Tiene cierta gracia e ironía observar cómo señoras – y señoros- de mediana edad,
pertrechadas tras el logo del puño y la rosa en sus perfiles de redes sociales, te mandan

Luisfer Castañeda
Tiene cierta gracia e ironía observar cómo señoras – y señoros- de mediana edad,
pertrechadas tras el logo del puño y la rosa en sus perfiles de redes sociales, te mandan
a "estudiar historia" con una condescendencia injustificable.
Hablan del año 36 y de nuestro pasado reciente, impartiendo lecciones magistrales
desde la comodidad de su sofá, con la superioridad moral de quien se cree de vuelta de
todo, utilizando un tono tan sentencioso y dogmático que pareciera que ellas mismas
hubieran estado allí, viviendo la época en las trincheras.
Resulta fascinante, casi desde un punto de vista psiquiátrico, recibir estas perogrulladas.
La biología es, desafortunadamente, innegable: resulta imposible imaginar a una
mujer—que debiera tener un mínimo de 110 años para saber de primera mano de lo que
habla— tecleando en un teléfono móvil de última generación para echar humo por las
orejas y vomitar consignas enlatadas en 280 caracteres. La arrogancia de la
ignorancia del socialismo es audaz. Desconocen que se dirigen con ese tono
perdonavidas a aquellos que llevamos años, incluso décadas, indagando por pura
hambre intelectual en los cimientos de nuestra historia, leyendo a los clásicos y
comprendiendo nuestro pasado mucho más de lo que ellas lo harán jamás; sencillamente
porque nunca han abierto un libro de historia que no viniera dictado y masticado por el
panfleto oficial de su partido (y timbrado con una hoz y martillo en la portada). Y es
que este profundo desconocimiento no solo produce un atrevimiento supino en internet,
sino que nos arrastra, inexorablemente, a revivir nuestros peores capítulos a una
velocidad de vértigo.
La crisis actual de Europa y concretamente España no es un mero bache coyuntural, ni
una mala racha económica que se solucione con unos Presupuestos Generales del
Estado; es un patrón cuasi matemático, que se repite con una exactitud que asusta a la
propia muerte. Ya lo diseccionaba y advertía Platón hace más de dos milenios en las
páginas de La República. El filósofo ateniense nos enseñó que cuando una democracia
se vacía de virtud, cuando pierde la razón, se acaba imponiendo
irremediablemente la tiranía. El demagogo de turno se alza prometiendo el paraíso
terrenal, regalando los oídos de una masa acrítica para, en realidad, someter al pueblo,
desmantelar los contrapesos del Estado y perpetuarse en el poder a cualquier precio.
Hoy vemos, en riguroso directo, cómo nuestro sistema institucional lleva más de una
década (por acción de unos y omisión de otros) degenerando exactamente bajo ese
mismo patrón clásico.
Pero la tragedia es también profundamente civilizatoria. Si analizamos la caída del
Imperio Romano, las similitudes aterran. Roma no colapsó por la pericia de sus
enemigos, sino por su decadencia moral y un devastador suicidio demográfico. Al
quedarse sin jóvenes por pura desidia y aversión a la responsabilidad, el Imperio
recurrió a los foederati: contingentes bárbaros pagados con tierras para sostener unas
fronteras que los romanos, aburguesados, ya no querían defender.
Hoy, nuestro continente repite el guion de forma aún más humillante. Sustituimos
nuestra falta de natalidad financiando la invasión de unos foederati modernos.
Contingentes masivos venidos de África que no comparten nuestra cultura, desprecian
nuestra historia y no tienen absolutamente nada en común con Occidente. Ya no les
pagamos con tierras, sino con hoteles de cuatro estrellas, sanidad y el festín inagotable
de las ayudas estatales. El progresismo nos vende que son los médicos e ingenieros que
sostendrán el Estado del bienestar, pero la realidad demuestra que, al igual que aquellos
bárbaros saquearon Roma, estos no serán los salvadores de Europa, ni mucho menos de
nuestra España. Su incompatibilidad cultural será la puntilla de una Europa
agotada.
Mientras regamos con millones a estos contingentes, el Estado comete la mayor
traición: relega al ciudadano español a la categoría de tercera. Desplegamos
presupuestos y facilidades para el que entra ilegalmente, mientras asfixiamos al que
lleva aquí toda la vida. Hemos creado un infierno fiscal e inmobiliario que hace
imposible a un joven emanciparse, estabilizar una pareja y, mucho menos, formar una
familia. Financiamos nuestra propia sustitución demográfica con los impuestos de
unos jóvenes a los que hemos robado el futuro.
Y si Roma rima con nuestro presente, la historia de nuestra nación calca el desastre de
1808. Vivimos una orfandad institucional idéntica a la claudicación de Carlos IV y
Fernando VII en las abdicaciones de Bayona. Aunque hoy tengamos a Juan Carlos I en
el exilio y a Felipe VI atado de pies y manos por el sistema, el artífice de este desastre
tiene el mismo perfil. Si entonces Manuel Godoy firmó la entrega de España por pura
sed de poder, hoy tenemos a nuestro Godoy particular: el traidor de la Moncloa. Un
presidente dispuesto a rendir la soberanía ante potencias extranjeras o el separatismo
golpista, entregando lo que somos, nuestra identidad, por alargar su estancia en el
colchón presidencial un poquito más.
Tenemos los desechos democráticos de la era de Platón, la invasión financiada de la
Roma decadente, el suicidio de nuestra juventud y la traición de Bayona operando desde
Moncloa. Todo al mismo tiempo. Una tormenta perfecta jaleada por quienes, con la rosa
en la mano y la ignorancia por bandera, aplauden como la plebe anestesiada en el
Coliseo nuestra propia destrucción.
Definitivamente, quienes no conocen su historia están dolorosamente condenados a
repetirla.