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Cuando nuestros padres empezaron a hacerse mayores

Cuando nuestros padres empezaron a hacerse mayores
por EDATV
25 de octubre de 2026 a las 09:55
opinion

La opinión de Javier García Isac

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No recuerdo cuándo empezó.

Y quizá ésa sea precisamente la parte más dolorosa.

Nuestros padres no envejecen un martes a las cinco de la tarde.

No recibimos una llamada avisándonos.

No existe una fecha que podamos señalar en el calendario.

Simplemente sucede.

Despacio.

Casi en silencio.

Hasta que un día los miramos y descubrimos algo que llevábamos mucho tiempo negándonos a ver.

Nuestros padres se han hecho mayores.

Aquellos hombres y mujeres que durante nuestra infancia parecían saberlo todo empiezan a preguntarnos cosas.

Los que nos llevaban de la mano ahora caminan algo más despacio.

Los que nos decían que tuviéramos cuidado empiezan a escuchar de nosotros las mismas palabras.

—Ten cuidado.

—Llámame cuando llegues.

—¿Has tomado las pastillas?

—No vayas solo.

Y entonces ocurre algo extraño.

Escuchamos nuestra propia voz y reconocemos la suya.

La vida acaba de darle la vuelta a la mesa sin pedir permiso.

Durante muchos años creemos que nuestros padres no tienen edad.

La tienen los padres de los demás.

Los nuestros no.

Los nuestros simplemente son nuestros padres.

Están ahí.

Como estaba nuestra casa.

Como estaba la calle donde crecimos.

Como estaba aquella fotografía encima de un mueble.

Forman parte del paisaje permanente de nuestra existencia.

Hasta que descubrimos que ningún paisaje es permanente.

De niño, mi padre podía arreglar cualquier cosa.

Al menos eso creía yo.

Una persiana.

Un enchufe.

Una bicicleta.

Un problema.

No importaba demasiado cuál fuera.

Los padres de nuestra generación tenían esa extraña cualidad de transmitir seguridad incluso cuando probablemente tampoco sabían muy bien qué estaban haciendo.

Nosotros no lo sospechábamos.

Para un niño, su padre no duda.

Su padre sabe.

Y su madre siempre encuentra aquello que nadie consigue encontrar.

—Mamá, ¿dónde está...?

Y aparecía.

No sé cómo lo hacían.

Quizá las madres tenían acceso a una dimensión desconocida de los armarios.

También sabían cuándo estábamos enfermos antes de que nosotros lo supiéramos.

Sabían cuándo mentíamos.

Eso, sobre todo.

Podías preparar durante horas una explicación perfecta.

Llegabas a casa.

Pronunciabas tres palabras.

Y tu madre decía:

—No me mientas.

Fin de la operación.

Toda una estrategia de inteligencia desmontada en diez segundos.

Aquellos padres no eran perfectos.

Conviene decirlo.

Tampoco quiero convertir nuestra infancia en un anuncio antiguo.

Se equivocaban.

Perdían la paciencia.

Algunas veces eran demasiado duros.

O demasiado protectores.

No siempre sabían decir «te quiero».

Especialmente muchos padres de una determinada generación.

Habían sido educados de otra manera.

El cariño no siempre se pronunciaba.

Se hacía.

Estaba en levantarse temprano para ir a trabajar.

En llevarte al colegio.

En esperar despierto hasta que regresaras.

En dejarte el dinero que necesitabas diciendo que ya se lo devolverías.

En fingir que no pasaba nada cuando seguramente pasaban muchas cosas.

Nuestros padres pertenecieron a una generación que hablaba menos de sentimientos pero realizó enormes demostraciones de amor sin ponerles nombre.

Quizá por eso tardamos tanto en comprenderlas.

Cuando somos jóvenes, nuestros padres estorban un poco.

Forma parte de la vida.

Preguntan demasiado.

Quieren saber dónde vamos.

A qué hora volveremos.

Con quién.

Por qué.

Siempre por qué.

Nosotros queremos escapar.

Cerrar la puerta.

Conquistar nuestra independencia.

Nos molesta que llamen.

Nos molesta que aconsejen.

Nos molesta que tengan opinión sobre nuestra vida.

Y ellos nos observan marcharnos sabiendo algo que nosotros todavía ignoramos:

que llegará un día en que daríamos cualquier cosa por volver a escuchar algunas de aquellas preguntas.

