La única posibilidad de cambiar las cosas que nos afectan es que cambiemos nosotros primero. Hace años que acepté este precepto y lucho a diario para no olvidarlo. Entreno para ello porque no es fácil. Igual que el gimnasio tonifica el cuerpo, me obligo a entrenar la mente para no claudicar en los preceptos establecidos, no arrodillarme ante las consignas más cacareadas. Transmitir como papagayos lo que nos cuentan sin entenderlo, es participar y contribuir al caos. ¿Cómo sino atreverme a escribir mi opinión con el objetivo de conseguir reflexión en quien me lee, si no soy primero capaz de aceptar que puedo ser yo el equivocado?. El tenebroso túnel al que nos conduce el dilema de la vivienda paraliza mi alegre y resuelto teclear en busca de los adjetivos adecuados, consciente de lo fácil que es la solución, pero el poco interés por llevarla a cabo por quienes tienen la obligación, sin embargo entregados a la propulsión del conflicto. ¿Ignorancia o maldad?. Es aquí cuando pongo en valor la capacidad de quien lo explica sin alterarse aunque su reflexión no llegue al gran público. También esto está medido. ¿Sabías que el 80% de los caseros de este país están contentos con sus inquilinos y viceversa?
Me sorprende la desmesurada cantidad de gente que a diario publica en sus redes esas reflexiones seleccionadas al azar que se adaptan a lo que suponen hacen bien y el mundo les debe. Miles de gráficos con frases hechas, vídeos cortos con lemas mágicos... El ánimo que les conduce a este rápido clic, no les permite ver que al observarlas con detenimiento, se concluye con excelsa rapidez que servirían tanto para quien la comparte como para quien deseas zaherir. Nada se publica con otro fin. Buscamos enfrentar nuestros miedos camuflados en escaparates que se dirigen punzantes en busca del presunto causante de la desazón. ¿Nos paramos en algún momento a pensar que quizás no tengamos razón?
La vivienda y el caos al que se conduce a una sociedad que se enfrenta, de manera desquiciante, al enemigo equivocado, fruto de su incultura e ignorancia, fruto a su vez del abandono durante años de la inversión educativa, es el motivo que me ha traído hasta aquí. Pero hay más. Mucho más, porque cuando se baja al fondo y se bucea con calma, tan culpable es el político psicópata consciente de su perversión con el único propósito de continuar en el poder, como el camarero que se apropia las propias del plato importándole bien poco que el cocinero, merecedor de su parte, no puede hacer lo mismo.
Conduces por una carretera y todos vienen contra ti. ¿Será posible que no se den cuenta del peligro que pueden causar?... Al pasear de un lluvioso día me encuentro dos de estos conductores. Un primer vídeo con la reflexión que permite desquitar la desazón de un malherido sin valorar que es también perfecta para quien recibe el dardo virtual. Sencillo bumerán. Y una conversación donde una amiga concluye que todos los hombres son iguales después de años de incomprensión, sin pararse a pensar que quizás sea ella el problema. En ningún caso me atrevo a contradecirlas...
Cuando Sánchez llegó a la Moncloa España tenía muchos problemas. Siempre los ha tenido. No es lo importante, sino entender que hoy, ocho largos años después, no sólo tiene muchos más, sino que estamos cerca de reverdecer tiempos que creíamos tan olvidados que nos resulta impensable pudieran regresar. No entender que seguir jugando a la ruleta rusa de la vivienda, sólo por la maquiavélica necesidad de seguir en el poder, engañando a la gente y aprovechando su ignorancia, es algo tan peligroso, como no entender que quien se queda en la calle, sin techo, y con la familia debajo de cartones, ya no tiene nada que perder. Multiplicado eso por cientos de miles, se llama revolución. Es el sendero que recorremos.
No soy ningún especialista. Seguro que tú tampoco. No es necesario. Si suprimes la seguridad jurídica, el propietario de la vivienda se asusta, la retira del mercado o la convierte en turística, que está en su derecho. Está todo explicado. ¿La solución?, extirpar el tumor creado, retirando la vergonzosa Ley que suprime la libertad de la propiedad, volviendo a dotarles, como siempre ha sido, de seguridad jurídica. Si el inquilino no paga, se le desaloja, y si necesita asistencia, la Constitución recuerda que es el estado quien debe ayudarle. De inmediato volverían al mercado medio millón de viviendas que no han desaparecido, simplemente se han cerrado, y los precios bajarían a la mitad. ¿Tan difícil es esto de entender?. Sabemos que no. Simplemente no hay voluntad. Comunismo o libertad. Lamentablemente es así, y no es nuevo, la historia se repite, y si la ignoras nos toca volver a sufrirla. Está pasando.