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Es ahora, o quizás nunca

Es ahora, o quizás nunca
por EDATV
19 de octubre de 2026 a las 12:04
opinion

Luisfer Castañeda

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Francia arde y sus llamas iluminan con crudeza el porvenir que le espera a España si no se produce una reacción inmediata. Las imágenes del último año que cruzan la frontera muestran ayuntamientos calcinados, iglesias profanadas, comercios saqueados y una violencia callejera desbocada que desafía abiertamente la autoridad del Estado. Frente a esta catástrofe, la prensa oficialista y las terminales de la corrección política insisten en insultar la inteligencia ciudadana vendiendo el relato de una supuesta «revuelta estudiantil». Mienten. Ningún estudiante prende fuego a la sede de su municipio ni siembra el terror en los barrios por una disputa académica.

Basta asomarse a los vídeos y revisar los perfiles de los detenidos para desmontar la farsa. Lo que sufre el país vecino es el estallido violento de una profunda fractura identitaria y cultural. Los protagonistas de los disturbios son, en un porcentaje abrumador, hijos y nietos de la inmigración. Se trata de segundas y terceras generaciones que han crecido arropadas por el Estado del bienestar francés, pero que rechazan frontalmente sus leyes, sus símbolos y la civilización de la tierra que acogió a sus familias.

Lo que hoy estalla no es un fenómeno aislado. Los graves disturbios de julio de 2023 sirvieron como ensayo general, con miles de detenciones, un tercio eran menores de edad. Hoy, el patrón se repite con mayor virulencia, impulsado por una crisis de natalidad autóctona que acelera el relevo poblacional y carcome la paz social.

Este incendio tiene responsables directos. En el ámbito doméstico, la extrema izquierda de Mélenchon lleva años encendiendo la mecha del resentimiento en los suburbios para asegurarse una clientela electoral cautiva. Ahora, con las calles cubiertas de humo y ceniza, Mélenchon se lava las manos como un moderno Poncio Pilatos, esquivando su culpa en el polvorín que él mismo ayudó a cebar.

Pero los verdaderos cerebros de este desastre operan desde Bruselas. Una élite burocrática empeñada en imponer fronteras porosas y repartos forzosos, tratando de embutir en Europa a millones de personas que el continente no puede integrar ni asimilar. Y en esa sala de máquinas europea no existen diferencias entre el Partido Popular y el Partido Socialista: votan juntos, aplauden los mismos pactos y sostienen la misma agenda junto a verdes y comunistas. El propio Esteban González Pons lo admitió sin rubor: en Europa gobiernan en coalición. Esa alianza de espaldas a los ciudadanos es la responsable directa de financiar el modelo que hoy tiene a Francia al borde del colapso, y a España sumida en una invasión sin precedentes.

España camina con paso firme hacia ese mismo precipicio. Como denuncia con insistencia Santiago Abascal, en el último lustro han entrado en nuestro país cinco millones de personas. La cifra oficial sitúa a uno de cada cinco residentes en España como nacido fuera, pero la realidad en la calle supera cualquier estadística. Miles de personas en situación irregular acceden de manera habitual a los servicios públicos y asistenciales españoles, desbordando los barrios obreros, saturando hospitales y guarderías, quedándose con las ayudas y disparando la inseguridad.

El inspector de policía Samuel Vázquez lleva años recorriendo España y advirtiendo en sus conferencias sobre este peligro. Explica con precisión milimétrica la importación progresiva del modelo criminal francés y la inevitable aparición de zonas donde la ley del Estado deja de regir. Frente a este diagnóstico implacable de la realidad de calle, las instituciones responden con buenismo ideológico, dejando desprotegidos a los agentes y abandonando a los ciudadanos de a pie.

España aún conserva una última ventana de oportunidad para revertir esta deriva. Una solución que exige aplicar con valentía tres principios irrenunciables:

1.  Cortar de raíz el efecto llamada. Quien accede a España violando nuestras fronteras no puede figurar en el primer puesto de las listas para recibir subsidios, viviendas sociales o cheques públicos. Subvencionar la ilegalidad no solo es una burla al contribuyente, sino que premia al infractor y destruye el principio de legalidad.

2.  Presupuesto público para la supervivencia nacional. Los recursos que hoy sufragan estancias y manutenciones de ilegales deben blindarse para apoyar a los jóvenes españoles que no logran emanciparse, abaratar el acceso a la vivienda y conceder ayudas directas a las familias que quieren tener hijos. La prioridad absoluta debe ser fomentar la natalidad nacional, no financiar nuestro propio suicidio cultural.

3.  Aplicar de inmediato la ley y la soberanía. Quien comete delitos, rechaza asimilarse o acude con la única intención de vivir del esfuerzo ajeno debe ser devuelto a su país de origen sin contemplaciones. España no es una ONG. Y, desde luego, no es el centro de inserción social de Marruecos. No podemos asumir el coste de que el sultán vacíe periódicamente sus cárceles mientras llenamos de miedo nuestras calles.

Ante esta disyuntiva histórica, las palabras de campaña del Partido Popular resultan estériles. Donde gobierna, como en el Ayuntamiento de Madrid, ha llegado a dar puntos en sus guarderías por estar en situación irregular. Atado a los consensos de Bruselas y temeroso ante la presión mediática de la izquierda, el PP carece del pulso y la firmeza necesarios para aplicar y modificar la ley de fronteras. En el tablero político español, solo VOX conserva el valor, la convicción y la determinación indispensables para ejecutar las devoluciones, derogar las normativas que nos atan y blindar la soberanía nacional.

Las próximas elecciones no van de una simple alternancia en los despachos ministeriales. Nos jugamos la seguridad, la identidad y la continuidad misma de España. Francia hoy es fuego, violencia y ruina. A nosotros nos queda la fuerza de las urnas para evitar cruzar ese mismo abismo. Nos quedamos sin cartuchos para salvar España, es ahora, o quizás nunca.


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