abismo

Chile, 11 de septiembre de 1973: cuando un país llegó al abismo
por Javier Garcia Isac
10 de septiembre de 2026 a las 07:15
opinion

La opinión de Javier García Isac

Agregar EDATV en
Compartir:

Hay fechas que aparecen dos veces en los libros de Historia. El 11 de septiembre es una de ellas.

Para varias generaciones, pronunciar 11 de septiembre conduce inevitablemente a Nueva York, a las Torres Gemelas, a aquellos aviones convertidos en proyectiles y a una mañana de 2001 en la que millones de personas comprendimos, mientras mirábamos una pantalla de televisión, que el mundo que habíamos conocido hasta entonces acababa de cambiar.

Pero veintiocho años antes hubo otro 11 de septiembre.

Fue en Chile.

Y también aquel día cambió la historia de un país.

La mañana del 11 de septiembre de 1973, el Palacio de La Moneda se convirtió en el escenario final de una tragedia que llevaba demasiado tiempo escribiéndose. Salvador Allende llegó al palacio presidencial mientras las Fuerzas Armadas se sublevaban. A las 11:52 comenzó el bombardeo aéreo. Poco después, La Moneda ardía. A las 13:40, Allende estaba muerto. La investigación histórica y judicial chilena estableció posteriormente que se suicidó.

Aquellas imágenes de los Hawker Hunter atacando La Moneda se convirtieron para siempre en uno de los iconos políticos del siglo XX.

Pero la Historia tiene un problema: demasiadas veces comienza a contarse por el final.

Y para entender lo sucedido aquel 11 de septiembre hay que preguntarse qué había ocurrido en Chile durante los años anteriores.

ALLENDE NO LLEGÓ A UN PARAÍSO, PERO TAMPOCO DEJÓ UNO

Conviene comenzar por una precisión imprescindible.

Chile no era antes de Salvador Allende una Arcadia feliz. Tenía profundas desigualdades sociales, problemas estructurales, pobreza, conflictos en el campo y una economía excesivamente dependiente del cobre.

Negarlo sería falsear la Historia.

Pero también lo sería presentar los tres años de la Unidad Popular como una especie de experiencia democrática idílica destruida repentinamente por unos militares que una mañana decidieron terminar caprichosamente con la democracia.

Salvador Allende llegó a la Presidencia en 1970 después de obtener una mayoría relativa, no absoluta, en las elecciones. Su proyecto pretendía construir una vía chilena hacia el socialismo.

Y comenzó una transformación acelerada.

Nacionalizaciones.

Expropiaciones.

Intervención creciente del Estado.

Controles de precios.

Expansión del gasto público.

Aumento de la emisión monetaria.

Durante el primer año algunos indicadores parecieron acompañar al Gobierno. Pero el espejismo duró poco.

La propia Biblioteca del Congreso Nacional de Chile describe cómo la economía empezó posteriormente a deteriorarse hasta desembocar en una profunda crisis económica y social. La inflación anual pasó del 22,1% en 1971 al 260,5% en 1972 y alcanzó el 605,1% en 1973. Al mismo tiempo aparecieron problemas graves de desabastecimiento y una creciente paralización del aparato productivo. Hubo también acaparamiento, sabotaje empresarial, huelgas y presión exterior, factores que deben incluirse si queremos contar toda la historia y no solamente la parte que conviene a unos u otros.

Chile se fue partiendo por la mitad.

Y esa es probablemente la verdadera tragedia.

Porque antes de que los aviones bombardearan La Moneda ya se había producido otro bombardeo, mucho más lento: el de la convivencia entre los propios chilenos.

CHILE, CUBA Y LA GUERRA FRÍA

Nada de aquello puede entenderse tampoco fuera del escenario internacional.

Estamos hablando de la Guerra Fría.

Estados Unidos y la Unión Soviética disputaban cada metro de influencia del planeta. La revolución cubana había triunfado en 1959 y Fidel Castro pretendía convertir Cuba en el gran referente revolucionario de Hispanoamérica.

Washington, por su parte, estaba decidido a impedir una nueva Cuba en el continente.

Chile se convirtió así en otro tablero de aquella gigantesca partida.

La influencia cubana sobre sectores revolucionarios latinoamericanos existió y la relación política y personal entre Allende y Fidel Castro fue estrecha. Pero tampoco debe ocultarse la intervención estadounidense: la Administración Nixon trabajó contra Allende y Estados Unidos intervino políticamente en Chile. La propia historiografía institucional chilena incluye tanto la influencia de la Revolución cubana y de la izquierda armada como la actuación del Gobierno de Richard Nixon entre los factores internacionales que rodearon la crisis.

La Guerra Fría no conocía inocentes.

Cada bloque movía sus piezas.

