El 2 de mayo de 1808 no fue simplemente una fecha del calendario. Fue un grito. Un rugido de dignidad. Fue Madrid, esa villa castiza y heroica, la que alzó primero su voz contra el invasor extranjero, contra el francés arrogante que creyó que la nación española iba a ser pasto fácil para su ambición imperial. Se equivocaron. Porque aunque los Borbones se doblegaran, aunque la élite política claudicara, fue el pueblo —ese pueblo español, terco, orgulloso y libre— quien dijo ¡Basta!
El pueblo de Madrid no necesitó permiso alguno para alzarse. Ni autorización administrativa. Se levantaron hombres, mujeres, niños. Costureras como Manuela Malasaña, símbolo eterno del coraje femenino español, degollada por llevar unas tijeras, como si con ellas pudiera vencer a los dragones de Napoleón. Se alzaron soldados como Daoiz y Velarde, que defendieron el Parque de Artillería de Monteleón con más honor que todos los traidores de Palacio. Murieron de pie. Y eso, en España, siempre ha tenido un valor sagrado.
Aquel día comenzó una guerra. La Guerra de la Independencia. No porque se enfrentaran dos ejércitos regulares, sino porque el pueblo español se negó a ser vasallo. Porque se negaron a que los trataran como súbditos, como ganado al servicio de los intereses de potencias extranjeras.
Francisco de Goya, con el genio de los que son capaces de plasmar el alma de un pueblo en un lienzo, inmortalizó la represión. Su cuadro El 3 de mayo de 1808 no es solo arte, es denuncia, es memoria, es resistencia. Son los fusilados de la Moncloa, de Lavapiés, de Malasaña. Esos hombres y mujeres que murieron por el simple hecho de amar a su patria.
Hoy, más de dos siglos después, la situación no es tan distinta. Ya no tenemos a Murat en la Plaza Mayor ni a los mamelucos cortando cabezas. Hoy el invasor viste traje, vuela en Falcon y habla en nombre de la “modernidad”. Se llama Pedro Sánchez. Un tirano sin escrúpulos, sin patria, sin principios. Un traidor que ha vendido nuestra soberanía al mejor postor. A Bruselas, a Marruecos, al separatismo catalán, a Bildu. Un hombre que no ha dudado en entregar España a intereses ajenos a cambio de mantenerse en el poder.
Y lo más repugnante no es solo él, sino sus colaboracionistas. Como los hubo entonces, los hay ahora. Periodistas a sueldo, empresarios cobardes, jueces sumisos, políticos del PP que pactan el reparto de instituciones como quien reparte despojos en una guerra civil callada. Todos ellos forman parte de esta nueva Corte de los Milagros que ha sustituido al gobierno legítimo del pueblo por una dictadura revestida de constitucionalismo vacío.







