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Veinticinco años haciendo cuentas en España

Veinticinco años haciendo cuentas en España
por EDATV
5 de octubre de 2026 a las 08:11
opinion

Por Jota Camacho

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Tal día como hoy, hace un cuarto de siglo, llegué a España con veintipocos años y una maleta, buscando dos cosas que en Colombia no veía claras: un trabajo estable y un sitio donde construir una vida. Aquí trabajé, me equivoqué, volví a empezar y formé una familia. Mis dos hijas, de veinte y quince años, nacieron aquí. Tengo DNI español, pago mis impuestos y llevo la bandera de España en la muñeca, junto a la de Colombia. Y me encanta el jamón y un buen Ribera, que, si leéis entre líneas, es lo más importante de este párrafo.

En veinticinco años nunca he sufrido racismo, y sé por qué. Vine a sumarme, no a vivir aparte. Eso también se paga. Algunos, incluso de mi familia, me dicen españolete, el insulto que se reserva al latinoamericano que se integra. En redes me llaman facha y me amenazan de muerte a diario; el día que no pasa, mi mujer me dice que mi artículo ha sido demasiado suave. Eso lo llevo bien. Lo que me cuesta es comparar el país que me encontré con el de ahora. Y como soy más de números que de letras, voy a echar cuentas.

Cuando iba a nacer mi primera hija, compré algunas revistas de esas que te enseñan a ser padre. En una leí que el primer año de un bebé costaba ocho mil euros. Yo vivía en Fuenlabrada por aquel entonces y a final de mes me sobraban trescientos euros en la cuenta. Pensé que aquello lo había escrito alguien de La Moraleja o de Pozuelo. Apunté cada gasto durante un año y efectivamente Salieron 8.500 euros. Con mi segunda hija, aun teniendo ya la cuna alguna ropa, el excel volvió a pasar de ocho mil. Un bebé no entiende de códigos postales.

Esa misma cuenta cada vez le sale a menos gente. En 2014 nacieron en España 427.595 niños; el año pasado, 321.164. Cien mil cunas menos al año. Cada mujer tiene de media 1,1 hijos, cuando harían falta 2,1 para que el país se sostuviera sin llegadas de fuera, y uno de cada tres bebés tiene ya una madre extranjera. Las que llegan siguen teniendo hijos; las familias de aquí, cada vez menos. Y eso dice más de nosotros que de ellas.

Las razones las sabemos. Comprar una casa exige hoy una hipoteca que no te conceden; en 1995 bastaban una nómina normalita. En ese tiempo, el salario medio apenas ha subido un 6%. Los jóvenes se independizan a los treinta, casi cuatro años más tarde que la media europea, y por el camino nos hemos impuesto un orden sagrado: primero la carrera, después el máster, los viajes, el coche y la reforma del piso. El hijo, para cuando todo eso esté hecho, que a veces es nunca. Con sueldos decentes y casas al alcance, nadie tendría que elegir. Vivienda y natalidad deberían estar en el mismo ministerio.

En estos veinticinco años han gobernado Aznar, Zapatero, Rajoy y Sánchez. La vivienda ha subido con los cuatro. Solo bajó con una crisis que dejó más de seis millones de parados, y hoy ya está por encima de los precios de la burbuja. A quien tanto habla de la familia en los mítines le recuerdo que defenderla desde un atril sale gratis. Lo caro es pagar a la vez alquiler y guardería con veintiocho años.

Hay otra cuenta que tampoco sale, y de ella escribo en mis novelas: la de hombres y mujeres. Recién llegado, salía de marcha por Getafe: conocías a una chica, le pedías el teléfono y, con suerte, ligabas. Hoy muchos chavales ven en una chica el riesgo de una noche en el calabozo, y muchas chicas han crecido oyendo que cualquier hombre es un agresor en potencia. El maltrato existe, contra mujeres y contra hombres. Sé lo que es pasar una noche en un calabozo sin haber hecho nada. De una noche así se sale desconfiando. La protección de las víctimas y la eliminación de la presunción de inocencia caben en la misma ley; cada vez que alguien las enfrenta, crece la sospecha. Y con sospecha se forman pocas familias.

El hueco que dejan los hijos que no tenemos lo está llenando gente que llega de fuera. Gente como yo. Pero unos se integran y otros no. El año que llegué, el padrón contaba 1,37 millones de extranjeros. Hoy son 7,4 millones, y los nacidos fuera pasan de diez millones: uno de cada cinco residentes.

Al lector de izquierdas le pido que piense en algo. La izquierda nació para defender al que vive de su sueldo. Si siempre hay alguien dispuesto a servir mesas o cuidar a un anciano por menos dinero, ¿de verdad eso no tiene nada que ver con que esos sueldos no suban? La presión sobre el alquiler y el centro de salud no se nota en La Moraleja. Se nota en Fuenlabrada. Y allí la notan antes que nadie los inmigrantes que llegaron hace años y no se integraron.

Al de derechas le pido lo mismo. Las regularizaciones masivas no son cosa de un solo partido: la de este año la ha aprobado Sánchez, pero Aznar regularizó a más de medio millón de personas. La indignación suele depender de quién firme el decreto.

Yo defiendo una inmigración ordenada y legal, ligada a los trabajos que de verdad faltan, con un cupo que se cumpla y gente que aporte más de lo que cuesta a las arcas del estado. Pero entrar es solo la mitad. La otra mitad es integrarse, y eso no lo da el DNI. Pongo el ejemplo con colombianos, que son los míos, para que nadie diga que solo señalo a los que no comen jamón. Si un chaval nace en Madrid de padres colombianos y en su casa solo se ve la tele colombiana, solo pisa restaurantes colombianos y cada euro que gana lo manda a Colombia, tendrá DNI español, pero me cuesta llamarlo español si no aporta a la economía circulante del país que lo acoge.

Cuando vas de visita a casa de alguien, aceptas sus normas y no impones las tuyas. Te sientas donde te dicen, comes lo que te ponen. Si en esa casa se bendice la mesa, esperas con la cuchara quieta, aunque tú no reces. España es esa casa. Tiene campanas que llaman a misa, procesiones en Semana Santa, belén en Navidad y una Constitución que hace iguales a hombres y mujeres. Rezar a otro dios, o a ninguno, es un derecho; pedir que aquí callen las campanas, no. Y si con los años esa casa acaba siendo también la tuya, como me pasó a mí, será porque antes la respetaste. Si pensar así me convierte en un españolete facha, lo soy con orgullo.

Hace veinticinco años hice la maleta porque aquí había futuro. Hoy muchos chavales españoles bien preparados la hacen en sentido contrario. Cuando lo pienso, me acuerdo de mis hijas; la mayor ya casi tiene la edad que tenía yo al llegar. Ojalá el día que abran su propio Excel, como hice yo en Fuenlabrada, la cuenta les salga aquí.


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