El 14 de febrero pasa cada año como pasan tantas cosas importantes hoy: envuelto en ruido, ofertas de última hora y corazones de plástico. Pero conviene detenerse al día siguiente, cuando se apagan los escaparates y queda lo único que importa: el recuerdo. Porque el amor —el de verdad— no necesitó nunca un calendario comercial ni un ticket regalo.
Los que crecimos en los años sesenta y setenta, los baby boomers, aprendimos a amar de otra manera. Sin tutoriales, sin pantallas, sin correcciones ideológicas. Aprendimos a querer sin saber que aquello era aprender. Un primer amor casi siempre torpe, casi siempre ingenuo, casi siempre condenado a no durar, y, sin embargo, eterno. Porque hay amores que no se olvidan aunque no se queden.
Ahí estaba el primer enamoramiento: en el colegio, en el barrio, en el pueblo de verano. Un nombre escrito mil veces en la libreta. Una mirada que duraba más de la cuenta. El corazón acelerado al cruzarse en la escalera. Y ese primer beso, tantas veces robado, tantas veces esperado, que tenía más verdad que mil discursos sobre el amor “libre”.
No era un amor perfecto. Era un amor puro. Entre un hombre y una mujer. Con nervios, con miedo al rechazo, con ilusiones gigantes y una inocencia que hoy parece casi subversiva. No había promesas eternas, pero sí una lealtad espontánea: la de creer que aquello era lo más importante del mundo, porque lo era.
Luego llegó la vida. Llegaron las decisiones, los errores, las rupturas, los caminos que se bifurcan. Lo que parecía idílico no siempre acabó bien. Y no pasa nada. Porque el amor verdadero también enseña a perder, a madurar, a aceptar que no todo dura para siempre, pero todo deja huella.







