La visita de León XIV debería servir también para recordar a las miles de víctimas de la persecución religiosa que fueron asesinadas en Cataluña. El Papa León XIV, preside hoy una gran vigilia y un acto de oración en el Estadio Olímpico de Montjuïc, en Barcelona. Los medios hablarán del Estadio Olímpico. Las autoridades hablarán del Estadio Olímpico. Los organizadores hablarán del Estadio Olímpico.
Pero la realidad es que ese recinto tiene un nombre oficial que rara vez se menciona: Estadio Olímpico Lluís Companys.
Y es precisamente ahí donde surge una reflexión que no debería incomodar a nadie que crea en la verdad histórica, en la justicia y en la dignidad de las víctimas.
Porque Lluís Companys no es una figura cualquiera de la historia de Cataluña. Fue presidente de la Generalitat durante algunos de los años más sangrientos de la persecución religiosa sufrida por la Iglesia Católica en España. Una persecución que dejó miles de asesinados, centenares de templos destruidos, conventos saqueados y una huella imborrable en la memoria de la Iglesia española.
La visita del Santo Padre representa una magnífica oportunidad para recordar a aquellos mártires cuyo único delito fue profesar la fe católica.
La persecución religiosa más brutal de la historia contemporánea de España
Entre 1936 y 1939, España vivió una de las mayores persecuciones religiosas del siglo XX occidental.
Miles de sacerdotes fueron asesinados.
Miles de religiosos fueron ejecutados.
Miles de seglares católicos fueron perseguidos por el simple hecho de acudir a misa, pertenecer a asociaciones religiosas o defender públicamente sus creencias.
La propia Iglesia ha reconocido y beatificado a numerosos mártires de aquel periodo.
Las cifras son conocidas.
Más de 6.800 miembros del clero fueron asesinados durante la persecución religiosa.
Entre ellos, trece obispos, miles de sacerdotes diocesanos, religiosos, religiosas, seminaristas y más de 300 monjas.
A ellos habría que sumar miles de laicos que corrieron la misma suerte.
Cataluña fue uno de los lugares donde la violencia anticatólica alcanzó una intensidad particularmente dramática.
Iglesias incendiadas.
Conventos destruidos.
Imágenes religiosas profanadas.
Sacerdotes ejecutados y torturados.
Familias perseguidas por su fe.
Aquellos hechos forman parte de la historia y no pueden ser borrados por la propaganda ni por las leyes de memoria selectiva.
La responsabilidad histórica de Companys
Hablar de Lluís Companys sigue siendo incómodo para muchos.
Durante décadas se ha construido una imagen casi legendaria de su figura, presentándolo exclusivamente como víctima del franquismo y como símbolo del nacionalismo catalán.
Pero la historia es mucho más compleja.
Nadie puede negar que Companys fue fusilado tras un consejo de guerra en 1940.
Eso es un hecho histórico.
Pero tampoco puede negarse que durante su presidencia se produjeron miles de asesinatos en Cataluña.
Los historiadores siguen debatiendo sobre el grado exacto de responsabilidad política de Companys en aquellos acontecimientos.
Lo que resulta indiscutible es que era el máximo responsable institucional de la Generalitat durante aquellos años.
Y bajo su mandato se desarrolló una persecución religiosa de enormes proporciones.
Las estimaciones sobre el número de víctimas mortales durante aquellos años en Cataluña oscilan entre varios miles y más de diez mil personas, dependiendo de las fuentes consultadas.
Entre ellas se encontraban numerosos sacerdotes, religiosos y católicos cuya única culpa fue mantenerse fieles a sus convicciones.
Por eso resulta sorprendente que en la Cataluña oficial se recuerde constantemente a Companys y, sin embargo, apenas se hable de los miles de mártires que murieron durante su etapa al frente de la Generalitat.
Una oportunidad para la reconciliación verdadera
La Iglesia no está llamada a reabrir heridas.
La Iglesia está llamada a sanar heridas.
Pero sanar no significa ocultar.







