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El Frente Popular vuelve: la izquierda reivindica el caos, la violencia y el crimen que llevaron a España a la guerra

El Frente Popular vuelve: la izquierda reivindica el caos, la violencia y el crimen que llevaron a España a la guerra
porJavier Garcia Isac
opinion

Lejos de pedir perdón por los crímenes, la persecución religiosa y el terror desatado en 1936, la izquierda actual rescata con orgullo el nombre que simboliza uno de los episodios más trágicos de nuestra historia

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En política hay decisiones que retratan a quien las toma. Y la decisión de registrar la marca “Frente Popular” por parte de sectores de la izquierda vinculados a Más Madrid no es una simple anécdota burocrática ni una ocurrencia ideológica. Es una provocación consciente contra la historia de España.

Porque el Frente Popular no fue una simple coalición electoral.

Fue el símbolo de un periodo de violencia, sectarismo y persecución que terminó arrastrando a España a una guerra civil.

Y lo verdaderamente inquietante es que la izquierda española no rescata ese nombre con vergüenza, ni con ánimo de reflexión histórica.

Lo rescata con orgullo.

No lo esconde.

Lo reivindica.

Es la prueba de algo que cada vez resulta más evidente: la izquierda española jamás ha hecho autocrítica sobre los años treinta. Nunca ha pedido perdón por la persecución religiosa, por el clima de terror en las calles o por la violencia política que precedió a la Guerra Civil.

Muy al contrario.

Empieza incluso a sentirse orgullosa de aquel pasado.

 

El fraude electoral que llevó al Frente Popular al poder

 

El 16 de febrero de 1936 se celebraron en España unas elecciones decisivas.

Durante décadas se nos ha repetido el relato oficial: una victoria democrática del Frente Popular frente a la derecha.

Pero la investigación histórica posterior ha desmontado esa versión.

Historiadores como Manuel Álvarez Tardío o Roberto Villa han documentado cómo aquellas elecciones estuvieron plagadas de manipulación, coacciones y alteraciones del recuento.

Se invalidaron actas favorables a la derecha.

Se modificaron resultados en varias circunscripciones.

Se produjeron presiones y ocupaciones de gobiernos civiles para alterar el resultado final.

No se trató de irregularidades menores.

Fue un pucherazo electoral de gran escala que permitió al Frente Popular hacerse con el poder.

Desde ese momento comenzó la demolición del orden público y del propio sistema institucional.

 

Los 150 días que incendiaron España

 

Entre el 16 de febrero de 1936 y el 18 de julio de ese mismo año, España vivió un periodo de violencia política prácticamente incontrolable.

En apenas cinco meses:

Cerca de 500 personas fueron asesinadas por motivos políticos.

Hubo cientos de atentados y agresiones.

Más de 200 iglesias fueron incendiadas o saqueadas.

Se multiplicaron las detenciones arbitrarias por razones ideológicas.

Las calles dejaron de pertenecer al Estado.

Quedaron en manos de milicias socialistas, comunistas y anarquistas que actuaban con una impunidad casi absoluta.

El Gobierno del Frente Popular no fue capaz —o no quiso— imponer el orden.

La violencia era, en gran medida, la violencia de sus propias bases políticas.

 

Un Estado que protegía a los verdugos

 

La degradación institucional alcanzó niveles que hoy resultarían inconcebibles.

Cuando un militante o dirigente de derechas era asesinado, las fuerzas de seguridad no buscaban a los culpables.

En muchos casos detenían a familiares o amigos de la víctima para evitar posibles represalias.

Los asesinos quedaban libres.

Las víctimas acababan detenidas.

Era la inversión completa del concepto de justicia.

El Estado había dejado de ser neutral.

Había dejado de proteger a los ciudadanos.

 

La persecución religiosa

 

Uno de los episodios más oscuros de aquel periodo fue la persecución contra la Iglesia católica.

