EDATV News logo
X

El amplio frente menguante

El amplio frente menguante
por Javier Garcia Isac
16 de octubre de 2026 a las 07:15
opinion

La opinión de Javier García

Agregar EDATV en
Compartir:

Ada Colau, Más Madrid y el último disparate de una izquierda que se descompone mientras pretende salvarnos de nosotros mismos.

Hay una vieja máxima de la política española que parece haberse convertido en el principal mandamiento de nuestra izquierda: cuando no sepas qué hacer, funda un partido; cuando ese partido fracase, cambia de nombre; cuando el nuevo nombre deje de funcionar, inventa una coalición; y cuando la coalición se descomponga, convoca una rueda de prensa para anunciar la creación de un frente amplio.

Eso sí, cada vez más amplio en siglas, más estrecho en votos y más menguante en credibilidad.

Bienvenidos al maravilloso universo del Amplio Frente Menguante, ese extraordinario experimento político en el que todos quieren mandar, nadie quiere obedecer, todos se consideran imprescindibles y ninguno parece dispuesto a reconocer que el principal problema de la izquierda española no es la falta de unidad, sino el hartazgo que provocan sus políticas.

Ahora aparece en escena Ada Colau. Sí, Ada Colau. La que fuera alcaldesa de Barcelona, la antigua activista antidesahucios, la dirigente que convirtió la vivienda en su principal bandera política y que terminó abandonando la alcaldía de una ciudad donde acceder a una vivienda siguió siendo una pesadilla para miles de familias.

La misma Ada Colau que mantuvo una posición de comprensión política hacia buena parte de las reivindicaciones del separatismo catalán, aunque sin abrazar formalmente la independencia, es presentada ahora como posible solución para una organización que se llama Más Madrid.

¡Más Madrid, señores!

Una formación que lleva Madrid hasta en el nombre y que, aparentemente, necesita recurrir a una antigua alcaldesa de Barcelona para encontrar una figura capaz de aglutinar a la izquierda.

Esto empieza a parecerse a una compañía teatral de provincias que, después de perder a todos sus actores principales, decide contratar a una antigua estrella de otra compañía para representar una obra que el público ya ha visto demasiadas veces.

Y lo verdaderamente extraordinario es que pretenden vendernos semejante operación como una renovación política.

¿Renovación? ¿Con Ada Colau?

La izquierda española lleva tantos años reciclando a sus dirigentes que cualquier día nos presenta como gran novedad a Pablo Iglesias saliendo de una máquina del tiempo con coleta, camisa remangada y una nueva promesa de asaltar los cielos.

Más Madrid, menos coherencia

Resulta difícil imaginar una contradicción más evidente que la de un partido que presume de representar los intereses de Madrid y busca referentes políticos en una dirigente cuya trayectoria ha estado vinculada a Barcelona y al universo de los comunes catalanes.

No se trata de que una catalana no pueda participar en la política madrileña o nacional. Por supuesto que puede. Se trata de la incoherencia política y del oportunismo de quienes parecen haber agotado su cantera de dirigentes y necesitan importar viejas figuras de otras experiencias fracasadas.

Porque Ada Colau no representa precisamente el éxito de un modelo de gestión que merezca exportarse al conjunto de España.

Su paso por la alcaldía de Barcelona estuvo marcado por una enorme controversia sobre la vivienda, la seguridad, la movilidad, el comercio y la relación con el independentismo.

Llegó prometiendo transformar Barcelona y terminó convertida en otro ejemplo de esa izquierda que descubre que gobernar resulta bastante más complicado que protestar.

Es muy sencillo colocarse delante de una pancarta para denunciar los desahucios. Lo difícil es conseguir que una familia trabajadora pueda comprar o alquilar una vivienda sin hipotecar toda su existencia.

Es muy sencillo denunciar la especulación inmobiliaria. Lo difícil es crear las condiciones necesarias para que aumente la oferta de viviendas, se respete la propiedad privada y los jóvenes puedan emanciparse.

Y es muy sencillo acusar de insensibilidad social a quienes discrepan de tus recetas. Lo verdaderamente complicado es reconocer que algunas de esas recetas han contribuido a agravar los problemas que pretendían solucionar.

Pero aquí nadie reconoce nada.

Aquí los responsables de los fracasos se presentan como los únicos capaces de corregirlos.

Un frente tan amplio que no caben sus dirigentes

El espectáculo de la izquierda situada a la izquierda del PSOE empieza a resultar verdaderamente cómico.

Sumar, Podemos, Más Madrid, Izquierda Unida, los comunes, las distintas mareas, plataformas, confluencias, movimientos y demás agrupaciones que aparecen y desaparecen según las necesidades electorales.

Todos quieren la unidad.

