El 26 de abril de 1937, la villa vizcaína de Guernica fue objeto de un bombardeo durante la Guerra Civil española. Desde entonces, aquel episodio ha sido elevado por la izquierda política, mediática e intelectual a la categoría de símbolo universal del horror bélico. Pero lo que debería ser un ejercicio de análisis histórico riguroso se ha convertido, con el paso del tiempo, en un relato profundamente manipulado, mitificado y utilizado como arma ideológica.
Porque si algo caracteriza a la memoria histórica impulsada por la izquierda es su selectividad: recuerda aquello que le conviene y silencia lo que desmonta su relato.
La construcción de un símbolo
El bombardeo de Guernica fue real, como lo fueron tantos otros en el contexto de una guerra brutal. La intervención de la Legión Cóndor alemana y de la aviación italiana está documentada. Pero lo que no resiste el paso del tiempo es la narrativa inflada que durante décadas ha presentado Guernica como un exterminio masivo sin precedentes.
Autores como Pío Moa han cuestionado de forma directa las cifras tradicionales de víctimas —que llegaron a hablar de miles de muertos—, situando el número en una horquilla mucho más reducida, en torno a poco más de un centenar. Una cifra que, sin restar dramatismo al suceso, desmonta el mito de la “aniquilación total” que durante décadas se ha difundido.
La propaganda del Gobierno del Frente Popular, necesitado de un golpe de efecto tras reveses militares y simbólicos como la resistencia del Alcázar de Toledo, encontró en Guernica un instrumento perfecto. No se trataba solo de informar, sino de construir un relato que movilizara a la opinión pública internacional.
Y ahí es donde comienza la manipulación.
El silencio sobre otros bombardeos
Mientras Guernica se convertía en bandera propagandística, otros episodios similares o incluso más sangrientos eran sistemáticamente ocultados o minimizados.
El bombardeo de Cabra en noviembre de 1938, llevado a cabo por la aviación republicana, dejó decenas de civiles muertos en un ataque directo sobre el casco urbano. Del mismo modo, ciudades como Oviedo sufrieron durante meses bombardeos continuados por parte del Frente Popular, en un intento de doblegar su resistencia.
Estos hechos, perfectamente documentados, han sido relegados al olvido. No interesan. No encajan en el relato oficial de buenos y malos que la izquierda ha tratado de imponer durante décadas.
Porque reconocerlos implicaría desmontar su relato y aceptar que la violencia y la barbarie no fueron patrimonio exclusivo de un solo bando.







