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La compasión selectiva de Gabriel Rufian

La compasión selectiva de Gabriel Rufian
por EDATV
7 de noviembre de 2026 a las 10:48
opinion

Gabriel de Bérard Talavera

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Inútil, mentiroso, incapaz, miserable, homicida, psicópata y ojalá pague con cárcel lo que ha hecho. ¿A quién destinarían estas palabras? ¿En quién han pensado ustedes al leerlas? Y si la pregunta siguiente se hiciera mirando al interlocutor con rabia y desesperación: «¿De qué se ríe?», ¿en quién pensarían? ¿A quién le harían semejante pregunta en estos momentos tan dolorosos para el conjunto de España y, especialmente, para las 69 familias que viven hoy una tragedia insoportable?

Pues no… Estas palabras no eran para él. Alguien decidió que para él se adaptaban mejor estas otras: «Usted es un buen político» y «usted da la cara»; y, en un susurro, casi como un beso enamorado: «Ha sido un buen ministro» en una especia de abrazo de judas que también va de siete monedas (recuerdan los siete votos?).

Este es Rufián. Enfrente, Mazón; y después, Puente. Aquello fue lo que le dijo al primero (no sé si todo, pero al menos una parte sustancial, bien merecida); esto, lo que le dijo a Puente, con las lágrimas todavía rodando por las mejillas de los familiares de las víctimas de Urda, en presencia de muchos corazones incapaces de asimilar lo que leha ocurrido a sus seres queridos.

Gabriel Rufián, escribo estas líneas con la certeza de que no las vas a leer, porque solo quieres escuchar a una parte de España y nunca te ha interesado escuchar a la otra, aunque en ocasiones sea mayoritaria. Y, en este caso, porque este medio es insignificante para ti (aunque, curiosamente, te aterra el daño que pueden hacer sus micrófonos y, siendo «minúsculo», resulta interesante el esfuerzo y la energía que le consagras para combatirlo, por ejemplo, para expulsar a sus reporteros de la sede de la soberanía popular).

Pero a mí sí me importa lo que dices tú y el resto de los diputados. Y asisto con rabia a este teatro que representas porque, de alguna manera, en algún momento creí que empatizabas con las personas comunes y corrientes, con eso de lo que tanto os gusta apropiaros: «el pueblo».

En algún momento pensé que aquella rabia que fingías —ahora se confirma que así era, aunque entonces te creyera— cuando te dirigías a Mazón, aquella aflicción impostada por los fallecidos, aquella angustia vicaria por las familias, aquella empatía con el desconsuelo de tantas almas afligidas, eran sentimientos honestos, sinceros y espontáneos. Y hoy descubrimos que era puro teatro.

No es solo una doble vara de medir, que casi me importa menos que el desprecio absoluto que, en el fondo, te merecen las víctimas y sus familiares.

Tu indignación ante el sufrimiento de las víctimas nunca fue una convicción moral una punzada en medio de tu alma sino un recurso político que administras en función de quién tengas delante.

Has dejado claro y meridiano que solo te importa el proyecto y no las personas. Te has dedicado a intentar demostrar lo contrario y has acusado a la derecha de tener como única solución a los problemas «España», mientras te dedicas a intentar probar que, en cambio, la izquierda piensa en las personas.

El espectáculo del otro día frente a Óscar Puente demuestra, a mi juicio, que solo las víctimas afectadas por una mala gestión, por una política pública inexistente o perversa, merecen tu compasión si los errores, las perversiones o la incompetencia vienen de la derecha. El martes consideraste mejor acercarte a susurrarle al oído al responsable último del ministerio gestor lo buen ministro que había sido, antes que representar, como hiciste con la DANA, la angustia, la rabia y la desesperación de las víctimas.

Aquellas y estas son solo una herramienta más para un proyecto político vacío, que empieza y se agota en sí mismo, sin que exista ninguna conexión con las personas y la gestión de lo común.

