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La afición que mató a Manolete

La afición que mató a Manolete
Robert Hernando
porEDATV
opinion

Escrito por Robert Hernando, escritor y ex-consejero del RCD Espanyol.

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No es ninguna novedad que el RCD Espanyol y su afición han sido señalados sistemáticamente en Cataluña como proscritos e indeseables. Este fenómeno parece estar ligado, casi de manera intrínseca, a su propia historia.

Ya en 1931, diversas entidades catalanas suscribieron un manifiesto de adhesión al proyecto del Estatut de Núria, que proponía la configuración de Cataluña como un «Estado autónomo dentro de la República Española», una formulación que desató una notable controversia por sus evidentes connotaciones secesionistas. El RCDE no fue el único club de fútbol que decidió no adherirse a dicho documento; sin embargo, los medios de la época centraron sus críticas en el conjunto blanquiazul, al que reprocharon su voluntad de mantenerse neutral y al margen de la política.

Las razones de esta negativa se fundamentaban, principalmente, en la voluntad de preservar la neutralidad y la pureza deportiva del proyecto. La directiva del club, encabezada entonces por Genaro de la Riva, defendía que una entidad deportiva debía mantenerse al margen de las disputas políticas para evitar fracturas internas entre sus propios socios.

A ello se sumaba una arraigada tradición identitaria vinculada al título de “Real”, concedido por Alfonso XIII en 1912, momento en el que la entidad pasó a denominarse oficialmente Real Club Deportivo Español, incorporando además la corona real a su escudo. Durante la Segunda República (1931-1939), el club se vio obligado a renunciar tanto al título como a dicho símbolo, adoptando la denominación de Club Deportivo Español. Tras la Guerra Civil, recuperó su nomenclatura monárquica, que, con ligeras adaptaciones, ha perdurado hasta la actualidad.

Fundado por universitarios catalanes y profundamente barcelonés en su esencia, el Espanyol se distinguió desde sus orígenes de otros clubes como el FC Barcelona, que ya entonces utilizaban el componente político como elemento aglutinador de masas. El RCDE por el contrario, ha cultivado históricamente una imagen plural, ajena a los vaivenes ideológicos y sociales. Su antiguo himno lo expresaba con meridiana claridad: “A pesar de tu grandeza, solo un club deportivo, el deporte es tu único objetivo”. Toda una declaración de principios que, en no pocas ocasiones, ha sido incomprendida en Cataluña.

Precisamente por ello, el club y su afición han sido percibidos como una incómoda anomalía para ciertos sectores del establishment catalán. Y ello a pesar de que en la masa social blanquiazul conviven, sin conflicto alguno, personas de toda condición social, ideología, origen o creencia. Tal vez sea esa heterogeneidad —esa falta de alineación con un discurso único— lo que verdaderamente incomoda a algunos: que el Espanyol, como institución y como comunidad, jamás se haya plegado a las presiones políticas, que no han sido pocas ni anecdóticas.

No hace falta un análisis especialmente profundo para comprender por qué el conjunto blanquiazul se siente, con razón, relegado por buena parte el poder establecido catalán, se del color que sea. Sin embargo, la cuestión que surge es otra: ¿por qué también desde el resto de España?

Cabe pensar que determinados sectores han asumido sin demasiada reflexión el relato difundido durante años por ciertos medios, en el que la afición perica es descrita como poco menos que un colectivo marginal, violento y antisocial. A raíz de la reciente polémica por los cánticos de “musulmán el que no bote” en el RCDE Stadium, periodistas de toda índole —de izquierda, derecha y centro— se han apresurado a condenar, de manera indiscriminada, al conjunto de la afición blanquiazul, obviando incluso que el Espanyol ni siquiera era el equipo que disputaba aquel encuentro en Cornellà.

Pero resulta siempre más sencillo señalar a un chivo expiatorio que detenerse a analizar el origen, el contexto o las motivaciones —si es que existen— de determinadas conductas.

El sentimiento del espanyolista lleva décadas forjándose en la resistencia: en la convicción de representar una alternativa frente a un modelo hegemónico que aspira a ser único. Sin embargo, cuesta comprender que incluso instituciones como la Real Federación Española de Fútbol incurran en dinámicas que alimentan esa sensación de agravio. Basta observar la tardía convocatoria de Joan García con la selección absoluta, pese a haber sido, en su etapa como perico, uno de los porteros más destacados del campeonato, decisión que provocó que el club perdiese la nada desdeñable cantidad de 5 millones de euros vinculados a su clausula de recisión.

O recordar decisiones arbitrales que han tenido consecuencias deportivas devastadoras, incluyendo descensos. O incluso atender a fenómenos como el denominado “pleno del VAR”: esa tendencia casi sistemática a que el árbitro rectifique tras revisar una jugada, salvo en contadas excepciones que, de forma llamativamente reiterada, han perjudicado al Espanyol. Esta temporada, de trescientas ocasiones, únicamente no se ha rectificado en tres de ellas; curiosamente, las tres veces en perjuicio del RCDE.

Demasiado a menudo, uno no puede evitar, como espanyolista, convivir con la sensación de que contra el Espanyol todo vale; que todo el mundo se atreve, salvo honrosas excepciones. Y, sin embargo, conviene recordar —y hacerlo alto y claro—, aunque a algunos les resulte imposible asumirlo, que no fue su afición quien mató a Manolete.


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