En este proceso de construcción del mito juega un papel fundamental la obra de Pablo Picasso. Su famoso cuadro, titulado Guernica, se ha convertido en icono universal contra la guerra.
Sin embargo, conviene recordar que la obra no es una representación literal del bombardeo, es más, nada tenía que ver con aquello. Era un cuadro de encargo y dedicado al torero Sánchez Mejías, una composición simbólica, cargada de elementos abstractos y reinterpretaciones personales. Nada en ella permite identificar la obra con el episodio concreto de Guernica.
Aun así, el régimen surgido del Frente Popular en el exilio y posteriormente la izquierda española han utilizado la obra como una prueba visual de su relato. Décadas después, el Estado español acabaría adquiriendo el cuadro, reforzando su condición de símbolo oficial. Obra que fue comprada por el gobierno del Frente Popular y cuya cuantiosa cantidad se le pagó al autor, se le pagó a Pablo Picasso.
Pero el arte, cuando se instrumentaliza políticamente, deja de ser arte para convertirse en propaganda.
Historia frente a propaganda
Guernica fue una tragedia, como lo fueron tantas otras en una guerra civil que desgarró España. Pero convertir ese episodio en un mito fundacional, exagerando cifras, ocultando contextos y silenciando hechos incómodos, no es hacer historia: es hacer propaganda.
La izquierda española ha construido en torno a Guernica un relato emocional que le permite presentarse como víctima exclusiva, al tiempo que oculta sus propias responsabilidades y atrocidades.
Frente a esa visión parcial, es necesario reivindicar una historia completa, sin censuras ni manipulaciones. Una historia que recuerde Guernica, sí, pero también Cabra, Oviedo y tantos otros lugares donde la guerra mostró su rostro más cruel.
Porque solo desde la verdad —y no desde el mito— se puede comprender el pasado.
Y solo desde esa comprensión se puede evitar que vuelva a repetirse.