La vida tiene un sentido del humor bastante cruel.

Pasamos la juventud intentando alejarnos de nuestros padres y buena parte de la madurez intentando recuperar el tiempo que no estuvimos con ellos.

Después llegan los hijos.

Y empezamos a comprender.

Un día repetimos una frase que juramos que jamás pronunciaríamos.

—Mientras vivas en esta casa...

Y nos detenemos.

Dios mío.

Nos hemos convertido en nuestro padre.

Otro día decimos:

—Coge una chaqueta, que refresca.

Nuestra madre acaba de reaparecer dentro de nosotros.

Y comprendemos que aquellas frases que tanto nos irritaban no eran necesariamente ganas de controlar nuestra vida.

Muchas veces eran miedo.

Miedo a que nos ocurriera algo.

Miedo a que sufriéramos.

Miedo a no poder protegernos.

Sólo cuando tenemos alguien a quien proteger entendemos el miedo de nuestros padres.

Pero mientras nosotros descubrimos todo eso, ellos continúan envejeciendo.

Primero son pequeñas cosas.

La letra del restaurante está demasiado pequeña.

—Aquí no se ve nada.

Naturalmente, la culpa es del restaurante.

Después suben el volumen de la televisión.

—Estos actores hablan fatal.

La culpa es de los actores.

Un día observamos que tardan un poco más en levantarse de una silla.

Que buscan una barandilla al bajar unas escaleras.

Que preguntan dos veces lo mismo.

Que aquella maleta que antes cogían sin pensar ahora pesa demasiado.

Son detalles.

Pequeñísimos.

Pero nosotros los vemos.

Y hacemos como que no.

Porque reconocer que nuestros padres envejecen significa aceptar algo bastante más incómodo.

Nosotros también.

Mientras nuestros padres fueron jóvenes, una parte de nosotros siguió sintiéndose joven.

Ellos constituían la generación anterior.

La primera línea.

Nosotros todavía estábamos detrás.

Pero cuando empiezan a hacerse mayores descubrimos que hemos avanzado una posición en la fila.

Y delante cada vez queda menos gente.

No nos gusta pensarlo.

Por eso seguimos tratándolos algunas veces como si tuvieran la edad que tenían hace veinte años.

—Papá, no hagas eso.

—¿Y por qué no?

Porque sigue siendo tu padre.

Y un padre no acepta fácilmente que su hijo le explique qué puede o no puede hacer.

Ahí comienza una de las etapas más delicadas del amor.

Cuidar sin humillar.

Ayudar sin hacer sentir inútil.

Estar pendiente sin convertir la preocupación en una cárcel.

Nuestros padres nos dieron autonomía poco a poco.

Ahora quizá nos corresponda hacer exactamente lo contrario con una delicadeza infinita.

Y no siempre sabemos.

Nos desesperamos.

—Pero si te lo expliqué ayer.

Y justo después nos arrepentimos.

Porque recordamos las cientos de veces que ellos tuvieron que explicarnos a nosotros cómo atarnos los zapatos.

Cómo comer.

Cómo cruzar una calle.

Cómo montar en bicicleta.

Cómo hacer prácticamente todo.

Nosotros repetíamos la misma pregunta cincuenta veces.

Ellos contestaban.

Ahora nuestros padres preguntan cómo funciona el teléfono.

Dónde tienen que pulsar.

Qué contraseña era.

Por qué ha desaparecido algo de la pantalla.

Y nosotros tenemos prisa.

Siempre tenemos prisa.

Quizá deberíamos recordar que ellos también la tuvieron.

Y se detuvieron por nosotros.

Hay algo especialmente conmovedor en ver a nuestros padres enfrentarse al mundo tecnológico.

Personas que atravesaron una vida entera.

Que criaron hijos.

Que trabajaron cuarenta años.

Que superaron enfermedades, dificultades económicas, pérdidas y problemas que nosotros quizá nunca llegamos a conocer completamente.

Y de repente una aplicación bancaria consigue hacerlos sentir torpes.

—Déjalo, hazlo tú.

Esa frase me produce tristeza.

Porque hubo un tiempo en que éramos nosotros quienes decíamos exactamente lo mismo.

—Papá, hazlo tú.

Y él lo hacía.

Quizá por eso deberíamos tener más paciencia.

No sólo con nuestros padres.

Con todos los mayores.

