Me parece muy preocupante ver con que ingenuidad los españoles asumimos cualquier supuesto avance tecnológico que nos regale el poder de turno. Y esta vez no estoy hablando de balizas. Nos han vendido que el progreso es una línea recta hacia la comodidad, cuando en realidad suele ser un círculo vicioso hacia la servidumbre. Hoy, mientras bostezamos ante la digitalización de nuestra democracia, haríamos bien en mirar por el retrovisor, a la historia reciente y observar las cunetas de otras naciones, donde la libertad no murió entre bayonetas, sino entre líneas de código maliciosas y aplicaciones de móvil diseñadas por un trilero de feria. Un trilero parecido al que tenemos hoy en la Moncloa
En el reciente y clarificador testimonio de Isabel Durán, en un excelente video que circula por YouTube, hemos visto una demostración que debería haber provocado un gabinete de crisis nacional. Pero dado que estamos acostumbrados a escándalos más morbosos, se ha quedado en nada. No es casualidad que nos acostumbren a escándalos como los de Begoña Gómez, el hermanísimo de Sánchez o los casos, Koldo, Avalos y Aldama. Lo que consiguen de esa manera es que luego pasen estas cosas y nos parezcan anécdotas. Una anécdota más…
Con mucha sencillez, la periodista Isabel Durán nos ha mostrado cómo la Inteligencia Artificial puede generar miles de identidades falsas que las aplicaciones oficiales del Gobierno, como Mi DNI o Mi DGT, aceptan sin rechistar. Y yo que ya he visto a más de un prestidigitador político intentar colarnos el truco de la chistera vacía, no puedomás que sonreír con ironía: hemos pasado de la leyenda negra a la realidad binaria.
Para entender el riesgo que corre España, no hace falta recurrir a la ciencia ficción; basta con mirar a Iberoamérica, donde al progresismo patrio tanto le gusta tutelar con condescendencia. El caso de Venezuela es, quizás, el más depurado. El 28 de julio de 2024 marcó un antes y un después en la infamia electoral. Allí, el régimen de Maduro no necesitó quemar urnas a plena luz del día. Le bastó con el control absoluto del Consejo Nacional Electoral (CNE) y el soporte técnico de empresas como Ex-Clé, señalada por el Departamento del Tesoro de EE.UU. por facilitar un enorme fraude.
La trampa venezolana es sutil: se permite el voto, se celebra la fiesta, pero el sistema biométrico y el software de totalización actúan como un agujero negro. Las actas físicas que la oposición logró rescatar, actas que el régimen se negó a publicar durante semanas, demostraron una desconexión matemática imposible con los datos oficiales. Cuando la identidad del votante depende de una base de datos que solo el Gobierno maneja, el voto deja de ser un derecho para convertirse en una variable ajustable según las necesidades del palacio.
En Colombia, las sospechas sobre la empresa Indra ¿Os suena Indra?, y los sistemas de preconteo han sido el pan de cada día en los últimos ciclos electorales. Durante las legislativas de marzo de 2022, aparecieron mágicamente cientos de miles de votos para el Pacto Histórico que no estaban en el reporte inicial. ¿Error humano? ¿Fallo sistémico? En política, las casualidades suelen tener un color partidista muy marcado. La digitalización de los procesos de escrutinio ha creado una capa de opacidad donde el ciudadano ya no cuenta votos, sino que cree en resultados. Y la fe, señores, es para la iglesia, no para el recuento de papeletas.
Perú, en 2021, nos dio otra lección sobre cómo la manipulación de las actas digitales y la suplantación en mesas, el famoso voto de los muertos o las firmas falsificadas,pueden decidir el destino de una nación por un puñado de votos. Lo que Isabel Durán ha demostrado con su explicación, es que España está construyendo la autopista perfecta para que esos modelos de éxito totalitario aterricen en nuestras tierras. Si un teléfono móvil puede generar una identidad ficticia que un interventor de mesa, carente de medios técnicos, debe dar por válida, ¿qué nos impide pensar que en las próximas elecciones no votarán más identidades digitales que ciudadanos de carne y hueso?
Frente a este entusiasmo tecnológico del Gobierno de Maduro. Perdón… del gobierno de Pedro Sánchez, siempre tan proclive a modernizar aquello que le permite perpetuarse, conviene recordar que la vieja Europa no es tan dócil. En marzo de 2009, el Tribunal Constitucional de Alemania (la célebre sentencia de Karlsruhe) dictó una sentencia que debería ser de lectura obligatoria en cada colegio electoral de España. Los jueces alemanes prohibieron el uso de urnas electrónicas por una razón de una lógicademocrática incuestionable: el proceso electoral debe ser público y comprensible para el ciudadano común sin conocimientos técnicos especiales.
El Tribunal sentenció que, si un ciudadano no puede verificar por sí mismo, sin la mediación de un experto en informática, que su voto ha sido registrado y contado correctamente, la elección no es democrática. En Alemania entendieron que el papel y el bolígrafo son la última trinchera de la libertad. Aquí, en cambio, parecemos ansiosos por entregar esa trinchera a cambio de una aplicación con un diseño minimalista y colores pastel.