Y los países pequeños acababan muchas veces pagando la partida de los grandes.

Mientras tanto, dentro de Chile, la radicalización continuaba.

El país se llenaba de miedo.

Miedo de unos a una revolución marxista.

Miedo de otros a una intervención militar.

La política dejó de consistir en convencer al adversario y comenzó a consistir en derrotarlo.

Cuando una sociedad llega a ese punto, la democracia empieza a morir aunque todavía continúen abiertas las urnas.

EL 22 DE AGOSTO: UNA FECHA QUE CONVIENE RECORDAR

Existe además un episodio que demasiadas veces desaparece de los relatos simplificados sobre aquellos acontecimientos.

El 22 de agosto de 1973, apenas veinte días antes del golpe, la Cámara de Diputados chilena aprobó un acuerdo denunciando lo que calificaba como un «grave quebrantamiento del orden constitucional y legal» por parte del Gobierno.

No fue Pinochet quien redactó aquel acuerdo.

Fue una institución parlamentaria de Chile.

Eso no convierte automáticamente en democrático lo que ocurrió después. Un golpe militar continúa siendo un golpe militar.

Pero demuestra algo mucho más importante: la crisis institucional chilena no nació el 11 de septiembre.

Venía de antes.

Mucho antes.

El sistema estaba llegando al límite.

11 DE SEPTIEMBRE

Y entonces llegó aquella mañana.

Allende se dirigió a La Moneda.

Los militares exigieron su rendición.

El presidente se negó a abandonar el palacio.

Pronunció su último discurso por radio.

Después llegaron los aviones.

Las bombas.

El humo.

Las llamas.

Y finalmente la muerte.

Salvador Allende se suicidó en el interior del Palacio de La Moneda. Por cierto, con un arma que le regaló el propio Fidel Castro.

Hay una enorme carga simbólica en aquella escena final. El hombre que había querido transformar Chile por la vía socialista terminaba sus días mientras se derrumbaba alrededor suyo no solamente un edificio, sino todo un proyecto político.

A partir de aquel momento comenzó otra historia.

Augusto Pinochet.

PINOCHET: NI DEMONIO SIMPLE NI SANTO DE ESTAMPA

Aquí es donde mi interpretación de la Historia se separa claramente del relato que durante décadas ha impuesto buena parte de la izquierda.

Creo que el 11 de septiembre de 1973 frenó un proceso político, económico y social que estaba conduciendo a Chile hacia un abismo.

Lo creo.

Y lo escribo.

Pero precisamente porque lo creo no necesito negar lo que vino después.

El régimen de Pinochet fue autoritario. Hubo persecución política y algunos desmanes. El Informe Rettig, creado ya durante la Presidencia democrática de Patricio Aylwin, recibió 3.550 denuncias y calificó inicialmente 2.296 casos relacionados con graves violaciones de derechos humanos y violencia política.

No hay política económica capaz de borrar a un torturado.

No hay crecimiento del PIB que resucite a un muerto.

Y reconocerlo no obliga a aceptar la interpretación política de la izquierda sobre todo lo demás. Sobre todo porque Pinochet, muy posiblemente, evitó desmanes mucho mayores en caso de haber continuado el gobierno de Salvador Allende, como sucedió en Cuba con Fidel Castro y su saga.

La Historia adulta consiste precisamente en ser capaz de sostener dos verdades al mismo tiempo.

Porque también es verdad que bajo el régimen militar comenzó una transformación radical del modelo económico chileno.

Los llamados Chicago Boys impulsaron apertura comercial, privatizaciones, disciplina fiscal, reformas financieras y una reducción profunda del peso del Estado en numerosos sectores.

Y aquello tampoco fue un camino de rosas.

EL MILAGRO CHILENO TAMPOCO NACIÓ EN UNA NOCHE

Existe también una tentación en nuestro lado: presentar la economía de Pinochet como una línea ascendente desde 1973 hasta 1990.

No fue así.

Hubo enormes costes sociales.

Hubo desempleo.

Hubo una gravísima crisis en 1982.

El PIB sufrió fuertes retrocesos y el sistema financiero tuvo que ser intervenido. El modelo inicial, excesivamente ortodoxo, tuvo que corregirse.

Pero a partir de 1985 comenzó una segunda etapa mucho más pragmática, vinculada especialmente a Hernán Büchi. Se profundizaron reformas, aumentaron las exportaciones y se recuperó el crecimiento.

Y aquí está, para mí, una de las claves fundamentales de toda esta historia.

Cuando Pinochet abandonó el poder en 1990, los gobiernos democráticos que le sucedieron no desmontaron completamente la arquitectura económica construida durante los años anteriores.

La corrigieron.

La humanizaron en muchos aspectos.

Incrementaron las políticas sociales.