Pero cada uno quiere una unidad que le garantice el protagonismo.

Todos quieren derrotar a la derecha.

Pero antes necesitan derrotarse entre ellos para decidir quién encabeza la candidatura, quién ocupa los puestos de salida y quién se queda con la representación parlamentaria.

Podemos no quiere ser comparsa de Sumar. Sumar no consigue reconstruir la ilusión que pretendió despertar Yolanda Díaz. Más Madrid aspira a desempeñar un papel determinante. Izquierda Unida intenta conservar su espacio. Y los comunes buscan mantener su influencia.

Una auténtica sopa de letras donde sobran egos y faltan ideas.

Lo llaman frente amplio, pero cada negociación parece hacerlo más pequeño.

Lo llaman confluencia, pero todos confluyen en la misma obsesión: conservar una parcela de poder.

Lo llaman proyecto de futuro, pero sus principales protagonistas proceden de un pasado político cada vez más desgastado.

El Amplio Frente Menguante es el único proyecto político que necesita una mesa cada vez más grande para reunir a dirigentes que representan un espacio electoral cada vez más fragmentado.

Y mientras discuten sobre sus listas, sus cuotas y sus liderazgos, millones de españoles continúan preguntándose cómo pagar la hipoteca, cómo llenar la cesta de la compra o cómo afrontar una nueva subida de impuestos.

Pero esas preocupaciones parecen demasiado vulgares para quienes se consideran destinados a salvar la democracia.

Ada Colau, candidata de un acuerdo que todavía no existe

La realidad supera cualquier parodia.

El 7 de octubre, Más Madrid propuso oficialmente a Ada Colau como candidata a la Presidencia del Gobierno, encabezando la lista por Barcelona, mientras Mónica García ocuparía el primer puesto por Madrid.

Pero había un pequeño detalle: todavía no existía un acuerdo global entre las organizaciones que supuestamente debían respaldarla. Los comunes pidieron prudencia, Izquierda Unida reclamó una negociación compartida y Podemos continuó planteando sus propias condiciones.

Es decir, primero anuncian la candidata y después intentan ponerse de acuerdo sobre si realmente es su candidata.

¡Magnífico!

Es como anunciar el nombre del presidente de una comunidad de vecinos antes de saber quiénes son los propietarios del edificio.

Y Ada Colau, lejos de cerrar el debate, ha condicionado su disponibilidad a que se incorporen más fuerzas, especialmente Podemos.

Tenemos, por tanto, una candidata propuesta por un partido que no es el suyo, para encabezar una coalición que todavía no está cerrada, con organizaciones que discuten cómo elegir a sus representantes y con dirigentes que aspiran a ocupar los primeros puestos.

Y todo esto a escasas semanas de las elecciones del 29 de noviembre.

Si son incapaces de ponerse de acuerdo para elaborar unas listas electorales, ¿cómo pretenden convencernos de que pueden gobernar España?

El miedo como único programa electoral

Pero lo más preocupante de este espectáculo no son sus disputas internas.

Lo verdaderamente inquietante es el lenguaje político que utilizan para intentar recuperar a un electorado cada vez más desencantado.

Otra vez el miedo.

Otra vez el fascismo.

Otra vez la extrema derecha.

Otra vez la amenaza de que, si ellos desaparecen del Gobierno, desaparecerán también los derechos de los españoles.

Llevamos años escuchando la misma cantinela.

Según su discurso, España se encuentra permanentemente al borde de una catástrofe democrática que solamente puede evitarse votando a la izquierda.

No importa que hayan gobernado durante años. No importa que hayan participado en las decisiones que ahora critican. No importa que sus políticas hayan generado un profundo malestar entre muchos ciudadanos.

Siempre encuentran un enemigo al que responsabilizar de sus fracasos.

Y ahora pretenden convencernos de que votar al Partido Popular o a Vox supone poco menos que regresar a los años treinta.

¡Qué obsesión con los años treinta tienen quienes se proclaman defensores del progreso!

Se pasan la vida hablando del futuro, pero parecen incapaces de abandonar la Guerra Civil.

Necesitan mantener abierta una división emocional entre españoles porque saben que, si el debate se centrara exclusivamente en la gestión, tendrían que responder a preguntas extraordinariamente incómodas.

¿Dónde están las viviendas asequibles que prometieron?

¿Por qué tantos jóvenes no pueden emanciparse?

¿Por qué los trabajadores tienen dificultades para llegar a final de mes?

¿Por qué el esfuerzo fiscal se ha convertido en una carga insoportable para tantas familias y pequeños empresarios?

¿Por qué tantos ciudadanos perciben que pagan cada vez más y reciben servicios públicos cada vez más deteriorados?

Son preguntas que merecen respuestas, no consignas.