Antes incluso de que estallara la guerra ya se habían producido numerosos incendios de iglesias, ataques a conventos y agresiones a sacerdotes.

La violencia anticlerical formaba parte del clima revolucionario de aquellos meses.

Durante la Guerra Civil serían asesinados cerca de 7.000 religiosos en territorio controlado por el Frente Popular.

Aquella persecución fue una de las más graves sufridas por la Iglesia en la Europa contemporánea.

Y sin embargo, la izquierda española jamás ha pedido perdón por ello.

 

El crimen de Estado que precipitó el abismo

 

El punto de ruptura definitivo llegó la noche del 13 de julio de 1936.

Aquella madrugada fue asesinado uno de los líderes de la oposición parlamentaria,

José Calvo Sotelo.

No fue un asesinato cualquiera.

Fue un crimen de Estado.

Calvo Sotelo fue detenido en su domicilio por miembros de las fuerzas de seguridad acompañados por militantes socialistas.

Durante el traslado recibió un disparo en la nuca.

Su cadáver apareció horas después en el depósito del cementerio.

Entre los implicados estaba el socialista Luis Cuenca, escolta de dirigentes del PSOE, y entre otros, también se encontraba el novio de la hija de Largo Caballero. Los asesinos fueron protegidos por diputados socialistas. 

El Gobierno no investigó seriamente el crimen.

Nadie asumió responsabilidades.

El asesinato del principal líder de la oposición por agentes vinculados al propio aparato del Estado marcó el colapso definitivo de la legalidad republicana.

 

La izquierda nunca pidió perdón

 

Durante décadas la izquierda española ha construido un relato mitificado del Frente Popular.

Un relato donde aparece como una alianza democrática heroica frente al fascismo.

Pero la realidad histórica es mucho más compleja.

El Frente Popular fue sobre todo, sectarismo, violencia política, persecución ideológica y descomposición institucional.

Y lo verdaderamente significativo es que nunca ha habido autocrítica.

Nunca se ha pedido perdón por la violencia.

Nunca se ha reconocido la responsabilidad política en el clima que desembocó en la guerra.

 

Cuando el pasado se reivindica

 

Por eso el registro del nombre Frente Popular tiene una enorme carga simbólica.

No es nostalgia histórica.

Es una reivindicación política.

Es decirle a España que aquel pasado no les avergüenza.

Que lo consideran parte de su identidad.

Y que incluso están dispuestos a recuperarlo como bandera política.

 

El Frente Popular del siglo XXI

 

En realidad, muchos españoles tienen la sensación de que el Frente Popular ya gobierna hoy España.

Una coalición sostenida por socialistas, comunistas, separatistas y radicales de izquierda.

Una alianza construida sobre la división, la confrontación y la ruptura del consenso nacional.

La única diferencia es que ahora algunos de sus promotores han decidido rescatar también el nombre.

Un nombre cargado de historia.

Y también de sangre.

 

Cuando se reivindican los errores del pasado

 

Las naciones maduras aprenden de su historia.

Las sociedades responsables reconocen sus errores y piden perdón cuando es necesario.

La izquierda española ha elegido el camino contrario.

No pide perdón.

No reflexiona.

No rectifica.

Prefiere reivindicar su pasado más oscuro.

Registrar el nombre Frente Popular no es un gesto inocente.

Es una declaración política.

Una provocación.

Y también una advertencia.

Porque cuando un movimiento político decide rescatar los símbolos de los periodos más violentos de su historia, lo que está diciendo en realidad es algo muy claro:

que no busca reconciliación.

que no quiere cerrar heridas.

y que, en el fondo, sigue pensando exactamente igual que entonces.

Y por eso hoy más que nunca conviene recordar una verdad incómoda:

los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Sobre todo, lo peor de ella.

Pero los que la manipulan para justificar su pasado, corren el riesgo de volver a provocarla. Con la izquierda española no cabe ningún tipo de reconciliación, sólo cabe combatirla. Nos


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