Pero conservaron elementos fundamentales: apertura exterior, disciplina macroeconómica, protagonismo de la iniciativa privada y una economía integrada en los mercados internacionales.

Entre 1985 y 2000, Chile creció a una media aproximada del 6,6% anual, según un estudio del Banco Mundial. Y durante los años noventa los gobiernos democráticos combinaron crecimiento con políticas sociales que redujeron fuertemente la pobreza.

Ése fue, probablemente, el gran éxito chileno.

No Pinochet solo.

Tampoco la Concertación sola.

Sino una continuidad económica básica acompañada posteriormente por democracia y políticas sociales.

Durante años Chile consiguió algo extraordinariamente difícil en Hispanoamérica: estabilidad.

Y PINOCHET PERDIÓ

Existe además un hecho que siempre me ha parecido fundamental.

En 1988 los chilenos fueron convocados a las urnas para decidir si Pinochet debía continuar. Lo convocó el propio Pinochet.

Y Pinochet perdió.

El No obtuvo alrededor del 56% de los votos frente al 44% del Sí.

¿Y qué ocurrió?

Se abrió el camino hacia elecciones presidenciales.

En diciembre de 1989 ganó Patricio Aylwin.

Y el 11 de marzo de 1990 Pinochet entregó la Presidencia. Continuó, es verdad, como comandante en jefe del Ejército hasta 1998 y posteriormente como senador vitalicio, según dictaba la propia constitución Chilena, también aprobada por una inmensa mayoría. Pero Pinochet entregó el Gobierno conforme al proceso abierto por el plebiscito.

Para mí esto resulta esencial.

Porque demasiados dictadores organizan elecciones para ganarlas y, cuando las pierden, descubren repentinamente que aquellas elecciones estaban amañadas.

Chile transitó finalmente hacia la democracia.

Y comenzó entonces una de las etapas más estables y prósperas de su historia reciente. un camino que reabrió el General Pinochet.

EL PAÍS QUE APRENDIÓ A PROSPERAR

Durante décadas Chile fue contemplado desde el resto de Hispanoamérica como una excepción.

Mientras otros países se entregaban periódicamente al populismo, las nacionalizaciones, la inflación, el caudillismo y la destrucción monetaria, Chile ofrecía una imagen diferente.

Instituciones relativamente estables.

Seguridad jurídica.

Inversión.

Apertura comercial.

Crecimiento.

Alternancia política.

No era perfecto.

Ningún país lo es.

Persistían desigualdades, problemas en las pensiones, dificultades de acceso a determinados servicios y una sociedad que nunca terminó de cerrar completamente las heridas de 1973.

Pero funcionaba.

Y ése es precisamente el problema que algunas sociedades parecen tener con el éxito.

Cuando una generación recibe prosperidad sin haber conocido el precio que costó construirla, comienza a pensar que aquella prosperidad apareció espontáneamente.

Que siempre estuvo allí.

Que no puede desaparecer.

BORIC Y LA MEMORIA QUE REGRESA

Décadas después apareció Gabriel Boric.

Una nueva izquierda.

Joven.

Generacional.

Convencida de que había llegado el momento de refundar nuevamente Chile.

Y volvió a escucharse esa palabra tan peligrosa en política: cambiarlo todo.

Chile vivió protestas masivas desde 2019, una crisis profunda de confianza institucional y dos procesos constitucionales sucesivos que demostraron que el país estaba nuevamente buscando su identidad.

Boric llegó a La Moneda en 2022 después de derrotar precisamente a José Antonio Kast.

Y durante aquellos años reaparecieron viejos fantasmas.

La inseguridad.

La inmigración irregular.

La confrontación ideológica.

El debate sobre la Constitución.

La desconfianza hacia las instituciones.

Y, sobre todo, la sensación de que aquel Chile que durante décadas había sido presentado como ejemplo de estabilidad podía dejar de serlo.

Porque nada está conquistado para siempre.

Ni la libertad.

Ni la democracia.

Ni la prosperidad.

Y CHILE VOLVIÓ A GIRAR

La historia, sin embargo, tiene un curioso sentido de la ironía.

José Antonio Kast, derrotado por Boric en 2021, volvió a presentarse.

Y esta vez ganó.

En la segunda vuelta presidencial de diciembre de 2025 obtuvo aproximadamente el 58,2% de los votos y fue elegido presidente para el período 2026-2030. En 2026 su Gobierno ha situado entre sus prioridades declaradas la recuperación del orden, la seguridad y el control de la inmigración irregular.

No sabemos todavía cómo terminará su Presidencia.

Sería absurdo escribir la historia antes de que ocurra.

Pero sí sabemos por qué una mayoría de chilenos decidió cambiar nuevamente de rumbo.