Y frente a ellas, el Amplio Frente Menguante vuelve a recurrir al espantajo de la extrema derecha.

Pero convendría preguntarles algo elemental: ¿qué derechos concretos sostienen que van a desaparecer, mediante qué leyes y por iniciativa de quién?

Porque una cosa es debatir sobre propuestas políticas que puedan modificar determinadas leyes, y otra muy distinta presentar cualquier alternancia democrática como el preludio de una dictadura.

Nadie tiene el monopolio de la democracia.

Nadie tiene el monopolio de los derechos.

Y, desde luego, nadie puede arrogarse el derecho de decidir que solamente son legítimos los gobiernos de su propio color político.

Los responsables del problema quieren presentarse como la solución

Hay algo particularmente irritante en este nuevo intento de reconstrucción de la izquierda.

Sus dirigentes se comportan como si acabaran de aterrizar en España.

Como si no hubieran participado en gobiernos, ministerios, ayuntamientos y decisiones legislativas.

Como si la crisis de la vivienda fuera una desgracia meteorológica que nada tuviera que ver con la actuación de los poderes públicos.

Como si la presión fiscal, la inseguridad jurídica o el exceso de regulación fueran fenómenos completamente ajenos a las políticas que han defendido.

Durante años nos han explicado que el Estado debía intervenir más, regular más, controlar más, inspeccionar más y recaudar más.

Y ahora, cuando muchos españoles se sienten asfixiados por una burocracia interminable, por los impuestos y por la dificultad de emprender o acceder a una vivienda, aparecen los mismos dirigentes prometiendo nuevas intervenciones, nuevas regulaciones y nuevas soluciones milagrosas.

Resulta inevitable recordar aquella vieja definición de la locura atribuida popularmente a Einstein: repetir una y otra vez lo mismo esperando resultados diferentes.

Aunque la atribución sea discutible, la idea encaja perfectamente con el panorama político que contemplamos.

La izquierda intervencionista pretende solucionar con más intervencionismo los problemas que, al menos en parte, ha contribuido a agravar.

Y cuando alguien propone reducir trabas administrativas, favorecer la construcción de viviendas, aliviar la presión fiscal o revisar el funcionamiento de un Estado hipertrofiado, inmediatamente aparecen las acusaciones de neoliberalismo, ultraderecha o insensibilidad social.

No admiten que pueda existir otra manera de entender la economía, la sociedad o la política.

Y esa intolerancia intelectual resulta especialmente llamativa en quienes presumen permanentemente de diversidad.

Diversidad de todo, excepto de pensamiento.

De asaltar los cielos a defender los sillones

Conviene recordar de dónde viene esta izquierda.

Hace poco más de una década, Pablo Iglesias y sus compañeros aparecieron prometiendo acabar con la vieja política.

Denunciaban a la casta.

Atacaban los privilegios.

Despreciaban los pactos entre partidos tradicionales.

Prometían devolver el poder al pueblo.

Aquellos jóvenes revolucionarios hablaban de asaltar los cielos.

Y terminaron descubriendo las ventajas de los ministerios, los asesores, los coches oficiales y las estructuras institucionales.

El discurso contra la casta fue perdiendo intensidad a medida que sus protagonistas se incorporaban a ella.

Después llegó la fragmentación.

Las rupturas.

Las expulsiones.

Los reproches.

Los enfrentamientos personales.

La aparición de nuevas marcas electorales.

Podemos, Sumar y ahora Frente Amplio.

Tres nombres para un espacio político que parece condenado a reinventarse cada vez que la realidad electoral contradice sus expectativas.

Y en medio de este naufragio aparece Ada Colau como una especie de tabla de salvación.

Pero uno se pregunta si realmente buscan salvar a los españoles o salvarse políticamente a sí mismos.

Porque hay una diferencia fundamental entre construir un proyecto para mejorar un país y organizar una coalición para garantizar la supervivencia de sus dirigentes.

Lo primero merece respeto.

Lo segundo merece, como mínimo, una buena dosis de ironía.

El verdadero miedo es perder el poder

A mi juicio, detrás de esta operación política existe una preocupación mucho más inmediata que la supuesta amenaza de la extrema derecha.

El miedo a perder influencia.

El miedo a perder representación parlamentaria.

El miedo a quedarse fuera de las negociaciones de gobierno.

El miedo a comprobar que una parte importante de los ciudadanos ya no se siente representada por quienes llevan años hablando en su nombre.

Por eso necesitan movilizar a su electorado mediante un lenguaje cada vez más dramático.

No les basta con pedir el voto.

Necesitan convertir las elecciones en una batalla moral entre buenos y malos.

Ellos serían los defensores de la libertad, de la democracia, de los derechos sociales y de todos los valores imaginables.

