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Clara Campoamor: la verdad histórica frente al relato de la izquierda

Clara Campoamor: la verdad histórica frente al relato de la izquierda
porJavier Garcia Isac
opinion

La mujer de la que huyó el Frente Popular y que hoy la izquierda pretende convertir en símbolo propio

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Durante décadas, la izquierda española ha intentado apropiarse de figuras históricas que, analizadas con rigor y sin propaganda, jamás encajarían en el sectarismo ideológico actual. Una de ellas es Clara Campoamor. Convertida por el progresismo en un icono prefabricado del feminismo de izquierdas, la realidad histórica demuestra justamente lo contrario: Clara Campoamor fue despreciada, combatida y finalmente empujada al exilio por aquellos mismos sectores políticos que hoy pretenden reivindicarla.

La aparición y publicación de una carta inédita por parte de La Gaceta, en la que Clara Campoamor expresaba su deseo de que triunfaran las tropas de Franco “para evitar el derrumbamiento de España”, no hace sino confirmar lo que muchos historiadores y algunos llevamos años sosteniendo: Campoamor no huyó de las tropas nacionales. Huyó del Frente Popular. Huyó del terror revolucionario. Huyó del clima de persecución, odio y violencia que la izquierda había desatado en Madrid y en buena parte de España.

Y eso cambia por completo el relato oficial.

Porque la izquierda ha construido durante décadas una mentira histórica según la cual Clara Campoamor habría sido una especie de mártir del franquismo, una víctima expulsada por los nacionales. Pero los hechos son tozudos. Clara Campoamor salió de Madrid en 1936 porque temía ser asesinada por el propio Frente Popular. Temía a las checas, a las sacas, a la violencia revolucionaria, al fanatismo sectario que ya se había apoderado de las calles. Temía, sencillamente, por su vida.

La misma izquierda que hoy le dedica estaciones, bustos y homenajes es la izquierda de la que ella tuvo que escapar.

La gran mentira del voto femenino

Otro de los grandes engaños históricos del progresismo tiene que ver con el sufragio femenino. La izquierda lleva décadas intentando convencer a los españoles de que el voto de la mujer fue una conquista exclusivamente suya. Y eso es radicalmente falso.

La realidad histórica demuestra que buena parte de la izquierda española, especialmente el PSOE y sectores republicanos, se opusieron frontalmente al voto femenino. No por convicciones democráticas, sino por puro cálculo electoral.

Consideraban que la mujer española de los años treinta estaba demasiado influenciada por la Iglesia, por el confesor o por el marido. Temían que votara masivamente a opciones conservadoras. Y tenían razón en una cosa: las elecciones de 1933 demostraron que el voto femenino contribuyó decisivamente a la victoria de la derecha.

Por eso figuras de la izquierda como Victoria Kent pidieron aplazar el sufragio femenino. Porque para ellos la democracia solo era válida cuando ganaban ellos.

Clara Campoamor tuvo que enfrentarse no solo a la derecha republicana, sino especialmente a la izquierda que no quería conceder a la mujer el derecho al voto. Y aquí conviene recordar algo que el relato oficial silencia deliberadamente: quienes apoyaron mayoritariamente el sufragio femenino fueron muchos diputados de la derecha.

Sin esos votos, el sufragio femenino no habría salido adelante.

La izquierda nunca se lo perdonó.

José Calvo Sotelo y los primeros pasos del voto femenino

Y todavía hay una verdad histórica más incómoda para el progresismo: el primer gran paso jurídico hacia el voto femenino en España no lo dio la izquierda republicana, sino José Calvo Sotelo durante la dictadura de Primo de Rivera.

Fue el Estatuto Municipal de 1924, impulsado por Calvo Sotelo como Director General de Administración Local, el que permitió por primera vez determinadas formas de sufragio femenino, aunque con limitaciones. Aquella norma permitió votar a mujeres cabeza de familia y abrió jurídicamente un camino que luego desembocaría en el sufragio universal.

