Un nuevo aniversario de la muerte del general Augusto Pinochet Ugarte vuelve a colocar su nombre en el centro del debate. Lo hace, como siempre, rodeado de falsificaciones históricas, de propaganda ideológica y de una sistemática campaña de demonización impulsada por la izquierda internacional. Pero también lo hace —cada vez con más fuerza— desde la memoria de millones de chilenos que saben que, sin él, Chile no existiría hoy como nación libre, próspera y democrática.
Porque a Pinochet no hay que juzgarlo desde los cómodos sillones de la corrección política actual, sino desde el abismo real al que Salvador Allende había conducido al país entre 1970 y 1973. Tres años de caos, desabastecimiento, inflación descontrolada, violencia callejera, expropiaciones arbitrarias, aparato estatal ocupado por el marxismo y un proyecto claro: convertir Chile en una nueva Cuba bajo tutela soviética.
Allende no cayó por un golpe “contra una democracia”, como repiten los manuales ideológicos. Allende había destruido la democracia desde dentro, pisoteando la legalidad, despreciando al Parlamento y armando a milicias afines. Su desenlace final es un hecho histórico probado: se suicidó en La Moneda con un arma que le había regalado Fidel Castro. No fue asesinado. Fue el desenlace de un proyecto fracasado que había llevado al país al borde de la guerra civil.
El 11 de septiembre de 1973: cuando el Ejército evitó una dictadura totalitaria
El 11 de septiembre no fue un capricho militar. Fue la respuesta desesperada de un país hundido, con las calles rotas, con la economía colapsada, con la violencia desatada. El Ejército chileno, con Pinochet al frente, evitó que se implantara una dictadura comunista irreversible.
Y esta es la verdad que la izquierda jamás perdonará:
Pinochet detuvo el comunismo en América del Sur cuando nadie más se atrevía.
Aquello no fue un golpe para imponer una tiranía ideológica, como sí hizo Castro en Cuba, sino una intervención excepcional para impedir la destrucción definitiva del país. Con errores, sí. Con dureza, también. Pero con un objetivo claro: salvar a Chile del totalitarismo marxista.
La reconstrucción: orden, crecimiento y prosperidad
A partir de 1973 comienza algo que la izquierda también intenta borrar:
la reconstrucción económica más exitosa de Hispanoamérica en el siglo XX.
Chile pasó:
Del hambre al crecimiento.
De la inflación desbordada a la estabilidad.
Del aislamiento a la inversión.
De la miseria al despegue económico.
Se construyó una economía abierta, fuerte, competitiva. Se sentaron las bases del Chile moderno. Y aquí viene la gran incómoda verdad:
Todo lo que hoy fue prosperidad en Chile nació con las reformas impulsadas bajo el gobierno de Pinochet.
Durante décadas, Chile fue el país más estable de la región, el que más crecía, el que más clase media generó. Y eso jamás se logró bajo el socialismo.
El hecho que la izquierda no soporta: Pinochet devolvió el poder
Y ahora llega el detalle que desmonta el relato completo:
Pinochet entregó el poder.
Convocó un proceso.
Respetó el resultado.
Abandonó la jefatura del Estado.
Permitió la transición.







