Ha fallecido el teniente coronel Antonio Tejero Molina, y con él se va uno de los últimos símbolos de una España que ya casi no existe. Una España de hombres rectos, de principios firmes, de fe en su patria y en su deber. Una España donde la palabra honor todavía significaba algo. Hoy, en esta nación moralmente descompuesta, donde la mentira se premia y la traición se institucionaliza, recordar a Tejero es recordar un tiempo en que todavía había españoles dispuestos a asumir las consecuencias de sus actos.
Tejero no fue un golpista en el sentido vulgar que la historia oficial quiere imponer. Fue, ante todo, un soldado, un hombre de disciplina, formado en los valores del sacrificio y de la lealtad. El 23 de febrero de 1981, cuando irrumpió en el Congreso de los Diputados, creyó estar sirviendo a España, creyó estar respondiendo al caos moral y político en que se estaba hundiendo una nación recién salida de una Transición amañada y tutelada por los mismos que hoy la destruyen.
Lo más cómodo para él hubiera sido aceptar lo que le ofrecieron después: millones de pesetas y una salida discreta al extranjero, una jubilación dorada lejos del ruido y de la infamia. Pero Antonio Tejero no era de esos hombres que cambian su conciencia por dinero. Rechazó el exilio, dio la cara, y asumió toda la responsabilidad, incluso pidiendo que no se juzgara a sus subordinados, porque —como todo militar de honor— entendía que la obediencia se exige, pero también se protege.
En un tiempo en que la palabra "lealtad" es un adorno vacío, Tejero fue leal hasta el final. Leal a su juramento, leal a sus hombres, leal a su patria y leal a su fe. Pudo traicionar, pudo callar, pudo venderse, pero eligió el camino más duro: el de pagar por todos.
Y lo pagó caro. Cumplió quince años de prisión por parar el golpe de Zarzuela, con la complicidad del PSOE y de Felipe González, lo cumplió sin concesiones, sin pedir favores, sin escribir memorias para justificarse ni vender exclusivas a la prensa del régimen. Lo hizo en silencio, con dignidad, con la cabeza alta. Fue el único que cumplió condena real, mientras los verdaderos responsables, los que jugaron con fuego desde los despachos de Zarzuela y de la política, se fueron de rositas. Porque sí, con los años se ha sabido: el golpe del 23-F se fraguó en las alturas, no en el cuartel de la Guardia Civil.
Fue Tejero, paradójicamente, quien detuvo el golpe cuando vio lo que realmente se cocinaba: una operación para sustituir un Gobierno por otro presidido por el general Armada, en el que figuraban ministros comunistas como Ramón Tamames, y donde el vicepresidente iba a ser Felipe González. Una maniobra palaciega que pretendía escenificar un golpe controlado para consolidar el poder del Rey y del PSOE. Y Tejero, que no era político sino soldado, se negó a participar en aquella farsa. No aceptó que en nombre de España se perpetrara una traición.