Sus adversarios representarían el retroceso, el autoritarismo y la oscuridad.

Es una visión infantil de la política, pero también profundamente peligrosa para la convivencia democrática.

Porque cuando conviertes a tu adversario en un enemigo moral, cuando sostienes que su llegada al poder supone una amenaza existencial, estás debilitando el principio fundamental de cualquier democracia: la legitimidad de la alternancia.

Y eso resulta especialmente grave en una izquierda que presume de dar lecciones de democracia al resto de los españoles.

La democracia consiste también en aceptar que los ciudadanos pueden cansarse de ti.

Que pueden rechazar tus políticas.

Que pueden preferir otras propuestas.

Y que pueden hacerlo sin ser fascistas, ignorantes o enemigos de sus propios derechos.

El último baile del Amplio Frente Menguante

No sé si Ada Colau terminará encabezando esta candidatura.

No sé si Podemos aceptará incorporarse.

No sé si Irene Montero renunciará a sus aspiraciones o si aparecerá una nueva fórmula de compromiso que permita a todos conservar su pequeña parcela de protagonismo.

Lo que sí sé es que estamos asistiendo a un espectáculo político verdaderamente revelador.

Una izquierda que prometía transformar España parece incapaz de organizarse a sí misma.

Una izquierda que denunciaba los privilegios discute sobre puestos electorales.

Una izquierda que prometía regeneración recupera a dirigentes de anteriores etapas.

Una izquierda que asegura defender el futuro continúa recurriendo a los fantasmas del pasado.

Y una izquierda que se presenta como garante de todos nuestros derechos parece tener enormes dificultades para reconocer el derecho de los españoles a elegir un gobierno diferente.

Quizá por eso el nombre de Amplio Frente Menguante me parece especialmente apropiado.

Amplio en ambiciones.

Amplio en siglas.

Amplio en declaraciones grandilocuentes.

Amplio en reproches internos.

Pero menguante en coherencia, menguante en credibilidad y menguante en capacidad de ilusionar a quienes ya conocen sus recetas.

Y hay algo todavía más significativo.

Mientras estos dirigentes se disputan el liderazgo de una coalición, España necesita afrontar problemas reales que no se resuelven con una nueva marca electoral.

Necesitamos instituciones eficaces, servicios públicos que funcionen, viviendas accesibles, seguridad jurídica, impuestos razonables, respeto a la propiedad, oportunidades para los jóvenes y un Estado que sirva a los ciudadanos en lugar de convertirlos en súbditos de una burocracia interminable.

España necesita menos propaganda y más gestión.

Menos trincheras ideológicas y más soluciones.

Menos dirigentes obsesionados con conservar sus cargos y más políticos dispuestos a responder por sus resultados.

Y, sobre todo, necesita recuperar algo que esta izquierda parece haber olvidado: los españoles no estamos al servicio de los partidos políticos. Son los partidos políticos los que deben estar al servicio de los españoles.

Quizá el próximo 29 de noviembre descubramos hasta qué punto los ciudadanos están cansados de que les hablen de amenazas imaginarias mientras sus problemas cotidianos continúan sin resolverse.

Ada Colau puede convertirse en la nueva cabeza visible del experimento. Pueden recuperar a antiguos dirigentes, inventar nuevas siglas y celebrar todos los actos de unidad que quieran.

Pero hay algo que no podrán conseguir simplemente cambiando de nombre: borrar su responsabilidad política por los años en los que han participado en el poder.

Porque, al final, el problema del Amplio Frente Menguante no es que le falte un líder. Es que le sobra pasado y le falta futuro.

Y mucho me temo que, después de tanto hablar de asaltar los cielos, sus dirigentes hayan terminado luchando desesperadamente por no desaparecer del mapa.

Querían conquistar el cielo. Después conquistaron algunos ministerios. Ahora se conforman con intentar conservar unos cuantos escaños.

De la revolución a la supervivencia.

De la casta a los cargos.

De Podemos a Sumar.

Y de Sumar al Amplio Frente Menguante.

Todo un viaje político.

Y para semejante viaje, francamente, no hacían falta tantas alforjas.


Noticias relacionadas

La PSOE y su Hemeroteca

Hace noventa años no subcontrataban el miedo

Majestad, empuñe su espada

La guerra híbrida que tenemos delante de nuestras narices

Patrañas y Sinvergüenzas Orientados a Engañarnos

Anticolonialistas de puente.

Nosotros

  • Quienes Somos
  • Autores
  • Donar
  • RSS

Privacidad

  • Política de Privacidad
  • Política de cookies
  • Aviso legal

Contacto

  • administracion@edatv.com
PUBLICIDAD
EDATV News logo
TwitterInstagramYouTubeTikTok