Lo que debería haber sido una dimisión inmediata y una puesta a disposición de la justicia, fue una huida hacia adelante con tintes de tragicomedia. Como siempre, ni una palabra de autocrítica. Ni una mínima asunción de culpa. Lo que sí hizo fue señalar al adversario, calumniar a los jueces, agitar el espantajo de la ultraderecha y —en una de las escenas más bochornosas que se recuerdan en la política española reciente— acabar la comparecencia afirmando, con tono melodramático, que “son las cinco de la tarde y no he comido”.
¿Este es el estadista que iba a dignificar la vida pública? ¿Este es el regenerador? ¿El defensor del Estado de derecho? No. Este es el máximo responsable de una organización que empieza a ser calificada como criminal por la Guardia Civil. El responsable del partido que ha expulsado a José Luis Ábalos y que ha visto cómo Santos Cerdán, su sustituto y mano derecha, entregaba su acta de diputado entre la sospecha de financiación ilegal y sobornos. Si, como afirma Sánchez, todo es mentira y nada es cierto, ¿por qué ha tenido que expulsar al primero y sacrificar al segundo?
La realidad es que la credibilidad de Sánchez está agotada. Ya ni siquiera sus bases lo sostienen con el entusiasmo de antaño. Cada día son más los militantes del PSOE que reconocen en voz baja que su líder ha convertido al partido en una estructura de poder clientelar, rodeado de familiares, comisionistas, fontaneras, chiringuitos, jetas y porteros de prostíbulos. No queda ni rastro de aquel PSOE que prometía ética, regeneración y justicia social. Por cierto, promesas que en toda su larga historia no cumplió. Lo que queda es un solar político devastado por la mentira, el sectarismo y la corrupción más obscena.
La estrategia de Sánchez es clara: aguantar. Como sea. Resguardarse tras cortinas de humo, alimentar el relato del asedio, del ataque de las “fuerzas ultra”, y convertir cualquier crítica legítima en una amenaza a la democracia. Lo que pretende no es otra cosa que blindarse frente a la justicia a través del poder. No dimite porque sabe que fuera de Moncloa no hay blindaje posible. Ya no se trata de política, sino de supervivencia.
Pero el tiempo juega en su contra. Los informes de la UCO son cada vez más demoledores. Las revelaciones de testigos y las conversaciones intervenidas evidencian que lo que hay no es un caso aislado, ni un garbanzo negro. Lo que hay es un sistema perfectamente organizado para lucrarse desde lo público. Una red en la que aparece implicado todo el aparato del PSOE, desde ministros hasta asesores, desde diputados hasta directores generales. Y todo ello con el conocimiento —y probablemente con el beneplácito— del mismísimo presidente del Gobierno.