El miércoles 10 de septiembre será recordado como otra fecha infausta en el calendario de la libertad. La imagen de Charlie Kirk en un campus universitario de Utah, golpeado por un solo y certero disparo en el cuello que le arrebata la vida a borbotones, sintetiza todo el odio, la sinrazón y el mal que encarna el lado más oscuro de una parte importante de la sociedad.
Charlie Kirk, el joven activista conservador de 31 años, llevaba puesta una camiseta blanca con una simple leyenda sobre su pecho: Freedom, Libertad. Y ello no fue casual. Kirk llevó como bandera justamente ese valor que representa algo profundamente sagrado para el hombre de bien de cualquier lugar del mundo. El asesino, el cobarde francotirador que apuntó y disparó contra Kirk, lo hizo para acabar no solo con su vida, sino con esa libertad en él personificada.
Es evidente que la izquierda, el progresismo y el wokismo matan. Y los millones de personas de bien deben saberlo y tomar conciencia de ello. Charlie Kirk fue víctima de lo más ruin de una sociedad enferma de locura, maldad e hipocresía.
Charlie Kirk representó la sensatez y el sentido común, cultivando el diálogo y el respeto. Su arma fue la palabra, con la que difundió con educación ideas y principios conservadores, de familia, de comunidad y de patriotismo. Se esforzó denodadamente y con valentía por comunicar y empatizar con quienes le seguían, especialmente con quienes discrepaban de él, en increíbles encuentros cara a cara, desarmando los argumentos más absurdos y sin sentido, las falacias y las mentiras del pensamiento único progresista, con la verdad.