Hemos construido una sociedad que cambia a una velocidad extraordinaria y después culpamos a los ancianos por no correr suficientemente deprisa.

Digitalizamos bancos.

Administraciones.

Citas médicas.

Billetes.

Recibos.

Comunicaciones.

Y colocamos delante de una pantalla a personas que durante setenta u ochenta años aprendieron a relacionarse con seres humanos.

Después decimos que tienen una brecha digital.

Como si la culpa fuera suya.

Algunas veces el progreso tiene muy poca educación.

No espera a nadie.

Y nuestros padres merecen que nosotros esperemos por ellos.

Porque ellos esperaron.

Esperaron nuestros primeros pasos.

Nuestra primera palabra.

Nuestra salida del colegio.

Nuestro regreso de una fiesta.

Nuestra llamada.

Nuestros resultados.

Esperaron durante media vida a que nosotros creciéramos.

Ahora quizá nos toca caminar un poco más despacio.

Hay otro momento.

Mucho más difícil.

El hospital.

De repente vemos a nuestro padre en una cama.

O a nuestra madre.

Con aquella bata que iguala a todos los seres humanos.

Y algo se rompe dentro.

Porque los hospitales destruyen durante unas horas la ficción de la invulnerabilidad.

Aquel hombre enorme de nuestra infancia parece más pequeño.

Aquella mujer capaz de sostener una familia entera necesita ayuda para levantarse.

Y nosotros intentamos mantener la normalidad.

Hablamos.

Hacemos bromas.

Decimos que todo irá bien.

Exactamente como ellos hacían con nosotros.

Y entonces comprendemos definitivamente que los papeles han cambiado.

Ya somos nosotros quienes intentamos transmitir seguridad.

Aunque tengamos miedo.

Sobre todo cuando tenemos miedo.

Hay una pregunta que llega inevitablemente:

¿aproveché suficiente el tiempo?

Y la respuesta casi siempre es no.

Porque nunca parece suficiente.

Podríamos haber llamado más.

Visitado más.

Preguntado más.

Escuchado más.

Sobre todo escuchado.

Nuestros padres repiten historias.

Es verdad.

Algunas las hemos oído veinte veces.

—Sí, papá, ya me lo contaste.

Quizá la próxima vez deberíamos dejarlo continuar.

Porque llegará un día en que pagaríamos cualquier cosa por escuchar la historia número veintiuno.

Además, cuando un anciano repite una historia no siempre está repitiendo información.

Está regresando a un lugar.

A su juventud.

A sus padres.

A un trabajo.

A un viaje.

A una novia.

A una España que ya no existe.

Cuando nuestros padres cuentan recuerdos nos están entregando pequeños pedazos de un mundo que desaparecerá con ellos.

Y nosotros deberíamos escuchar.

Preguntar.

¿Cómo era el abuelo?

¿Cómo conociste a mamá?

¿Qué hiciste con tu primer sueldo?

¿Dónde ibais los domingos?

¿Qué música escuchabais?

¿De qué tenías miedo?

Hay preguntas que sólo podemos hacer mientras alguien está aquí para responderlas.

Después quedan las fotografías.

Y demasiadas preguntas sin respuesta.

¿Quién es este hombre que aparece junto al abuelo?

¿Dónde se hizo esta foto?

¿Por qué estabais allí?

Nadie lo sabe.

La persona que lo sabía ya no está.

Una familia también pierde archivos cuando mueren sus mayores.

Por eso deberíamos hablar con ellos.

No sólo cuidarlos.

Conocerlos.

Porque existe un descubrimiento extraordinario que hacemos demasiado tarde:

nuestros padres tuvieron una vida antes de nosotros.

Parece evidente.

Pero de niños no podemos imaginarlo.

Nuestra madre fue una muchacha.

Nuestro padre tuvo veinte años.

Se enamoraron.

Tuvieron amigos.

Cometieron estupideces.

Bailaron.

Viajaron.

Sintieron miedo.

Soñaron con cosas que quizá nunca consiguieron.

Hubo un tiempo en que no eran «papá» y «mamá».

Eran simplemente ellos.

Con nombres propios.

Con toda una vida por delante.

Y nosotros llegamos después.

Quizá una de las cosas más hermosas que podemos hacer cuando envejecen sea devolverles un poco esa identidad.

No tratarlos únicamente como ancianos a los que debemos cuidar.

Preguntarles quiénes fueron.

Qué querían.

