El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, había demostrado hasta este miércoles ser un hombre de hielo. Parecía que, como buen experto en resiliencia, era un hombre que era capaz de sobrevivir a todo: a los ataques de la oposición y de la prensa, a los influencers, a los gritos de la calle e incluso a los rumores más personales. Sin embargo, en su carta a la ciudadanía demostró por primera vez su lado más humano y que no era 'inmortal'. Que era una persona humana que también se quebraba con las informaciones que afectaban a su entorno familiar.
Empleados de Moncloa cuentan que el miércoles Sánchez llegó al Palacio con la cara desencajada. Las informaciones que empezaron a circular desde primera hora de la mañana de la apertura de diligencias contra su mujer Begoña Gómez por un presunto delito de tráfico de influencias le afectaron y en su rostro en el Congreso se pudo apreciar que algo no iba bien. Fuentes próximas a Sánchez aseguraban que en las últimas semanas el presidente no estaba siendo el mismo. Su habitual fortaleza, que parecía inmune a los golpes de la oposición y de los medios críticos, comenzaba a velar por su ausencia. Ni siquiera celebró a lo grande el crecimiento en las elecciones del País Vasco. El escándalo de su esposa, la captadora de fondos Begoña Gómez, que llevaba semanas copando todos los titulares de la prensa, comenzaba a minar su moral.







