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El espíritu del 12 de febrero: la grieta que se abrió desde dentro

El espíritu del 12 de febrero: la grieta que se abrió desde dentro
Hombre mayor con traje hablando en un atril rodeado de micrófonos en una sala oficial antigua
porJavier Garcia Isac
opinion

El 12 de febrero de 1974 quedó fijado en la historia reciente de España como una fecha cargada de retórica y, a la postre, de consecuencias nefastas

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Aquel día, Carlos Arias Navarro, recién nombrado presidente del Gobierno tras el brutal asesinato de Luis Carrero Blanco, pronunció ante las Cortes un discurso que pretendía inaugurar una etapa de “apertura” del régimen nacido del 18 de julio. Se le llamó —con énfasis casi místico— el espíritu del 12 de febrero. Hoy sabemos que fue, más que un espíritu, una rendija. Y por esa rendija empezó a colarse la demolición.

Carrero Blanco había sido asesinado el 20 de diciembre de 1973. Con él cayó el dique de contención más firme frente a las presiones internas y externas que buscaban desnaturalizar el sistema político surgido de la Victoria. Contra todo pronóstico —y contra la lógica de la continuidad— fue elegido Arias Navarro. Y con él llegó un discurso que prometía modernización sin ruptura, reforma sin traición. Prometía mucho. Cumplió poco. Y lo poco que cumplió lo hizo mal.

¿En qué consistió el llamado “espíritu”?

Bajo ese rótulo amable se anunció una apertura limitada: reconocimiento de asociaciones políticas, una cierta flexibilización del debate público, insinuaciones de pluralidad controlada. Se trataba, nos dijeron, de adecuar el régimen a los “tiempos nuevos” sin poner en riesgo sus pilares. El resultado fue exactamente el contrario: se debilitó la autoridad, se confundió la firmeza con inmovilismo y se abrió el melón de lo que ya no tendría marcha atrás.

El error capital fue creer que la apertura podría administrarse sin consecuencias. La historia enseña lo contrario: cuando se cede en los fundamentos, lo accesorio se vuelve imparable. Aquella apertura no trajo estabilidad ni cohesión; trajo expectativas, exigencias y presiones. Y, sobre todo, trajo apetitos: los de quienes jamás aceptaron el régimen y solo esperaban la ocasión para destruirlo desde dentro.

El fracaso de Arias Navarro

Arias Navarro encarnó la indecisión. No fue el hombre del orden ni el de la reforma coherente. Fue el de la ambigüedad. Y la ambigüedad, en política, se paga cara. Su gobierno quedó atrapado entre un sector que confiaba en la continuidad y otro que entendió aquel gesto como señal de debilidad.

Mientras se hablaba de asociaciones políticas, la subversión avanzaba; mientras se invocaba el diálogo, la propaganda marxista ganaba terreno; mientras se prometía control, la disciplina se erosionaba. El Estado empezó a pedir perdón por existir. Y ese fue el principio del fin.

El preludio de la traición

Conviene decirlo sin rodeos: el espíritu del 12 de febrero fue el prólogo de la traición posterior. No fue aún la Transición, pero la preparó. Fue el ensayo general del abandono del legado de los cuarenta años de paz, estabilidad y desarrollo. Aquella España —fuerte, unida, respetada— comenzó a ser presentada como un problema que había que “superar”.

Tras esa grieta vendrían otras: la legalización de partidos que jamás habían renunciado a la violencia o al totalitarismo, empezando por el Partido Comunista de España; la claudicación moral ante quienes habían perdido la guerra y pretendían ganarla en los despachos; la desarticulación del Estado; la desmemoria convertida en política oficial.

Una lección que no se debe olvidar

El 12 de febrero de 1974 no fue una fecha inocente. Fue el día en que el régimen comenzó a erosionarse por dentro, no por falta de fuerza, sino por exceso de complacencia. Se pensó que bastaban gestos para aplacar a quienes no querían pactar, sino destruir. Se confundió generosidad con debilidad. Y se abrió la puerta a una Transición mal parida, construida sobre la renuncia y el complejo, que acabó negando el propio origen de la España moderna.

Recordar el espíritu del 12 de febrero no es un ejercicio académico. Es un aviso. Cada vez que un Estado renuncia a defender su legitimidad, otros escribirán su final. Y cuando la historia se reescribe desde el arrepentimiento, siempre pagan los mismos: la Nación, la unidad y la verdad.

Hoy, más de medio siglo después, conviene decirlo alto y claro: aquella apertura fue un error. Y de aquellos polvos vinieron estos lodos. Porque las traiciones, casi nunca empiezan con estruendo; empiezan con discursos suaves y promesas de “apertura” que nadie sabe cómo cerrar.


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