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12 de abril de 1931: cuando la debilidad abrió la puerta al desastre

12 de abril de 1931: cuando la debilidad abrió la puerta al desastre
porJavier Garcia Isac
opinion

La izquierda no esperó. No respetó tiempos, ni formas, ni legalidad

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El 12 de abril de 1931 no fue un día cualquiera en la historia de España. Fue el inicio de un proceso de demolición institucional que algunos han querido vender como una fiesta de la democracia, pero que en realidad fue el resultado de la precipitación, la manipulación y, sobre todo, la cobardía.

Aquel día se celebraron elecciones municipales. Conviene recordarlo con claridad, porque la izquierda ha tratado de tergiversarlo durante décadas: no eran unas elecciones plebiscitarias sobre la forma de Estado, ni un referéndum entre monarquía o república. Eran, simple y llanamente, elecciones locales.

Y sin embargo, el resultado fue utilizado como excusa para cambiar el régimen.

Porque si vamos a los datos reales, las candidaturas monárquicas obtuvieron una amplia victoria en el conjunto del país, especialmente en el mundo rural. Pero en las grandes ciudades —Madrid, Barcelona, Valencia— triunfaron las candidaturas republicanas. Y fue ahí donde comenzó la gran operación de propaganda: convertir una victoria parcial y urbana en un supuesto mandato nacional.

La izquierda no esperó. No respetó tiempos, ni formas, ni legalidad. El 14 de abril ya se proclamaba la Segunda República en medio de un ambiente de agitación cuidadosamente alimentado.

Pero si hubo un factor decisivo en aquel cambio de régimen no fue la voluntad popular, sino la actitud del rey.

Alfonso XIII decidió abandonar España sin presentar batalla política, sin defender la legalidad vigente, sin siquiera esperar al recuento definitivo de los votos. Su justificación fue evitar una guerra civil. Pero la historia ha demostrado que su huida no evitó nada. Al contrario: abrió las puertas al caos que decía querer impedir.

Es imposible no ver en su comportamiento el miedo. El recuerdo de lo ocurrido en Rusia en 1917 con los zares pesaba como una losa. Y ante ese temor, el monarca optó por marcharse. Dejó a España a su suerte. Dejó a millones de españoles sin defensa institucional. Dejó el Estado en manos de quienes no habían ganado un mandato claro para gobernar.

Fue, en definitiva, una renuncia.

Y las renuncias en política se pagan caras.

Porque lo que vino después no fue la idílica república de libertad y progreso que algunos aún pretenden vender. Lo que vino fue un proceso de degradación paulatina, de radicalización creciente, de enfrentamiento civil.

Un símbolo de aquella ilusión inicial fue Pedro Mohíno, el abanderado de la proclamación republicana en la Puerta del Sol, subido a un coche, agitando la bandera tricolor en una imagen que ha sido repetida hasta la saciedad como icono de un supuesto despertar democrático.

Pero la historia tiene una crudeza que no admite propaganda.

Aquel mismo hombre, símbolo de la República naciente, sería asesinado en el verano de 1936. No por enemigos externos, no por quienes se oponían a aquel régimen, sino por el propio caos y la violencia que la República había incubado en su interior.

Ese es el verdadero retrato de aquel periodo: la revolución devorando a sus propios hijos.

Entre abril de 1931 y julio de 1936 España pasó de la ilusión al enfrentamiento, de la promesa al desastre, del entusiasmo al miedo. Y en ese camino hubo dos grandes responsabilidades.

La primera, la de una izquierda que forzó un cambio de régimen sin base legal suficiente, que convirtió unas elecciones municipales en un plebiscito inexistente, y que no dudó en utilizar la presión de la calle para imponer su relato.

La segunda, la de un rey que no estuvo a la altura de su responsabilidad histórica, que prefirió marcharse antes que defender el orden, y que dejó un vacío de poder que fue inmediatamente ocupado por quienes no creían en la convivencia ni en la estabilidad.

Ni unos respetaron las reglas. Ni el otro defendió el sistema.

Y cuando ambas cosas ocurren al mismo tiempo, el resultado suele ser el mismo: la ruptura.

Hoy, 94 años después, conviene recordar aquel episodio sin los filtros de la propaganda. Porque la historia no se repite exactamente, pero rima. Y cada vez que se desprecia la legalidad, cada vez que se manipula la voluntad popular, cada vez que quienes deben defender el Estado renuncian a hacerlo, el riesgo vuelve a aparecer.

El 12 de abril de 1931 no fue el triunfo de la democracia.

Fue el primer acto de una tragedia anunciada.


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