Y ésa debería ser una advertencia para toda Hispanoamérica.

LOS PAÍSES TAMBIÉN PUEDEN SUICIDARSE

Porque existe una enseñanza que va mucho más allá de Allende, Pinochet, Boric o Kast.

Los países también pueden suicidarse.

No lo hacen necesariamente con tanques.

Ni con bombas.

Ni con revoluciones.

A veces se suicidan lentamente.

Una ley detrás de otra.

Una concesión detrás de otra.

Un gasto detrás de otro.

Una institución degradada detrás de otra.

Una frontera abandonada.

Una empresa que se marcha.

Una generación educada en el desprecio hacia aquello que heredó.

Una sociedad convencida de que la riqueza es un fenómeno natural y no el resultado de décadas de trabajo.

Y cuando finalmente descubre el error puede ser demasiado tarde.

Chile ya conoció una vez ese abismo.

Lo conoció entre 1970 y 1973.

La experiencia de Allende comenzó con promesas extraordinarias y terminó con inflación superior al 600%, desabastecimiento, enfrentamiento social, violencia política y una crisis institucional que la propia Cámara de Diputados había denunciado antes del golpe.

Después llegó Pinochet.

Y tampoco debemos convertir esa etapa en una leyenda sin sombras.

Hubo represión.

Hubo muertos.

Hubo una dictadura.

Pero también hubo una transformación económica cuyas estructuras fundamentales sobrevivieron al propio Pinochet y fueron aprovechadas, corregidas y desarrolladas por los gobiernos democráticos posteriores. Pinochet abrió y facilitó la transformación y la modernización de Chile.

Ésa es la Historia completa.

Y precisamente por ser completa resulta incómoda para todos.

11 DE SEPTIEMBRE

Han pasado más de cinco décadas desde aquella mañana.

La Moneda fue reconstruida.

Chile recuperó su democracia.

Pinochet murió en 2006.

Allende permanece convertido en un icono mundial de la izquierda. Esas cosas que tanto gustan a la izquierda, la de idealizar tiranos e inútiles y la de criminalizar a quienes facilitan la apertura, la libertad y la democracia.

Pero las fotografías continúan ahí.

El humo.

Los aviones.

La fachada destruida.

El casco de Allende.

Los militares.

Las calles vacías de Santiago.

Y contemplándolas tantos años después sigo pensando que el mayor error que podemos cometer es mirar aquella jornada aislada de todo lo que ocurrió antes.

Los golpes de Estado no aparecen espontáneamente.

Las revoluciones tampoco.

Las sociedades no se rompen en veinticuatro horas.

Primero se rompe la convivencia.

Después la economía.

Después las instituciones.

Después desaparece el respeto hacia quien piensa diferente.

Y solamente entonces llega el estruendo.

Por eso el 11 de septiembre de 1973 no debería servir únicamente para discutir eternamente si uno está con Allende o con Pinochet.

Debería servir para algo mucho más importante.

Para recordar lo fácil que resulta destruir un país cuando una mitad deja de reconocer a la otra.

Para recordar que la prosperidad puede perderse.

Para recordar que ninguna democracia sobrevive indefinidamente si quienes la gobiernan consideran las instituciones un obstáculo para su proyecto ideológico.

Y también para recordar que el orden, cuando se defiende sacrificando los derechos fundamentales, termina dejando sus propias víctimas y sus propias heridas.

Chile sobrevivió a todo aquello.

Sobrevivió a Allende.

Sobrevivió a Pinochet.

Sobrevivió a sus propios fantasmas.

Y construyó durante décadas uno de los países más estables de Hispanoamérica.

Ahora vuelve a buscar su camino.

Ojalá no tenga que asomarse otra vez al precipicio para recordar cuánto cuesta regresar de él.

Porque los pueblos pueden equivocarse.

Pueden olvidar.

Pueden incluso destruir aquello que heredaron.

Pero la Historia siempre termina presentando la factura.

Y aquel 11 de septiembre de 1973 Chile comenzó a pagar una de las más caras de toda su historia, o quizá esa fecha fue el inicio del cambio, de la modernización y de la libertad en Chile.


Noticias relacionadas

SEIS AÑOS

La prensa ha perdido su crédito en España y Europa

Mao, el hombre que quiso crear un hombre nuevo y dejó millones de muertos

Manolete: la noche en que España se quedó sin su torero

Ceuta ya tiene fecha de caducidad

LA INVASIÓN DE LOS MEDIOCRES

Nosotros

  • Quienes Somos
  • Autores
  • Donar
  • RSS

Privacidad

  • Política de Privacidad
  • Política de cookies
  • Aviso legal

Contacto

  • administracion@edatv.com
PUBLICIDAD
EDATV News logo
TwitterInstagramYouTubeTikTok