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3 de julio de 1898: el día en que España certificó la pérdida de su Imperio

3 de julio de 1898: el día en que España certificó la pérdida de su Imperio
porJavier Garcia Isac
opinion

España llegaba a 1898 exhausta, debilitada, dividida, mal gobernada y sometida desde hacía décadas a una decadencia política, militar y moral que venía de lejos

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El 3 de julio de 1898 no se hundieron únicamente unos barcos frente a las costas de Santiago de Cuba. Aquel día se hundió, de manera simbólica y definitiva, una época entera de la historia de España. La escuadra del almirante Pascual Cervera fue destruida por la marina norteamericana en una batalla desigual, casi suicida, que certificó la pérdida de Cuba y abrió la puerta al final de los últimos grandes territorios españoles de ultramar.

Pero Santiago de Cuba no fue el origen del desastre. Fue su culminación.                 

España llegaba a 1898 exhausta, debilitada, dividida, mal gobernada y sometida desde hacía décadas a una decadencia política, militar y moral que venía de lejos. Aquel 3 de julio fue el resultado de un siglo XIX penoso, dramático, casi interminable, que había comenzado con la invasión francesa, continuado con las guerras civiles carlistas, agravado con pronunciamientos, revoluciones, inestabilidad institucional, pérdida de prestigio internacional y culminado con el hundimiento de los restos del Imperio.

La Guerra de la Independencia había sido heroica, sí, pero también abrió una fractura profunda. España derrotó a Napoleón, pero quedó devastada. A partir de entonces, el siglo XIX español fue una sucesión de heridas mal cerradas: liberales contra absolutistas, carlistas contra isabelinos, militares convertidos en árbitros de la política, gobiernos efímeros, constituciones que nacían para morir, revoluciones que prometían regeneración y sólo traían más desorden.

Las guerras carlistas terminaron de desgarrar la nación. España se desangró en conflictos internos mientras otras potencias modernizaban sus ejércitos, sus administraciones, sus industrias y sus marinas. Nosotros discutíamos sobre el trono, sobre la legitimidad, sobre el régimen, sobre la revolución permanente, mientras el mundo avanzaba y las potencias emergentes preparaban el reparto del poder global.

Y así llegamos al 98.

Estados Unidos no apareció de improviso. Venía construyendo desde hacía décadas su proyecto imperial. España, en cambio, vivía de recuerdos. Teníamos marinos valientes, soldados heroicos y oficiales capaces, pero una clase política incapaz de entender el tiempo histórico que le había tocado vivir. La Restauración había traído cierta estabilidad aparente, pero también un sistema agotado, dominado por el turnismo, el caciquismo y la ficción parlamentaria.

La escuadra de Cervera fue enviada a una misión imposible. Sus barcos eran inferiores, estaban peor preparados y carecían de las condiciones necesarias para enfrentarse con éxito a la poderosa flota norteamericana. El propio Cervera conocía la gravedad de la situación. Aquello no era una batalla en igualdad de condiciones: era un sacrificio anunciado.

Cuando aquella mañana del 3 de julio los buques españoles salieron de la bahía de Santiago intentando romper el bloqueo, el resultado estaba prácticamente escrito. Uno tras otro fueron cayendo el Infanta María Teresa, el Vizcaya, el Almirante Oquendo, el Cristóbal Colón y el resto de unidades. La escuadra española fue destruida. Los marinos combatieron con honor, pero España pagó en el mar los errores acumulados en los despachos durante décadas.

La derrota militar fue inmediata. La consecuencia histórica fue devastadora. Cuba, Puerto Rico y Filipinas se perdieron. España dejaba de ser una potencia imperial y quedaba obligada a mirarse al espejo. Aquel espejo devolvía una imagen durísima: una nación gloriosa en su pasado, pero vencida por su propia decadencia política.

El llamado Desastre del 98 fue mucho más que una derrota militar. Fue una sacudida espiritual. España comprendió que había perdido los últimos restos de su presencia imperial. La patria que había llevado su lengua, su fe, su derecho, sus universidades, sus ciudades y su civilización a medio mundo quedaba reducida a una nación empobrecida, frustrada y herida.

