El 12 de abril de 1931 no fue un día cualquiera en la historia de España. Fue el inicio de un proceso de demolición institucional que algunos han querido vender como una fiesta de la democracia, pero que en realidad fue el resultado de la precipitación, la manipulación y, sobre todo, la cobardía.
Aquel día se celebraron elecciones municipales. Conviene recordarlo con claridad, porque la izquierda ha tratado de tergiversarlo durante décadas: no eran unas elecciones plebiscitarias sobre la forma de Estado, ni un referéndum entre monarquía o república. Eran, simple y llanamente, elecciones locales.
Y sin embargo, el resultado fue utilizado como excusa para cambiar el régimen.
Porque si vamos a los datos reales, las candidaturas monárquicas obtuvieron una amplia victoria en el conjunto del país, especialmente en el mundo rural. Pero en las grandes ciudades —Madrid, Barcelona, Valencia— triunfaron las candidaturas republicanas. Y fue ahí donde comenzó la gran operación de propaganda: convertir una victoria parcial y urbana en un supuesto mandato nacional.
La izquierda no esperó. No respetó tiempos, ni formas, ni legalidad. El 14 de abril ya se proclamaba la Segunda República en medio de un ambiente de agitación cuidadosamente alimentado.
Pero si hubo un factor decisivo en aquel cambio de régimen no fue la voluntad popular, sino la actitud del rey.
Alfonso XIII decidió abandonar España sin presentar batalla política, sin defender la legalidad vigente, sin siquiera esperar al recuento definitivo de los votos. Su justificación fue evitar una guerra civil. Pero la historia ha demostrado que su huida no evitó nada. Al contrario: abrió las puertas al caos que decía querer impedir.
Es imposible no ver en su comportamiento el miedo. El recuerdo de lo ocurrido en Rusia en 1917 con los zares pesaba como una losa. Y ante ese temor, el monarca optó por marcharse. Dejó a España a su suerte. Dejó a millones de españoles sin defensa institucional. Dejó el Estado en manos de quienes no habían ganado un mandato claro para gobernar.
Fue, en definitiva, una renuncia.
Y las renuncias en política se pagan caras.
Porque lo que vino después no fue la idílica república de libertad y progreso que algunos aún pretenden vender. Lo que vino fue un proceso de degradación paulatina, de radicalización creciente, de enfrentamiento civil.






