El 5 de julio de 1808, Napoleón Bonaparte entregaba oficialmente la Corona de España a su hermano José Bonaparte, que reinaría como José I hasta junio de 1813. La propaganda francesa intentó presentarlo como un monarca ilustrado y modernizador. El pueblo español, sin embargo, le reservó otro nombre para la historia: «Pepe Botella».
Más allá de la anécdota, aquella fecha simboliza uno de los momentos más dramáticos de nuestra historia. No fue solamente la imposición de un rey extranjero. Fue la demostración de cómo unas élites políticas y cortesanas habían sido incapaces de defender la soberanía nacional y habían entregado el destino de España a una potencia invasora.
Conviene recordarlo porque, dos siglos después, seguimos escuchando demasiadas veces que la Historia la hacen los gobernantes, los ministros, los reyes o las élites. No es cierto. En los momentos decisivos, quienes han salvado España han sido los españoles corrientes.
La crisis venía de lejos. La decadencia de la Monarquía borbónica había alcanzado niveles insoportables. Carlos IV había demostrado una absoluta incapacidad para gobernar. Fernando VII, lejos de convertirse en la esperanza nacional, protagonizó junto a su padre una vergonzosa lucha por el poder. Ambos acudieron a Bayona para ponerse en manos de Napoleón. Ambos renunciaron a la Corona. Ambos aceptaron que el emperador decidiera el futuro de España.
Mientras los reyes discutían sus privilegios y sus derechos dinásticos, España era entregada al invasor.
Aquello constituye uno de los episodios más vergonzosos de nuestra historia política. Las élites españolas, desde buena parte de la nobleza hasta numerosos funcionarios e intelectuales, optaron por acomodarse al nuevo régimen. Los llamados afrancesados consideraban que el pueblo español debía aceptar resignadamente la ocupación francesa y la nueva dinastía impuesta desde París.
Pero ocurrió algo que Napoleón jamás llegó a comprender.
España no era únicamente una Corona, ni una dinastía, ni una corte. España era una nación viva.
El levantamiento del 2 de mayo de 1808 había demostrado que el pueblo español estaba dispuesto a luchar cuando sus dirigentes habían claudicado. Los héroes de aquella guerra no fueron los reyes. No fueron los ministros. No fueron los cortesanos. Fueron campesinos, artesanos, sacerdotes, mujeres, militares, guerrilleros y ciudadanos anónimos que decidieron enfrentarse al ejército más poderoso de Europa.
Cuando las élites se rindieron, el pueblo resistió.
Cuando los poderosos negociaban, el pueblo combatía.
Cuando los dirigentes aceptaban la humillación, el pueblo defendía la independencia nacional.
Por eso la Guerra de la Independencia constituye una de las gestas más extraordinarias de nuestra Historia. Porque fue una guerra nacional, popular y patriótica. Fue la respuesta de una nación que se negó a desaparecer.
Napoleón había derrotado a media Europa. Había sometido reinos e imperios. Sin embargo, encontró en España una resistencia inesperada. Las guerrillas, los levantamientos populares y la determinación de millones de españoles acabaron convirtiendo nuestro territorio en una auténtica pesadilla para el Imperio francés.







