El sanchismo ha cruzado todas las líneas rojas. En su desesperación por tapar el hedor insoportable de su corrupción, ha decidido acusar, sin pruebas y con bulos burdos, a los únicos que todavía protegen la legalidad en este país: la Guardia Civil y, en particular, a la Unidad Central Operativa (UCO). Lo que estamos viendo no es una estrategia política; es una operación de guerra psicológica desde el poder, digna de una dictadura bolivariana, donde se criminaliza a los que investigan y se blanquea a los verdaderos criminales.
Hace apenas unos días, los sicarios mediáticos del régimen —con “El Plural” como punta de lanza y la altavoz oficial del Gobierno, Silvia Intxaurrondo, desde la televisión pública— lanzaban un bulo tan infame como miserable: que un capitán de la Guardia Civil, Vicente Bonilla, ex miembro de la UCO y actualmente trabajando para la Comunidad de Madrid, había hablado de colocar una bomba lapa a Pedro Sánchez. Lo que no cuentan, y lo que de hecho ocultan de forma deliberada, es que esos audios han sido manipulados, recortados y tergiversados, y que el contexto era exactamente el opuesto: la preocupación porque el entorno de Sánchez pudiera utilizar a sicarios venezolanos para provocar un atentado, crear una falsa bandera y culpar a la oposición.
Sí, han leído bien. Porque aquí los únicos que colocaban bombas lapa eran los socios de Pedro Sánchez: Bildu, los herederos de ETA, esos con los que pacta los presupuestos y la impunidad. No lo decimos nosotros, lo dice la hemeroteca y la sangre vertida en las calles durante décadas.
Es el mundo al revés: los que apoyaban a los que ponían bombas, ahora se atreven a acusar a los que las desactivaban. La Guardia Civil, humillada y perseguida. La UCO, desprestigiada. Y Vicente Bonilla, que ha servido con honor a su país, ahora convertido en cabeza de turco por el simple hecho de trabajar en una administración del Partido Popular.
Los autores de la calumnia no son unos cualquiera. Es el mismísimo gobierno, con su vicepresidente María Jesús Montero y la vocera del mismo gobierno y ministra de educación Pilar Alegria a la cabeza, que deberían saber que en un Estado de Derecho calumniar, acusar falsamente y propagar bulos tiene consecuencias penales. ¿Dónde está la querella de Vicente Bonilla? ¿Dónde está la respuesta de la Comunidad de Madrid? Si algo de dignidad queda en nuestras instituciones, esto no debería saldarse con un simple comunicado de prensa: debe saldarse con querellas, dimisiones y sentencias.
Porque lo que el Gobierno está haciendo no es sólo calumniar. Es intentar justificar la represión futura. Es preparar el terreno para la censura total, para la “ley contra los bulos”, que no se aplicará a quienes lanzan falsedades desde la Moncloa, sino a quienes las desmontamos desde la calle, los medios libres y las redes.







