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Marzo de 1936: el mes en que España empezó a deslizarse hacia el abismo

Marzo de 1936: el mes en que España empezó a deslizarse hacia el abismo
porJavier Garcia Isac
opinion

Hubo un momento, un instante preciso en la historia de España, en el que todo empezó a torcerse de forma irreversible

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No fue el 18 de julio. No fue tampoco el asesinato de Calvo Sotelo. La tragedia comenzó antes, mucho antes, cuando el Estado dejó de existir como garante de la ley y se convirtió en cómplice del caos. Ese momento fue marzo de 1936.


Un mes apenas después de las elecciones del 16 de febrero de 1936, aquellas elecciones que la historiografía más rigurosa ha señalado como profundamente irregulares y manipuladas, España comenzó a deslizarse por una pendiente de violencia, desorden y persecución política que no haría sino acelerarse en los meses siguientes.

El Frente Popular, lejos de actuar como un gobierno responsable, se comportó desde el primer momento como lo que realmente era: una alianza revolucionaria que consideraba el poder no como un instrumento para gobernar, sino como una herramienta para destruir el régimen existente y ajustar cuentas con sus adversarios políticos.

Y el mes de marzo fue la primera gran señal de alarma.


Un país que se descompone


España entró en marzo de 1936 convertida ya en un país profundamente fracturado. La izquierda celebraba la victoria electoral como si fuese una legitimación para iniciar una revolución pendiente, mientras que amplios sectores de la sociedad observaban con creciente preocupación cómo el Estado comenzaba a desaparecer. Lo cierto es que después de la intentona golpista Socialista de 1934, el PSOE deseaba acelerar el proceso revolucionario y la democracia era un estorbo.

Las cifras de violencia política en aquellos meses son estremecedoras.

Entre febrero y julio de 1936, en apenas cinco meses, cerca de quinientas personas fueron asesinadas por motivos políticos, la mayoría de ellas opositores al Frente Popular: militantes de derechas, falangistas, tradicionalistas, sacerdotes, católicos o simplemente ciudadanos identificados como adversarios del nuevo poder.

Pero lo más grave no fue únicamente la violencia.

Lo verdaderamente alarmante fue que el Estado dejó de perseguir a los agresores y comenzó a perseguir a las víctimas.

Los agresores quedaban impunes.

Los detenidos eran, casi siempre, los compañeros o amigos de quienes habían sido asesinados.

La ley había dejado de ser neutral.


Las ocupaciones de fincas: la revolución en marcha


Uno de los fenómenos más significativos de aquel marzo de 1936 fue la ocupación masiva de fincas y propiedades agrícolas.

Grupos organizados de militantes socialistas, comunistas y anarquistas comenzaron a invadir propiedades privadas en diferentes regiones de España, especialmente en Extremadura, Andalucía y Castilla.

No eran actos espontáneos de campesinos desesperados.

En muchos casos se trataba de operaciones organizadas por sindicatos y organizaciones revolucionarias, toleradas o directamente alentadas por las autoridades locales.

Las fuerzas del orden, lejos de restablecer la legalidad, miraban hacia otro lado.

El mensaje era claro:

la ley ya no protegía la propiedad ni garantizaba el orden público.

España empezaba a vivir una revolución de hecho, aunque no hubiese sido declarada formalmente.


Huelgas revolucionarias, con la izquierda en el poder


El absurdo político alcanzó niveles grotescos.

Mientras el Frente Popular ocupaba el gobierno, las huelgas revolucionarias no cesaban. Al contrario, se multiplicaban.

España vivía una situación inédita:

los mismos partidos que gobernaban alentaban o toleraban movilizaciones destinadas a desestabilizar el propio Estado que controlaban.

Las huelgas se sucedían en fábricas, transportes, campos y servicios públicos.

No eran protestas laborales convencionales.

Muchas de ellas tenían un carácter claramente insurreccional, con enfrentamientos, sabotajes y violencia callejera.

El país comenzaba a entrar en un clima de ingobernabilidad permanente.


La detención de José Antonio Primo de Rivera


Uno de los episodios más simbólicos de aquel marzo fue la detención de José Antonio Primo de Rivera.

El 14 de marzo de 1936, el fundador de Falange Española fue detenido por orden del gobierno del Frente Popular.

José Antonio ya había sido objeto de persecución política en los meses anteriores, mientras numerosos militantes falangistas eran asesinados o agredidos por grupos de izquierda.

Pero la respuesta del gobierno no fue proteger la libertad política.

Fue encarcelar al carismático José Antonio.

José Antonio ingresó en prisión sin cargos sólidos, pero eso era lo de menos.

Nunca volvería a salir de allí.

Permanecería encarcelado durante toda la primavera y el verano de 1936 hasta que, finalmente, sería fusilado el 20 de noviembre de ese mismo año en la prisión de Alicante, tras un juicio plagado de irregularidades.

José Antonio no participó en la Guerra Civil.

Cuando estalló el conflicto estaba ya encarcelado por el propio gobierno que decía defender la legalidad republicana.


Un Estado que protege a los agresores


Durante marzo de 1936, la violencia política se convirtió en un fenómeno cotidiano.

Asaltos a sedes políticas.

Incendios de iglesias.

Enfrentamientos callejeros.

Ataques a militantes de derechas.

Pero el problema no era solo la violencia.

El problema era la impunidad.

Las autoridades republicanas demostraron una alarmante incapacidad —o falta de voluntad— para detener a los responsables.

En demasiadas ocasiones la policía detenía a los compañeros de las víctimas, mientras los agresores quedaban libres.

Ese clima de injusticia y parcialidad alimentó una sensación creciente en amplios sectores de la sociedad:

el Estado había dejado de ser neutral.


Marzo: el preludio de la tormenta


El mes de marzo fue, en definitiva, el preludio de lo que vendría después.

Los acontecimientos de aquel mes mostraron con claridad que el Frente Popular no estaba dispuesto —o no era capaz— de garantizar la convivencia civil.

La violencia aumentó.

Las ocupaciones se extendieron.

Las huelgas paralizaban el país.

La persecución política se intensificó.

Y, sobre todo, la autoridad del Estado se desmoronaba día a día.

España se encaminaba hacia un punto de no retorno.


Cuando la historia se repite


Recordar marzo de 1936 no es un ejercicio académico ni una discusión de historiadores.

Es una advertencia.

Porque lo que ocurrió entonces demuestra algo fundamental: cuando un gobierno permite que la ley sea sustituida por la violencia política, el resultado inevitable es el desastre.

España aprendió aquella lección de la forma más trágica posible.

La historia de aquel mes oscuro nos recuerda que las sociedades no se destruyen de un día para otro.

Se deterioran poco a poco.

Primero se tolera la violencia.

Luego se justifica.

Después se institucionaliza.

Y cuando uno quiere darse cuenta, el Estado ya ha desaparecido y el país se encuentra al borde del abismo.

Eso fue exactamente lo que empezó a ocurrir en España en marzo de 1936.

Un mes que hoy, noventa años después, sigue siendo una advertencia que no deberíamos olvidar jamás.


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