El 3 de julio de 1898 no se hundieron únicamente unos barcos frente a las costas de Santiago de Cuba. Aquel día se hundió, de manera simbólica y definitiva, una época entera de la historia de España. La escuadra del almirante Pascual Cervera fue destruida por la marina norteamericana en una batalla desigual, casi suicida, que certificó la pérdida de Cuba y abrió la puerta al final de los últimos grandes territorios españoles de ultramar.
Pero Santiago de Cuba no fue el origen del desastre. Fue su culminación.
España llegaba a 1898 exhausta, debilitada, dividida, mal gobernada y sometida desde hacía décadas a una decadencia política, militar y moral que venía de lejos. Aquel 3 de julio fue el resultado de un siglo XIX penoso, dramático, casi interminable, que había comenzado con la invasión francesa, continuado con las guerras civiles carlistas, agravado con pronunciamientos, revoluciones, inestabilidad institucional, pérdida de prestigio internacional y culminado con el hundimiento de los restos del Imperio.
La Guerra de la Independencia había sido heroica, sí, pero también abrió una fractura profunda. España derrotó a Napoleón, pero quedó devastada. A partir de entonces, el siglo XIX español fue una sucesión de heridas mal cerradas: liberales contra absolutistas, carlistas contra isabelinos, militares convertidos en árbitros de la política, gobiernos efímeros, constituciones que nacían para morir, revoluciones que prometían regeneración y sólo traían más desorden.
Las guerras carlistas terminaron de desgarrar la nación. España se desangró en conflictos internos mientras otras potencias modernizaban sus ejércitos, sus administraciones, sus industrias y sus marinas. Nosotros discutíamos sobre el trono, sobre la legitimidad, sobre el régimen, sobre la revolución permanente, mientras el mundo avanzaba y las potencias emergentes preparaban el reparto del poder global.
Y así llegamos al 98.
Estados Unidos no apareció de improviso. Venía construyendo desde hacía décadas su proyecto imperial. España, en cambio, vivía de recuerdos. Teníamos marinos valientes, soldados heroicos y oficiales capaces, pero una clase política incapaz de entender el tiempo histórico que le había tocado vivir. La Restauración había traído cierta estabilidad aparente, pero también un sistema agotado, dominado por el turnismo, el caciquismo y la ficción parlamentaria.
La escuadra de Cervera fue enviada a una misión imposible. Sus barcos eran inferiores, estaban peor preparados y carecían de las condiciones necesarias para enfrentarse con éxito a la poderosa flota norteamericana. El propio Cervera conocía la gravedad de la situación. Aquello no era una batalla en igualdad de condiciones: era un sacrificio anunciado.
Cuando aquella mañana del 3 de julio los buques españoles salieron de la bahía de Santiago intentando romper el bloqueo, el resultado estaba prácticamente escrito. Uno tras otro fueron cayendo el Infanta María Teresa, el Vizcaya, el Almirante Oquendo, el Cristóbal Colón y el resto de unidades. La escuadra española fue destruida. Los marinos combatieron con honor, pero España pagó en el mar los errores acumulados en los despachos durante décadas.
La derrota militar fue inmediata. La consecuencia histórica fue devastadora. Cuba, Puerto Rico y Filipinas se perdieron. España dejaba de ser una potencia imperial y quedaba obligada a mirarse al espejo. Aquel espejo devolvía una imagen durísima: una nación gloriosa en su pasado, pero vencida por su propia decadencia política.
El llamado Desastre del 98 fue mucho más que una derrota militar. Fue una sacudida espiritual. España comprendió que había perdido los últimos restos de su presencia imperial. La patria que había llevado su lengua, su fe, su derecho, sus universidades, sus ciudades y su civilización a medio mundo quedaba reducida a una nación empobrecida, frustrada y herida.