Tu postura veleidosa, adaptada a intereses sectarios y partidistas, siempre a favor de la división y la polarización, es obscena. Y es especialmente peligrosa porque eres un excelente actor. A mí me engañaste. Yo me creí que, con aquella DANA, solo te importaban las víctimas creí sentir tu rabia tu dolor y tu angustia.

Pero hoy descubrimos a un Rufián estable, tranquilo, sosegado, sereno, ante la tragedia, sin ninguna rabia contenida, pidiendo con cariño la dimisión del ministro, pero sin aspavientos, sin rabia, sin dolor por las víctimas, sin culpables, sin silencios incómodos acompañados de miradas llenas de furia e indignación, sin preguntar de qué se reía el ministro con Marc Giró, sin caras de asesino contenidas por el cargo y el marco, sin intentar llevar a la sede de la soberanía popular la rabia de las víctimas y la lógica y justificada búsqueda de responsables…

«Dimita usted», le dijo con un gesto condescendiente, liviano y sin dramatismo. Pero hágalo porque, hombre, alguien tiene que hacerlo y, en el fondo, porque las encuestas fascistas lo exigen. Pero, bueno: ¡que es usted un gran político y ha sido un buen ministro! ¿Y las víctimas? Ni rastro. ¿Y el dolor? Ni rastro. ¿Y el duelo? Nada.

La bochornosa intervención de este Rufián no tuvo para las víctimas más que estos escasísimos segundos en los que mencionó, casi molesto, de forma mecánica, obligada y desganada, la siguiente locución:

«Nos añadimos, como no puede ser de otra manera, a las condolencias… Eh… Buenas tardes…».

Con ese «eh» que está pidiendo decir algo más, ser más cercano, más empático, más sensible; que está exigiendo más cercanía, pero Rufián se niega porque tiene un mensaje mejor, un mensaje que quiere que sea lo primero, lo importante, lo destacado. Y lo dice en contra de toda sensibilidad:

«Quiero empezar diciendo algo y me da igual lo que se diga luego», dice Rufián.

Y ese algo, eso primero que quiere decir, es que Óscar Puente es un buen político. Esto es lo primero, lo más importante, lo fundamental en este trágico y fatal episodio de la historia de España para este diputado sectario y, ahora ya lo sabemos, sin corazón ni compasión.

Pero el colofón de todo lo encontramos cuando, con la periodista del cincuenta por ciento, Rufián explica por qué Óscar Puente es un buen ministro: resulta que Rufián le llamó por un tema personal y el ministro respondió. Rufián utilizó sus contactos e influencias para que el ministro interviniera en la búsqueda del hijo de un amigo. El ministro utilizó su cargo y sus medios para ayudar a un amigo de un diputado contacto con los jefes de las estaciones y extendió la voz de alarma. Supongo que los impuestos de Rufián le permiten hacer uso del ministro; supongo que yo no tengo esa opción, ni usted ni nadie. Supongo que ese privilegio es muy de izquierdas. Y supongo también que ese favor personal le convierte en un buen ministro.

Supongo que los siete votos que le habían dado la investidura a su jefe algo tenían que ver. Y supongo que esto es lo que la izquierda entiende por aquello de que todos somos iguales, con los mismos derechos y las mismas obligaciones.

¿Es ese el criterio para valorar a un ministro? ¿Que responda cuando un diputado con influencia política le llama para resolver un problema que afecta a alguien de su entorno? ¿Habría recibido esa misma atención una persona sin contactos, sin acceso al poder, sin posibilidad de levantar el teléfono y hablar directamente con el ministro?

No estoy cuestionando que un ministro atienda una petición de ayuda ni que intente resolver una situación urgente. Faltaría más. Lo que merece una explicación es que esa intervención personal se convierta en un argumento para acreditar su calidad como ministro. Porque la obligación de un responsable público es atender a los ciudadanos, no conceder favores a quienes tienen acceso directo a él.

A todas las víctimas, descansen en Paz y a sus familiares y amigos toda la fuerza y la fe para superar este terrible drama.


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