Hubo un tiempo en que la palabra España emocionaba. En que las banderas ondeaban con orgullo y no con miedo. En que los soldados se sabían herederos de una historia gloriosa y no de una culpa inventada. En que la justicia se hacía con honor, la educación formaba ciudadanos y no súbditos, y la memoria era una llama viva, no una herramienta de revancha.
Ese tiempo no fue perfecto, pero fue nuestro. Era el tiempo del respeto a la nación, del amor al deber, de la conciencia de pertenecer a algo grande y eterno. Pero desde 1978 hasta hoy, todo eso se ha ido apagando, lentamente, metódicamente, como una vela a la que le falta oxígeno.
La llamada Transición democrática nos vendió el mito de la reconciliación. En realidad, lo que se construyó fue una maquinaria de rendición progresiva. Se desmontaron los cimientos de la nación en nombre de un consenso que siempre significó lo mismo: ceder ante la izquierda, contentar al separatismo y anestesiar al pueblo.
La demolición educativa
La primera piedra que derribaron fue la educación. Desde los años 80, la escuela dejó de enseñar a amar a España y pasó a enseñar a dudar de ella. Se borró la historia nacional y se sustituyó por relatos autonómicos y revisionistas. Se expulsaron la excelencia, la disciplina y la autoridad.
Donde antes había libros con héroes, santos y conquistadores, hoy hay manuales de “memoria democrática” que presentan a España como una nación culpable. Nuestros niños ya no conocen el 2 de mayo, ni Lepanto, ni Covadonga. En cambio, aprenden sobre identidades, ideología de género y colonialismo. Es la desespañolización educativa: la estrategia perfecta para crear generaciones sin patria ni raíces.
La rendición judicial
Después vino la justicia. En 1985, el Gobierno socialista reformó el Consejo General del Poder Judicial para controlar la judicatura. Desde entonces, el poder judicial dejó de ser independiente. Hoy, los jueces que aplican la ley son perseguidos, los fiscales responden a órdenes políticas y los delincuentes separatistas son indultados o amnistiados por conveniencia.
La justicia española ya no protege al ciudadano; protege al poder. Y cuando el poder está en manos de quienes odian a España, la justicia se convierte en su instrumento. Por eso los enemigos de la patria gozan de impunidad, mientras los patriotas son censurados, señalados o silenciados.
El ejército domesticado
El Ejército, que durante siglos fue columna vertebral de la nación, fue convertido en un adorno ceremonial. Se desmanteló su capacidad moral y simbólica, se eliminó el servicio militar, se borró su presencia en la vida pública y se le redujo a un papel secundario dentro de la OTAN.
Hoy nuestros militares sirven con honor, pero carecen de una misión nacional clara. No se les permite hablar, pensar ni recordar. Ya no se defiende la unidad de España, sino “la paz global”, “la cooperación” y “los valores europeos”. Lo que antes era el orgullo de servir a la patria, hoy es un trámite administrativo.







