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El español que miró dentro del cerebro humano

El español que miró dentro del cerebro humano
por EDATV
19 de octubre de 2026 a las 07:15
opinion

La opinión de Javier García Isac

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El 17 de octubre de 1934 moría en Madrid Santiago Ramón y Cajal.

Tenía 82 años.

España perdía aquel día a uno de los hombres más importantes de su historia contemporánea y la humanidad a uno de los científicos que cambiaron para siempre nuestro conocimiento del cerebro.

Hay españoles de los que uno puede hablar con admiración. De Cajal, además, se puede hablar con orgullo.

Orgullo de ser español.

Lo escribo deliberadamente porque vivimos tiempos extraños en los que parece necesario pedir disculpas antes de pronunciar esa frase.

Yo no las voy a pedir.

Me siento orgulloso de pertenecer al mismo país que dio al mundo a Cervantes, Velázquez, Goya, Quevedo, Lope de Vega, Blas de Lezo, Isaac Peral y Santiago Ramón y Cajal.

Y quizá deberíamos repetir sus nombres con más frecuencia.

Sobre todo a nuestros jóvenes.

Porque una nación que deja de hablar de sus grandes hombres termina educando generaciones enteras convencidas de que procede de un país mediocre.

Y España nunca lo fue.

Cajal nació en Petilla de Aragón, Navarra, en 1852. Hijo de un médico, fue un muchacho inquieto, rebelde, con pasión por el dibujo y con una curiosidad que acabaría convirtiéndose en la herramienta fundamental de su vida.

Estudió Medicina en Zaragoza.

Sirvió como médico militar y fue destinado a Cuba durante la Guerra de los Diez Años. Regresó enfermo a España y comenzó después una extraordinaria carrera docente e investigadora.

Pero lo verdaderamente fascinante de Cajal no es únicamente hasta dónde llegó.

Es desde dónde llegó.

No trabajó en la España opulenta de los grandes laboratorios norteamericanos del siglo XX.

No tuvo detrás gigantescas multinacionales farmacéuticas.

No nació rodeado de tecnología.

Trabajó durante buena parte de su trayectoria con medios modestos, utilizando microscopios, preparaciones histológicas, paciencia, inteligencia y una extraordinaria capacidad para dibujar aquello que observaba.

Y miró donde otros habían mirado sin saber ver.

Ésa es una de las diferencias entre el hombre corriente y el genio.

Los dos contemplan lo mismo.

Sólo uno descubre algo nuevo.

Cajal estudió el sistema nervioso y defendió que estaba formado por células individuales, las neuronas, que se comunicaban entre sí en lugar de constituir una red continua e indiferenciada.

Hoy nos parece elemental.

Precisamente porque hombres como él consiguieron demostrarlo.

Sus dibujos de neuronas siguen produciendo fascinación más de un siglo después. Tienen algo de ciencia y algo de obra de arte. Ramas, prolongaciones, estructuras diminutas que bajo su mirada parecían árboles de un bosque desconocido.

Cajal se internó en aquel bosque.

Y comenzó a dibujar el mapa.

El español que miró dentro del cerebro humano.

Me gusta definirlo así porque expresa perfectamente la grandeza de su aventura.

España había enviado navegantes a cruzar océanos.

Habíamos recorrido continentes.

Habíamos cartografiado territorios.

Habíamos contemplado horizontes que parecían imposibles.

Cajal emprendió otra expedición.

No necesitó carabelas.

Necesitó un microscopio.

El territorio que conquistó para el conocimiento humano estaba dentro de nosotros mismos.

En 1906 recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina junto al italiano Camillo Golgi por sus trabajos sobre la estructura del sistema nervioso.

Un español estaba en la cumbre de la ciencia mundial.

Y esto ocurrió en aquella España que demasiadas veces nos han descrito exclusivamente como atrasada, oscura, ignorante y condenada al fracaso.

Cajal demuestra hasta qué punto la historia de España es bastante más compleja que la caricatura.

Por eso siento cierta nostalgia cuando pienso en él.

No nostalgia de la pobreza ni de las dificultades de aquella época.

Sería absurdo.

La España de hoy posee recursos científicos, tecnológicos y educativos que Cajal difícilmente habría podido imaginar.

Mi nostalgia es por otra cosa.

Por una sociedad que todavía comprendía determinadas palabras que ahora parecen pasadas de moda.

Esfuerzo.

Mérito.

Disciplina.

Sacrificio.

Estudio.

Cajal no necesitó que nadie rebajara el nivel para sentirse incluido.

Necesitó superar el nivel.

No reclamó que el mundo se adaptara a sus limitaciones.

Intentó superar las suyas.

No pidió un diploma por participar.

Quiso aprender.

Investigar.

Descubrir.

Ser mejor.

Y ahí encontramos una lección extraordinariamente actual.

Porque llevamos años escuchando que exigir traumatiza, que memorizar es antiguo, que suspender estigmatiza, que competir resulta sospechoso y que prácticamente cualquier desigualdad de resultados debe atribuirse al sistema.

Hemos confundido igualdad de oportunidades con igualdad obligatoria de resultados.

Y eso termina perjudicando precisamente a quienes menos tienen.

El hijo de una familia humilde necesita una escuela exigente.

