Nada de lo ocurrido el 23 de febrero de 1981 puede entenderse como un arrebato improvisado ni como la locura de unos cuantos militares desubicados. El 23-F fue la culminación de un proceso largo, calculado y perfectamente diseñado desde el poder, con un objetivo claro: liquidar definitivamente lo que quedaba del régimen anterior, apartar a Adolfo Suárez y preparar el desembarco del PSOE como única alternativa “segura” para el nuevo sistema.
España llegaba a 1981 exhausta. El terrorismo de ETA asesinaba con una cadencia insoportable, el miedo se había instalado en la calle y el Estado ofrecía una imagen de debilidad inédita. El mensaje era claro: el país era ingobernable. Y cuando un país parece ingobernable, alguien siempre propone una “solución excepcional”.
Palacio de la Zarzuela ya no confiaba en Adolfo Suárez. El presidente había pasado de ser una pieza útil a convertirse en un estorbo. No obedecía, no aceleraba lo suficiente la demolición del viejo Estado y, sobre todo, no garantizaba un control absoluto del proceso. Había que apartarlo. Y para eso hacía falta algo más que intrigas parlamentarias: hacía falta un golpe de efecto.
Ese algo se empezó a fraguar con el conocimiento y la implicación directa de Juan Carlos I. La Corona no fue ajena a los movimientos previos al 23-F; al contrario, fue uno de los centros neurálgicos desde donde se diseñó la operación. Desde la Zarzuela se asumió que España necesitaba un “shock” que permitiera cerrar la Transición, desacreditar definitivamente cualquier resistencia patriótica y presentar al Rey como garante supremo de la democracia.
En ese escenario aparece el PSOE.
Felipe González y su entorno conocían perfectamente que se estaba cocinando una operación de gran calado. No sólo no se opusieron: estaban de acuerdo en lo esencial. El PSOE llevaba años trabajando su imagen internacional, moderando su discurso y ofreciendo garantías a los poderes económicos y exteriores. Sabían que su llegada al poder no se produciría por una evolución natural del sistema, sino tras una gran sacudida que eliminara cualquier alternativa política.
El consenso era claro: había que provocar un trauma nacional que justificara el nuevo orden. Un golpe fallido era más útil que un golpe triunfante. Generaría miedo, disciplina y un relato oficial incontestable: o el sistema que se ofrecía, o el caos.







