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Fotografía en blanco y negro de varios hombres con traje y un militar con uniforme y medallas conversando en la calle frente a vehículos antiguos
OPINIÓN

Antes del 23-F: el golpe que se tejió desde el poder (⅓)

La opinión de Javier García Isac de hoy, lunes 23 de febrero de 2026


Nada de lo ocurrido el 23 de febrero de 1981 puede entenderse como un arrebato improvisado ni como la locura de unos cuantos militares desubicados. El 23-F fue la culminación de un proceso largo, calculado y perfectamente diseñado desde el poder, con un objetivo claro: liquidar definitivamente lo que quedaba del régimen anterior, apartar a Adolfo Suárez y preparar el desembarco del PSOE como única alternativa “segura” para el nuevo sistema.

España llegaba a 1981 exhausta. El terrorismo de ETA asesinaba con una cadencia insoportable, el miedo se había instalado en la calle y el Estado ofrecía una imagen de debilidad inédita. El mensaje era claro: el país era ingobernable. Y cuando un país parece ingobernable, alguien siempre propone una “solución excepcional”.

Palacio de la Zarzuela ya no confiaba en Adolfo Suárez. El presidente había pasado de ser una pieza útil a convertirse en un estorbo. No obedecía, no aceleraba lo suficiente la demolición del viejo Estado y, sobre todo, no garantizaba un control absoluto del proceso. Había que apartarlo. Y para eso hacía falta algo más que intrigas parlamentarias: hacía falta un golpe de efecto.

Ese algo se empezó a fraguar con el conocimiento y la implicación directa de Juan Carlos I. La Corona no fue ajena a los movimientos previos al 23-F; al contrario, fue uno de los centros neurálgicos desde donde se diseñó la operación. Desde la Zarzuela se asumió que España necesitaba un “shock” que permitiera cerrar la Transición, desacreditar definitivamente cualquier resistencia patriótica y presentar al Rey como garante supremo de la democracia.

En ese escenario aparece el PSOE.

Felipe González y su entorno conocían perfectamente que se estaba cocinando una operación de gran calado. No sólo no se opusieron: estaban de acuerdo en lo esencial. El PSOE llevaba años trabajando su imagen internacional, moderando su discurso y ofreciendo garantías a los poderes económicos y exteriores. Sabían que su llegada al poder no se produciría por una evolución natural del sistema, sino tras una gran sacudida que eliminara cualquier alternativa política.

El consenso era claro: había que provocar un trauma nacional que justificara el nuevo orden. Un golpe fallido era más útil que un golpe triunfante. Generaría miedo, disciplina y un relato oficial incontestable: o el sistema que se ofrecía, o el caos.

Pero toda operación necesita un instrumento. Alguien que ejecutara la parte más visible, el papel del villano necesario. Ese instrumento fue el teniente coronel Antonio Tejero.

Tejero no era el cerebro de nada. Era el perfil perfecto para ser utilizado: recto, obsesivo, patriota, convencido de estar cumpliendo una misión salvadora. A Tejero no se le explicó el diseño completo, sólo la parte necesaria para que actuara. Creía defender a España; en realidad, estaba siendo colocado en la historia como el chivo expiatorio ideal.

Mientras tanto, desde los despachos se movían piezas de mayor rango, se hablaba de gobiernos de concentración, de soluciones institucionales, de “salidas ordenadas”. Tejero era la mano que debía ejecutar, pero no el poder que decidía. Cuando dejara de ser útil, sería abandonado.

Así se tejió el golpe: no desde los cuarteles, sino desde el propio Estado. No como una rebelión contra el sistema, sino como una maniobra para consolidarlo. El 23-F no fue un ataque a la democracia naciente, sino el acto fundacional del régimen que vendría después.

En los días previos ya estaba todo dispuesto. Suárez había sido forzado a dimitir, el ambiente era irrespirable, el Parlamento desprestigiado y el Ejército observado con lupa. Sólo faltaba la escena final. El ruido. Las cámaras. El miedo.

Lo que ocurrió el 23 de febrero no fue el comienzo, sino el desenlace de una operación planificada con frialdad, en la que cada actor tenía un papel asignado. Algunos lo sabían. Otros, como Tejero, no.

Y como siempre ocurre en estas historias, los ingenuos pagan, los estrategas triunfan y el relato oficial se impone.

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