Pero la historia tiene una crudeza que no admite propaganda.
Aquel mismo hombre, símbolo de la República naciente, sería asesinado en el verano de 1936. No por enemigos externos, no por quienes se oponían a aquel régimen, sino por el propio caos y la violencia que la República había incubado en su interior.
Ese es el verdadero retrato de aquel periodo: la revolución devorando a sus propios hijos.
Entre abril de 1931 y julio de 1936 España pasó de la ilusión al enfrentamiento, de la promesa al desastre, del entusiasmo al miedo. Y en ese camino hubo dos grandes responsabilidades.
La primera, la de una izquierda que forzó un cambio de régimen sin base legal suficiente, que convirtió unas elecciones municipales en un plebiscito inexistente, y que no dudó en utilizar la presión de la calle para imponer su relato.
La segunda, la de un rey que no estuvo a la altura de su responsabilidad histórica, que prefirió marcharse antes que defender el orden, y que dejó un vacío de poder que fue inmediatamente ocupado por quienes no creían en la convivencia ni en la estabilidad.
Ni unos respetaron las reglas. Ni el otro defendió el sistema.
Y cuando ambas cosas ocurren al mismo tiempo, el resultado suele ser el mismo: la ruptura.
Hoy, 94 años después, conviene recordar aquel episodio sin los filtros de la propaganda. Porque la historia no se repite exactamente, pero rima. Y cada vez que se desprecia la legalidad, cada vez que se manipula la voluntad popular, cada vez que quienes deben defender el Estado renuncian a hacerlo, el riesgo vuelve a aparecer.
El 12 de abril de 1931 no fue el triunfo de la democracia.
Fue el primer acto de una tragedia anunciada.