Es decir, las bases legales para el voto femenino comenzaron a construirse antes de la Segunda República y no precisamente gracias al socialismo.

Pero claro, esto desmonta décadas de propaganda.

Desmonta la caricatura de una derecha supuestamente cavernaria frente a una izquierda moderna y liberadora. La realidad histórica es muchísimo más compleja y, sobre todo, muchísimo más incómoda para quienes han convertido la memoria histórica en un instrumento de manipulación política.

Clara Campoamor huyó del terror rojo

La nueva carta publicada confirma algo esencial: Clara Campoamor comprendió perfectamente el proceso de descomposición que vivía España bajo el Frente Popular.

No era una mujer franquista ni militante de la España nacional. Pero sí entendió que el Frente Popular había llevado al país al caos, a la violencia y al derrumbe institucional.

Madrid se había convertido en una ciudad dominada por el miedo. Iglesias quemadas. Sacerdotes asesinados. Militantes políticos perseguidos. Paseos nocturnos. Checas. Odio revolucionario. Y en medio de ese clima, Clara Campoamor sabía perfectamente que su vida corría peligro.

Por eso abandonó España.

Y posteriormente decidió establecerse en Suiza. No porque las tropas nacionales la persiguieran, sino porque regresar a una España devastada por la guerra no era sencillo para nadie. La izquierda ha querido convertir esa permanencia en el extranjero en una especie de prueba antifranquista. Pero la realidad es mucho más simple: Campoamor huyó primero del Frente Popular y después optó por reconstruir su vida fuera de un país destruido.

La diferencia es enorme.

El secuestro político de Clara Campoamor

Hace unos años, la estación de Chamartín pasó a llamarse “Clara Campoamor”. Y allí acudieron ministras y dirigentes socialistas a rendir homenaje a quien presentaban como un icono del feminismo progresista.

Resultaba casi grotesco.

Porque muchas de esas herederas ideológicas pertenecen precisamente al mismo espacio político que despreció, atacó y aisló a Clara Campoamor en los años treinta. Son las herederas políticas de quienes no querían que la mujer votara. De quienes la apartaron políticamente. De quienes contribuyeron a generar el clima revolucionario del que tuvo que escapar.

La izquierda siempre hace lo mismo: se apropia de figuras históricas para vaciarlas de contenido y convertirlas en instrumentos propagandísticos.

Lo hicieron con Antonio Machado, con García Lorca. Lo intentan con Pérez Galdós. Lo hacen incluso con figuras liberales o moderadas que jamás aceptarían el fanatismo ideológico actual.

Y también lo han hecho con Clara Campoamor.

Pero la historia, tarde o temprano, acaba abriéndose paso.

La memoria histórica contra la verdad

El problema de la llamada memoria democrática es precisamente este: no busca la verdad. Busca construir un relato político útil para la izquierda.

Por eso se ocultan hechos incómodos. Por eso se silencian cartas como la ahora publicada. Por eso se manipula el papel de la izquierda en el sufragio femenino. Por eso se elimina deliberadamente cualquier referencia al papel de José Calvo Sotelo o al apoyo decisivo de sectores conservadores al voto femenino.

La historia se ha convertido en un campo de batalla ideológico.

Y quienes durante años han hablado de memoria histórica en realidad han practicado amnesia selectiva.

Clara Campoamor merece ser reivindicada. Pero reivindicada desde la verdad. No desde la manipulación. No desde el sectarismo. No desde el uso propagandístico de su figura.

Fue una mujer valiente. Una mujer adelantada a su tiempo. Una mujer que defendió el sufragio femenino frente a buena parte de la izquierda. Y fue también una mujer que terminó huyendo del terror revolucionario desatado por el Frente Popular.

Eso es lo que la nueva carta vuelve a poner sobre la mesa.

Y eso es precisamente lo que algunos jamás querrán reconocer.


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