Qué recuerdan.

Qué echan de menos.

Algunas veces pienso que envejecer debe de ser una experiencia extraña.

Por dentro quizá seguimos teniendo treinta años.

Pero el espejo insiste en contar otra historia.

Los amigos empiezan a faltar.

Los hermanos faltan.

Los lugares conocidos cierran.

Las calles cambian.

Los actores de nuestra juventud aparecen en la sección de obituarios.

Y cada vez hay menos personas que recuerdan exactamente el mismo mundo que nosotros.

Debe de ser difícil.

Por eso quizá nuestros padres necesitan algo más que medicamentos, médicos y seguridad.

Necesitan sentirse todavía parte de nuestra vida.

No una obligación.

No una visita que debemos tachar de la agenda.

Parte de nuestra vida.

Preguntarles su opinión aunque luego hagamos otra cosa.

Contarles nuestros problemas aunque ya no puedan solucionarlos.

Invitarlos aunque sepamos que quizá digan que no.

Hacerles sentir que todavía tienen un lugar en la mesa.

Porque uno empieza a morir un poco cuando siente que ya no hace falta para nada.

Nuestros padres no necesitan ser imprescindibles.

Pero sí necesitan seguir siendo importantes.

Y nosotros también necesitamos que lo sean.

Aunque algunas veces no lo comprendamos hasta que es demasiado tarde.

La vida avanza de una manera despiadadamente sencilla.

Primero caminamos agarrados a su mano.

Después caminamos a su lado.

Más tarde caminamos delante y nos giramos para comprobar que vienen.

Hasta que un día tenemos que ofrecerles nuestro brazo.

Ese gesto contiene una vida entera.

La mano que nos sostuvo ahora se apoya en nosotros.

No hay derrota en ello.

Hay continuidad.

Eso es una familia.

Unos cuidando a otros mientras cambia la dirección del cuidado.

Quizá por eso no deberíamos sentir únicamente tristeza cuando nuestros padres envejecen.

También gratitud.

El privilegio de poder cuidarlos significa que todavía están.

Todavía podemos llamar.

Todavía podemos preguntar.

Todavía podemos escuchar la misma historia.

Todavía podemos discutir.

Todavía pueden decirnos que comemos mal.

Todavía pueden preguntarnos si hemos llegado.

Mientras puedan hacerlo, seguimos teniendo algo que millones de personas darían cualquier cosa por recuperar durante cinco minutos.

Un padre.

Una madre.

No importa la edad que tengamos.

Cuando nuestros padres están, existe todavía algún lugar donde seguimos siendo hijos.

Y quizá ésa sea una de las sensaciones más reconfortantes de la vida.

Puedes tener cincuenta.

Sesenta.

Setenta años.

Haber dirigido empresas.

Criado hijos.

Escrito libros.

Tomado decisiones importantes.

Pero cruzas aquella puerta y alguien pregunta:

—¿Has comido?

Y durante un instante vuelves a tener diez años.

No sé cuándo nuestros padres empezaron a hacerse mayores.

Quizá fue mientras nosotros estábamos demasiado ocupados haciéndonos mayores también.

Trabajando.

Criando hijos.

Pagando hipotecas.

Corriendo.

Siempre corriendo.

Hasta que un día nos detuvimos y los vimos.

De verdad.

Las canas.

Las manos.

El paso más lento.

La mirada.

Y comprendimos.

Ojalá no esperemos demasiado para hacerlo.

Porque el tiempo posee una costumbre terrible:

nos hace creer que todavía queda mucho hasta que un día descubrimos que ya ha pasado casi todo.

Así que llama.

Ve a verlos.

Siéntate.

Pregunta.

Escucha.

Déjale contar otra vez aquella historia.

No mires el reloj.

No tengas tanta prisa.

Ya habrá tiempo para todo lo demás.

Y cuando camine más despacio, camina tú también más despacio.

No tires de él.

No le recuerdes constantemente lo que ya no puede hacer.

Recuerda todo lo que hizo cuando tú no podías hacer nada.

Quizá cuidar a nuestros padres cuando envejecen sea simplemente devolverles, muy poco a poco, una parte diminuta de todo aquello que recibimos sin darnos cuenta.

Ellos nos enseñaron a caminar.

Y llega un momento en la vida en que nos corresponde algo mucho más difícil y mucho más hermoso:

acompañarlos mientras sus pasos se hacen más lentos.


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