No es ninguna novedad que el RCD Espanyol y su afición han sido señalados sistemáticamente en Cataluña como proscritos e indeseables. Este fenómeno parece estar ligado, casi de manera intrínseca, a su propia historia.
Ya en 1931, diversas entidades catalanas suscribieron un manifiesto de adhesión al proyecto del Estatut de Núria, que proponía la configuración de Cataluña como un «Estado autónomo dentro de la República Española», una formulación que desató una notable controversia por sus evidentes connotaciones secesionistas. El RCDE no fue el único club de fútbol que decidió no adherirse a dicho documento; sin embargo, los medios de la época centraron sus críticas en el conjunto blanquiazul, al que reprocharon su voluntad de mantenerse neutral y al margen de la política.
Las razones de esta negativa se fundamentaban, principalmente, en la voluntad de preservar la neutralidad y la pureza deportiva del proyecto. La directiva del club, encabezada entonces por Genaro de la Riva, defendía que una entidad deportiva debía mantenerse al margen de las disputas políticas para evitar fracturas internas entre sus propios socios.
A ello se sumaba una arraigada tradición identitaria vinculada al título de “Real”, concedido por Alfonso XIII en 1912, momento en el que la entidad pasó a denominarse oficialmente Real Club Deportivo Español, incorporando además la corona real a su escudo. Durante la Segunda República (1931-1939), el club se vio obligado a renunciar tanto al título como a dicho símbolo, adoptando la denominación de Club Deportivo Español. Tras la Guerra Civil, recuperó su nomenclatura monárquica, que, con ligeras adaptaciones, ha perdurado hasta la actualidad.
Fundado por universitarios catalanes y profundamente barcelonés en su esencia, el Espanyol se distinguió desde sus orígenes de otros clubes como el FC Barcelona, que ya entonces utilizaban el componente político como elemento aglutinador de masas. El RCDE por el contrario, ha cultivado históricamente una imagen plural, ajena a los vaivenes ideológicos y sociales. Su antiguo himno lo expresaba con meridiana claridad: “A pesar de tu grandeza, solo un club deportivo, el deporte es tu único objetivo”. Toda una declaración de principios que, en no pocas ocasiones, ha sido incomprendida en Cataluña.
Precisamente por ello, el club y su afición han sido percibidos como una incómoda anomalía para ciertos sectores del establishment catalán. Y ello a pesar de que en la masa social blanquiazul conviven, sin conflicto alguno, personas de toda condición social, ideología, origen o creencia. Tal vez sea esa heterogeneidad —esa falta de alineación con un discurso único— lo que verdaderamente incomoda a algunos: que el Espanyol, como institución y como comunidad, jamás se haya plegado a las presiones políticas, que no han sido pocas ni anecdóticas.







