Hay personajes que no mueren nunca. Se marchan físicamente, desaparecen de los escenarios, dejan de ocupar las pantallas de televisión, pero continúan viviendo en la memoria colectiva de un pueblo. Son esas figuras que forman parte de nuestra infancia, de nuestros mejores recuerdos, de una España que ya no existe y que, precisamente por ello, contemplamos hoy con una mezcla de nostalgia, gratitud y melancolía.
El 22 de junio de 1976 fallecía Alfonso Aragón Bermúdez, el inolvidable Fofó. Han pasado ya cincuenta años desde que nos dejara uno de los artistas más queridos de la historia de España. Medio siglo sin aquel hombre capaz de arrancar una sonrisa a millones de niños con una simple mirada, un gesto o una canción.
Para quienes pertenecemos a la generación del baby boom, hablar de Fofó es hablar de nuestra propia infancia. Es recordar una España muy distinta a la actual. Una España donde los niños jugaban en la calle hasta que anochecía, donde las bicicletas, los balones y las chapas eran mucho más importantes que cualquier pantalla, donde la imaginación valía más que la tecnología y donde la felicidad no dependía de una consola, de un teléfono móvil o de internet.
Aquella España tenía muchas limitaciones materiales, pero poseía algo que hoy parece haberse perdido: la inocencia.
Y en aquella inocencia ocupaban un lugar privilegiado Los Payasos de la Tele.
Los reyes de la televisión familiar
La historia de la familia Aragón forma parte de la historia del espectáculo español. Procedentes de una larguísima tradición circense, lograron algo que parecía imposible: convertir el mundo del circo en un fenómeno televisivo capaz de reunir a toda la familia frente al televisor.
Allí estaban Gaby, Miliki y Fofó.
Tres personajes distintos, perfectamente complementarios, que crearon una fórmula irrepetible.
Gaby ejercía como el maestro de ceremonias. Miliki aportaba la ternura y la simpatía. Y Fofó era la espontaneidad, la cercanía y la sonrisa permanente.
Más tarde llegarían Fofito y Milikito, asegurando la continuidad de una saga que marcaría a varias generaciones de españoles.
Pero para muchos de nosotros, el alma de aquel fenómeno siempre fue Fofó.
Su sola presencia bastaba para llenar la pantalla.
No necesitaba recurrir a la grosería, a la provocación ni al mal gusto. No necesitaba insultar, ridiculizar o escandalizar. Le bastaba con hacer reír.
Y eso, que parece tan sencillo, es probablemente una de las cosas más difíciles del mundo.
La aventura de cada tarde
Los niños de hoy difícilmente podrán comprender lo que significaba esperar la llegada de Los Payasos de la Tele.
No existían plataformas digitales.
No había vídeos a demanda.
No había redes sociales.
No había cientos de canales.
Había que esperar.
Y esa espera convertía cada programa en un acontecimiento.
Aquella sintonía, aquellas canciones y aquellos sketches formaban parte de un ritual colectivo que compartían millones de hogares españoles.
Entre los momentos más recordados estaba "La aventura", una de las secciones más queridas por los niños de la época.
Era imaginación pura.
Era humor blanco.
Era fantasía infantil.
Era la capacidad de convertir cualquier situación cotidiana en una historia divertida.
No hacían falta efectos especiales.
No hacían falta presupuestos millonarios.
No hacían falta sofisticados recursos tecnológicos.
Bastaban tres grandes artistas y millones de niños dispuestos a dejarse llevar por la magia.
La canción de la felicidad
Resulta imposible hablar de Fofó sin recordar algunas de las canciones que acompañaron nuestra infancia.
"Hola Don Pepito".
"La gallina Turuleca".
"Había una vez un circo".
"Susanita tiene un ratón".
"La marcha de las letras".
Y tantas otras.
Canciones sencillas que todos seguimos siendo capaces de cantar décadas después.
Porque aquellas canciones no estaban diseñadas por expertos en marketing.
No eran productos de laboratorio.
No respondían a estrategias comerciales.
Nacían del cariño hacia los niños.
Y los niños lo percibían.
Quizá por eso han sobrevivido al paso del tiempo.
Una España que todavía sabía reír
Se ha dicho muchas veces que el programa favorito de Franco eran precisamente Los Payasos de la Tele.







