España, desgraciadamente, se ha convertido en un laboratorio de experimentos ideológicos al servicio de una izquierda que vive de la manipulación del dolor, de la propaganda y de los eslóganes huecos. El Ministerio de Igualdad —ese pozo sin fondo de derroche y clientelismo, antes en manos de Irene Montero y ahora dirigido por Ana Redondo— ha vuelto a demostrar que su único fin no es proteger a las mujeres, sino perpetuar un negocio político basado en el miedo y en la mentira.
Después del escándalo monumental de la ley del “solo sí es sí”, que dejó en la calle a miles de delincuentes sexuales antes de tiempo y que rebajó las condenas a agresores, el Gobierno nos “regala” un nuevo capítulo de su incompetencia: las pulseras telemáticas anti-maltratadores. Un sistema que debía proteger a las víctimas de la violencia y garantizar que sus agresores no pudieran acercarse a ellas, ha fallado estrepitosamente. Y no lo digo yo: lo han dicho los propios responsables de las Audiencias Provinciales, que llevan meses advirtiendo de que estos dispositivos no funcionan como debieran.
Estamos hablando de un sistema que ha permitido que miles de maltratadores pudieran acercarse a sus víctimas, amenazarlas y en algunos casos hasta acosarlas físicamente. ¿Se imaginan ustedes el terror añadido para una mujer que, confiando en el Estado, descubre que esa pulsera que debía mantenerla a salvo es en realidad un juguete defectuoso? Unas pulseras que algunos jueces han llegado a calificar, con amarga ironía, como pulseras de “Aliexpress”.
Mientras tanto, el Gobierno de Sánchez sigue presumiendo de ser “el más feminista de la historia”. Feminista de boquilla, porque en la práctica es el que más ha desprotegido a las mujeres. Primero con la chapuza del “solo sí es sí”, que fue aplaudida por ministras ignorantes y sectarias como Irene Montero o Ione Belarra. Y ahora con este despropósito de las pulseras telemáticas, que deja en evidencia que lo único que importa es la foto, el titular fácil y el relato victimista.
Este es el feminismo de saldo que sufrimos: el feminismo de los eslóganes en inglés, de las pancartas el 8M, de los discursos incendiarios contra los hombres, pero incapaz de poner en marcha políticas reales de protección. Un feminismo subvencionado, cómodo para las asociaciones amigas y letal para las víctimas reales, que quedan desamparadas ante un Estado que falla una y otra vez.







