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14 de marzo: el día que Sánchez encerró ilegalmente a los españoles y nadie pagó por ello

14 de marzo: el día que Sánchez encerró ilegalmente a los españoles y nadie pagó por ello
Miembros del ejecutivo de Pedro Sánchez reunidos en pandemia
porJavier Garcia Isac
opinion

La opinión de Javier García Isac de hoy, miércoles 25 de marzo de 2026

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Seis años después del estado de alarma que suspendió libertades, arruinó miles de negocios y sembró el miedo en España, sigue sin haber auditorías, responsables ni explicaciones.

Se han cumplido ahora seis años de una de las decisiones políticas más graves de la historia reciente de España. El 14 de marzo de 2020, el Gobierno de Pedro Sánchez decretó el estado de alarma y puso en marcha el mayor recorte de libertades que ha vivido nuestro país desde la II República.

Aquella noche comenzó algo más que una crisis sanitaria. Comenzó una etapa de control social, miedo y arbitrariedad política que marcó a toda una generación de españoles.

Seis años después, el balance es demoledor:

libertades suspendidas, decisiones declaradas inconstitucionales, miles de negocios arruinados, secuelas psicológicas profundas en la sociedad y, lo más indignante de todo, nadie ha asumido ninguna responsabilidad política.


El confinamiento ilegal


España vivió uno de los confinamientos más duros del mundo occidental.

Millones de ciudadanos fueron encerrados en sus casas, se prohibió la libertad de movimiento y se paralizó el país entero. Todo ello mediante el instrumento jurídico del estado de alarma, cuando en realidad lo que se produjo fue una suspensión de derechos fundamentales.

Algo que el Tribunal Constitucional terminaría confirmando: aquellas medidas fueron ilegales.

No se limitaron derechos, se suspendieron libertades.

España fue confinada mediante un mecanismo jurídico que no lo permitía.

Y aun así nadie dimitió.


El miedo como herramienta política


Aquellos meses estuvieron marcados por una estrategia basada en el miedo.

Comparecencias diarias, mensajes alarmistas, cifras repetidas sin contexto y una narrativa que convirtió a cada ciudadano en un potencial culpable.

Se instauró una auténtica psicosis colectiva.

Vecinos denunciando a vecinos.

Ciudadanos interrogados por salir a comprar.

Multas absurdas por caminar solos.

Controles policiales para vigilar desplazamientos.

Llegamos a ver escenas grotescas: personas obligadas a llevar mascarilla dentro del coche y completamente solas.

La paranoia llegó a tal punto que el propio Gobierno recomendó que en Navidad los abuelos comieran separados del resto de la familia, como si fueran un peligro sanitario.

España entera vivió una situación que hoy, vista con perspectiva, resulta sencillamente dantesca.


La ruina de miles de negocios


Mientras el Gobierno se felicitaba por su gestión, la economía española se hundía.

Miles de bares, restaurantes, comercios y pequeñas empresas se vieron obligados a cerrar.

Muchos jamás volvieron a abrir.

Detrás de las estadísticas hay tragedias humanas:

familias endeudadas, autónomos arruinados, jóvenes sin oportunidades y empresarios que perdieron el trabajo de toda una vida.

Las consecuencias sociales siguen hoy presentes.

España registra récords históricos de suicidio, una tragedia silenciosa que rara vez se menciona cuando se habla de las secuelas de aquella gestión política.


Las mascarillas y el negocio de la pandemia


Durante meses, las mascarillas se convirtieron en símbolo de obediencia.

Hoy sabemos que muchas de aquellas decisiones no tenían una base científica tan sólida como se afirmaba, pero sí generaron un negocio multimillonario.

El tiempo ha ido revelando contratos opacos, intermediarios cercanos al poder y comisiones en la compra de material sanitario.

El caso Koldo ha sacado a la luz parte de esa trama.

Mientras millones de españoles estaban encerrados en sus casas, otros hacían negocio con la tragedia.


La presión para vacunarse


Oficialmente, la vacunación fue voluntaria.

En la práctica, muchos ciudadanos sufrieron una enorme presión social y laboral para vacunarse.

Quien dudaba era señalado.

Quien preguntaba era ridiculizado.

Quien discrepaba era censurado.

Se instaló un clima de pensamiento único donde cualquier debate era tratado como una amenaza.

Hoy, seis años después, siguen existiendo interrogantes sobre posibles efectos secundarios que apenas se investigan públicamente.

Pero nadie parece dispuesto a asumir responsabilidades.


La policía del pensamiento


Durante aquellos meses el Ministerio del Interior llegó a reconocer que monitorizaba redes sociales para detectar críticas al Gobierno.

La libertad de expresión quedó bajo sospecha.

Quien cuestionaba las medidas era señalado como desinformador o irresponsable.

El Estado dedicaba recursos a vigilar al ciudadano, no a fiscalizar al poder.


El comité de expertos que nunca existió


El Gobierno justificó muchas de sus decisiones afirmando que seguía las recomendaciones de un supuesto “comité de expertos”.

Pero cuando la justicia pidió conocer quiénes lo formaban, la respuesta fue sorprendente: no existía tal comité como se había presentado.

Las decisiones que paralizaron el país se tomaron sin la transparencia prometida.

Tampoco se ha realizado la auditoría independiente que el propio Gobierno anunció.

Seis años después, seguimos sin conocer toda la verdad.


Nadie dimitió


La peor gestión de una crisis sanitaria en décadas y nadie dimitió.

Ni el presidente.

Ni los ministros.

Ni los responsables políticos.

Mientras millones de españoles sufrían las consecuencias del confinamiento, hoy sabemos que en el entorno político del Gobierno se producían negocios, escándalos y relaciones que ahora investiga la justicia.

La diferencia entre el sacrificio exigido a los ciudadanos y el comportamiento de parte de la élite política resulta hoy todavía más indignante.


La complicidad política


Tampoco puede olvidarse que parte de la oposición colaboró con aquella deriva.

Especialmente el Partido Popular, que en numerosas ocasiones respaldó las prórrogas del estado de alarma y muchas de las medidas que luego se demostrarían ilegales.

Gran parte de la clase política cerró filas mientras el ciudadano pagaba las consecuencias.


Seis años después: nadie responde


Han pasado seis años.

Pero las heridas siguen abiertas.

Hay familias que no pudieron despedirse de sus muertos.

Hay negocios que nunca volvieron a abrir.

Hay jóvenes que arrastran secuelas psicológicas.

Hay una sociedad que perdió confianza en sus instituciones.

Y lo más grave: nadie ha rendido cuentas.

Ni auditorías.

Ni responsabilidades políticas.

Ni explicaciones.

Todo ha quedado enterrado bajo el silencio y el paso del tiempo.

No debemos olvidar

El 14 de marzo de 2020 marcó un antes y un después en España.

Fue el día en que un Gobierno decidió suspender libertades fundamentales, inocular miedo en la población y aplicar medidas que acabarían siendo declaradas ilegales.

Recordarlo no es una obsesión.

Es una obligación.

Porque una democracia sana exige memoria, responsabilidad y verdad.

Y porque seis años después sigue habiendo una pregunta que nadie en el Gobierno quiere responder:

¿quién va a pagar por lo que se hizo con los españoles?


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