Y, sin embargo, el drama no terminó en 1898. Porque aquel desastre no cerró la crisis española. La prolongó.

El siglo XX comenzó en España arrastrando todos los males del XIX: la división interna, el odio ideológico, la debilidad del Estado, la incapacidad de las élites, la demagogia revolucionaria y el desprecio por la unidad nacional. La monarquía de la Restauración se fue consumiendo, la dictadura de Primo de Rivera intentó poner orden sin resolver el problema de fondo, y la Segunda República terminó convirtiéndose en un régimen sectario, excluyente y profundamente desestabilizador.

La culminación de aquel ciclo terrible fue la Guerra Civil de 1936. Una guerra que no surgió de la nada, sino del clima de odio, violencia y ruptura revolucionaria que una parte de la izquierda, con el PSOE como actor fundamental, contribuyó decisivamente a alimentar. España volvió a partirse en dos. La nación que había perdido su Imperio en 1898 estuvo a punto de perderse a sí misma en 1936.

Por eso, si el 3 de julio de 1898 simboliza el hundimiento de la España imperial, el 1 de abril de 1939 representa el final de aquel siglo y medio de convulsiones, guerras, revoluciones, pronunciamientos, desgobierno y decadencia. Desde la invasión francesa hasta el final de la Guerra Civil, España vivió una de las etapas más espantosas de su historia contemporánea.

A partir de 1939 comenzó un periodo de paz, reconstrucción y recomposición nacional. Podrá discutirse todo lo que se quiera, pero hay un hecho incontestable: España dejó atrás la dinámica de guerra civil permanente, de caos institucional, de violencia política y de descomposición nacional que había marcado buena parte del siglo XIX y el primer tercio del XX.

La España que salió de aquella tragedia tuvo que reconstruirse desde las ruinas, desde el hambre, desde el aislamiento y desde las heridas abiertas. Pero también recuperó el orden, la paz interior y una idea de continuidad nacional que había sido destruida por décadas de enfrentamiento.

Por eso la efeméride del 3 de julio de 1898 debe leerse con perspectiva. No fue sólo la derrota de Cervera. No fue sólo la pérdida de Cuba. No fue sólo el final del Imperio. Fue el punto visible de una decadencia que venía de lejos y que todavía tardaría cuarenta años más en encontrar un cierre histórico.

Aquel día, frente a Santiago de Cuba, murieron marinos españoles que cumplieron con honor. No fueron ellos los culpables del desastre. Ellos fueron las víctimas heroicas de una España mal dirigida, mal gobernada y abandonada por unas élites que habían olvidado el sentido de la grandeza nacional.

Los barcos se hundieron en el Caribe, pero la responsabilidad estaba en Madrid. En los gobiernos incapaces. En los políticos que confundieron la retórica con la fuerza. En los dirigentes que creyeron que se podía mantener un Imperio sin marina, sin industria, sin unidad nacional y sin una política exterior digna de tal nombre.

El 3 de julio de 1898 España perdió los últimos restos de su Imperio. Pero la lección sigue viva: ninguna nación sobrevive si deja de creer en sí misma. Ningún pueblo conserva su grandeza si entrega su destino a dirigentes mediocres. Ningún país puede mirar al futuro si reniega de su historia, si desprecia a sus héroes y si permite que sus enemigos escriban el relato de su pasado.

Santiago de Cuba fue una derrota. Pero también fue una advertencia. España no cayó por falta de valor de sus soldados y marinos. Cayó por la irresponsabilidad de quienes la gobernaban. Y esa es una lección que, más de un siglo después, sigue teniendo una vigencia dolorosa.

Aquel 3 de julio de 1898 comenzó el certificado de defunción del Imperio español. Pero también dejó escrito, con sangre y honor, que incluso en la derrota España podía conservar la dignidad que tantos de sus gobernantes habían perdido.


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