España comienza su particular Cuaresma laica. Ya huele al azufre de la demagogia y el aroma a incienso morado que desprende la Inquisición moderna que ha sustituido el cilicio por la pancarta y la hoguera por la cancelación civil. Marzo no es un mes; es una psicosis colectiva subvencionada, un despliegue de ingeniería social tan bastardo como lucrativo que busca, como fin último, la castración moral de la mitad de la población española. Bienvenidos al festival del odio al hombre, un ejercicio de onanismo ideológico donde el pene es el diablo y el varón blanco heterosexual el chivo expiatorio de todas las frustraciones de una manada de mediocres que han hecho del victimismo su modo de vida.
Para entender marzo, hay que seguir el rastro del dinero. Aquí no hay convicción, hay nómina. El III Plan Estratégico de Igualdad sigue siendo el gran agujero negro de nuestra economía, un pozo sin fondo de 20.319 millones de euros que se diluyen en observatorios de lo obvio, talleres de autoplacer feminista y chocho charlas. Mientras las familias hacen equilibrismos para llenar la cesta de la compra, el Ministerio de Igualdad y sus terminales en las Comunidades Autónomas riegan con gasolina financiera un incendio que ellas mismas provocan.
Este año, la bicefalia en Madrid hará el mismo ridículo del año pasado. Por un lado, la Comisión 8M, el artefacto transfeminista que bajo el lema "Somos más" pretende convencernos de que una banqueta morada tiene más derechos que un padre de familia. Por el otro, el Movimiento Feminista de Madrid, las clásicas, que se pelean por el monopolio de la vulva mientras exigen la abolición de todo lo que no sea su propia visión del mundo. Es una guerra de bandas callejeras por el control del presupuesto, un espectáculo dantesco donde se tiran los trastos a la cabeza mientras el ciudadano medio asiste estupefacto a la demolición de la lógica biológica.
Y hay algo que clama al cielo, el asalto a las aulas. He tenido acceso a las circulares que centros como el IES Miguel Delibes, en Torrejón de la Calzada, han enviado a las familias. Es para echarse a reír, a temblar o a vomitar. Solicitan testimonios de madres, tías y abuelas para que vayan a los colegios a contar "lo duro que ha sido salir adelante siendo mujer".
¿Qué clase de perversión intelectual es esta? Estamos ante la inoculación de un veneno sistémico en mentes que aún no han mudado los dientes. Quieren que niños de doce años pidan perdón por haber nacido con gónadas masculinas. Quieren que las niñas se sientan víctimas de una opresión imaginaria en un país que cuenta con 526 leyes que discriminan positivamente a la mujer. Es el triunfo de la mentira: vender martirologio en la nación más segura y garantista del mundo para las mujeres. Esas sucias manos moradas están moldeando una generación de hombres acomplejados y mujeres resentidas, rompiendo el pacto de convivencia natural para sustituirlo por una guerra de guerrillas doméstica.
Lo más asqueante de este marzo morado es su capacidad para la disonancia cognitiva. Estas mismas furias que exigen la castración química del hombre blanco heterosexual, guardan silencio, ante la barbarie que viene de fuera. Para el feminismo, el velo opresor es diversidad cultural. Las violaciones en manada cometidas por individuos de culturas que desprecian profundamente a la mujer son problemas estructurales de exclusión. ¡Hipócritas asquerosas!
Prefieren una mujer sumisa bajo un burka que un hombre que se atreve a decir que la ley de violencia de género es una aberración jurídica que quiebra la igualdad ante la ley. Para ellas, el enemigo es el padre que educa, el marido que protege y el hijo que estudia. El hombre blanco hetero es el saco de boxeo de una ideología que abraza al Therian ese pobre idiota que se autopercibe animal, pero criminaliza al caballero que cede el paso y les abre la puerta.