Necesita profesores respetados.

Necesita adquirir conocimientos.

Necesita saber que el ascensor social no funciona mediante consignas, sino mediante formación, trabajo y esfuerzo.

Cajal lo comprendió perfectamente.

Su célebre defensa de la voluntad y del trabajo resulta hoy casi subversiva.

No porque todos podamos convertirnos en premios Nobel.

Naturalmente que no.

Sino porque todos podemos intentar ser mejores de lo que éramos ayer.

Ésa es la verdadera cultura del mérito.

Y España necesita recuperarla.

Necesitamos volver a decirle al estudiante brillante que estamos orgullosos de él.

Al investigador que merece la pena continuar.

Al médico que su esfuerzo importa.

Al profesor que enseñar es una de las tareas más nobles que existen.

Al joven que estudiar no es hacerle el juego a ningún sistema opresor, sino adquirir la herramienta más poderosa para conquistar su propia libertad.

Quizá deberíamos gastar menos dinero explicando a nuestros jóvenes de qué tienen que avergonzarse y algo más enseñándoles de qué pueden sentirse orgullosos.

Y Cajal debería ocupar un lugar privilegiado.

Porque también existe una forma de leyenda negra interior.

La que nos ha convencido de que España apenas aportó nada a la ciencia.

Como si hubiéramos sido durante siglos un accidente geográfico poblado por inquisidores, curas y militares esperando pacientemente a que Europa inventara la modernidad.

Nuestra historia científica tuvo carencias evidentes y retrasos que ningún patriotismo serio debe ocultar.

Pero también tuvimos figuras extraordinarias.

Y ninguna tan universal como Cajal.

Lo maravilloso es que jamás necesitó dejar de sentirse español para ser universal.

Ésa es otra lección que hemos olvidado.

Durante demasiado tiempo nos han intentado convencer de que cuanto más cosmopolita es una persona, menos patria necesita; que amar lo propio constituye una forma rudimentaria de pensamiento y que el intelectual verdaderamente sofisticado debe contemplar su nación con una mezcla de distancia y desprecio.

Cajal demuestra justamente lo contrario.

Se puede pertenecer profundamente a una nación y entregar al mismo tiempo una obra a toda la humanidad.

No existe contradicción alguna.

Cervantes pertenece a España y al mundo.

Velázquez pertenece a España y al mundo.

Cajal pertenece a España y al mundo.

Lo universal no necesita destruir lo nacional.

Con frecuencia nace precisamente de ello.

Cuando murió aquel 17 de octubre de 1934, España se encontraba entrando en uno de los periodos más convulsos de su historia. Apenas unos días antes había estallado la insurrección de octubre, con especial violencia en Asturias y con la proclamación de Companys en Cataluña.

Mientras unos españoles se mataban por ideologías, moría un español que había dedicado su vida a conocer aquello que todos tenemos dentro de la cabeza.

La paradoja resulta estremecedora.

Quizá por eso recordar a Cajal hoy tenga todavía más sentido.

Frente al sectarismo, conocimiento.

Frente a la consigna, estudio.

Frente a la mediocridad, excelencia.

Frente al victimismo, voluntad.

Frente al enfrentamiento entre españoles, una figura que podemos admirar independientemente de nuestra ideología.

Y frente a quienes parecen disfrutar describiendo nuestra historia como una sucesión interminable de fracasos, un nombre:

Santiago Ramón y Cajal.

Me habría gustado conocer aquella España.

No para vivir sus carencias.

No para renunciar a nuestros avances.

Sino para recuperar algo de la confianza de quienes todavía pensaban que una persona podía encerrarse durante horas delante de un microscopio y, mediante inteligencia, paciencia y voluntad, descubrir algo que nadie había visto antes.

Hay una imagen de Cajal que siempre me emociona.

El científico inclinado sobre el microscopio.

Solo.

Observando.

Dibujando.

Pensando.

Sin ruido.

Sin focos.

Sin redes sociales.

Sin necesidad de explicar cada cinco minutos al mundo lo extraordinario que era.

Simplemente trabajando.

Quizá ahí resida la nostalgia.

Hemos construido una sociedad en la que demasiadas personas quieren ser famosas antes de haber hecho nada y Cajal perteneció a una generación en la que algunos hicieron cosas extraordinarias sin comenzar preguntándose cuántos seguidores conseguirían.

El 17 de octubre merece la pena detenerse un momento.

Apagar el ruido.

Olvidar durante unos minutos nuestra miserable pelea política cotidiana.

Y recordar a aquel español menudo, testarudo, curioso y extraordinariamente trabajador que se asomó a un microscopio y terminó cambiando nuestra manera de entender el cerebro humano.

No conquistó territorios.

Conquistó conocimiento.

No levantó ejércitos.

Formó discípulos.

No dejó tras de sí una ideología.

Dejó ciencia.

Y ésa quizá sea una de las formas más hermosas de servir a una nación.

Por eso, 92 años después de su muerte, yo quiero recordarlo sin complejos y con una palabra que algunos parecen empeñados en convertir en pecado.

Orgullo.

Orgullo por Cajal.

Orgullo por nuestros científicos.

Orgullo por nuestros grandes hombres.

Y sí:

orgullo de ser español.


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