El pasado sábado 21 de marzo, tuve el privilegio, y subrayo el término, porque hoy la disidencia es un lujo, de asistir a la gala de entrega de los Premios Luchadores 2026 organizada por ANAVID. Cientos de almas nos dimos cita allí, no lo hicimos por el imperativo de una cuota opor el señuelo de una subvención. Lo hicimos por el compromiso con una realidad que el Ministerio de Igualdad pretende enterrar bajo toneladas de propaganda morada.
Mi vínculo con la Asociación Nacional de Ayuda a las Víctimas de Violencia Doméstica (ANAVID) es estrecho y nace del convencimiento de que la palabra debe ir acompañada de la acción. Por ello, es un honor para mí donar parte de los beneficios de mis novelas, Relatos de un maltratador y El diario de Carmen, a una causa que no distingue entre sexos a la hora de proteger la dignidad humana. En una España donde el presupuesto se dilapida en talleres de masculinidad frágil, ayudar a financiar a quienes recogen los pedazos de las familias rotas es, sencillamente, una cuestión de decencia.
La gala fue un oasis de inteligencia en medio del desierto intelectual que nos rodea. Allí estaban figuras que son hoy los últimos centinelas de la libertad. Juan Soto Ivars, un referente de la palabra que disecciona la cancelación con datos irrefutables. Al final de la noche, copa de vino en mano, compartí un momento con mi gran amigo Jesús Muñoz, vicepresidente de la asociación; le comenté que lo que acabábamos de presenciar era la demostración práctica ycruda, de la teoría que Soto Ivars desarrolla en su imprescindible Esto no existe. Los inexistentes para el sistema estaban allí, vestidos de gala y con la cabeza muy alta.
Javier Pérez Roldán, de Hazte Oír, una denuncia tan necesaria como incansable. Mi gran amigo Daniel Labrador, cuya persistencia jurídica es el terror de los juzgados de excepción de género; Mis compañeros de Criticones 2.0, Fran Padilla, Patricia Díaz y Carlos Valdivieso. También la singularísima Cristina Sol, mi compañera de Informa Radio. No faltaron los guerreros digitales como el Youtuber Inocente Duke o Paula García, del podcast No Lies Allowed, que cada día le arrancan la careta al relato oficial. Y, por supuesto, la presencia telemática de referentes de una valentía casi inhumana: Eugenio García Martínez, el padre de la pequeña Olivia que nos acompaña desde el cielo, y los siempre aplaudidos Meconios.
Estar allí genera un sentimiento ambivalente. Es reconfortante rodearse de buena gente, pero es desgarrador entender por qué nos reunimos. Esta gala no debería existir. No debería haber premios para personas que han sobrevivido a un sistema diseñado para triturarlas. Tener el privilegio de entregar un galardón en este evento te obliga a mirar de frente una tristeza que no cabe en un telediario: padres arruinados por denuncias falsas, esa herramienta de estrategia procesal que la izquierda niega con fe fanática, abuelas como Rosa De Lima, que mueren sin volver a ver a sus nietos por el capricho de una ley de autor, y niños con secuelas que ninguna terapia pagada por el Estado podrá borrar jamás.
En 2026, seguimos arrastrando la losa de la Ley Integral de Violencia de Género que ha demostrado ser un fracaso absoluto. Mientras el presupuesto del Ministerio de Igualdad ha crecido de forma exponencial, las cifras de mujeres asesinadas no han caído en absoluto, demostrando que el enfoque ideológico es ineficaz. Pero lo más sangrante es lo que se oculta: los 2.800 hombres que se quitan la vida cada año en España, muchos de ellos asfixiados por procesos judiciales kafkianos, pérdidas de custodia y la muerte civil que supone una simple acusación sin pruebas.







