Aquel día, Carlos Arias Navarro, recién nombrado presidente del Gobierno tras el brutal asesinato de Luis Carrero Blanco, pronunció ante las Cortes un discurso que pretendía inaugurar una etapa de “apertura” del régimen nacido del 18 de julio. Se le llamó —con énfasis casi místico— el espíritu del 12 de febrero. Hoy sabemos que fue, más que un espíritu, una rendija. Y por esa rendija empezó a colarse la demolición.
Carrero Blanco había sido asesinado el 20 de diciembre de 1973. Con él cayó el dique de contención más firme frente a las presiones internas y externas que buscaban desnaturalizar el sistema político surgido de la Victoria. Contra todo pronóstico —y contra la lógica de la continuidad— fue elegido Arias Navarro. Y con él llegó un discurso que prometía modernización sin ruptura, reforma sin traición. Prometía mucho. Cumplió poco. Y lo poco que cumplió lo hizo mal.
¿En qué consistió el llamado “espíritu”?
Bajo ese rótulo amable se anunció una apertura limitada: reconocimiento de asociaciones políticas, una cierta flexibilización del debate público, insinuaciones de pluralidad controlada. Se trataba, nos dijeron, de adecuar el régimen a los “tiempos nuevos” sin poner en riesgo sus pilares. El resultado fue exactamente el contrario: se debilitó la autoridad, se confundió la firmeza con inmovilismo y se abrió el melón de lo que ya no tendría marcha atrás.
El error capital fue creer que la apertura podría administrarse sin consecuencias. La historia enseña lo contrario: cuando se cede en los fundamentos, lo accesorio se vuelve imparable. Aquella apertura no trajo estabilidad ni cohesión; trajo expectativas, exigencias y presiones. Y, sobre todo, trajo apetitos: los de quienes jamás aceptaron el régimen y solo esperaban la ocasión para destruirlo desde dentro.
El fracaso de Arias Navarro
Arias Navarro encarnó la indecisión. No fue el hombre del orden ni el de la reforma coherente. Fue el de la ambigüedad. Y la ambigüedad, en política, se paga cara. Su gobierno quedó atrapado entre un sector que confiaba en la continuidad y otro que entendió aquel gesto como señal de debilidad.







