Sí, a España.
A aquella España que algunos llevan décadas describiéndonos exclusivamente en blanco y negro, atrasada, aislada del mundo y encerrada sobre sí misma. Debía de ser un aislamiento bastante peculiar, porque por nuestros aeropuertos aparecían Charlton Heston, Sophia Loren, Ava Gardner, David Niven, Rita Hayworth, John Wayne, Claudia Cardinale, Alec Guinness, Omar Sharif y buena parte de la aristocracia cinematográfica de aquellos años.
El 4 de octubre de 1923 nació Charlton Heston. Y recordar su nacimiento es una magnífica excusa para recordar también una determinada forma de entender el cine y una etapa extraordinaria de nuestra propia historia cinematográfica.
Heston pertenecía a una especie prácticamente extinguida.
Era un actor construido para la épica.
Tenía rostro, voz, presencia y esa extraña cualidad que poseen determinados intérpretes capaces de llenar la pantalla simplemente entrando en plano. Podía ser Moisés en Los diez mandamientos, Judá Ben-Hur, Rodrigo Díaz de Vivar, Miguel Ángel o el coronel George Taylor de El planeta de los simios.
Precisamente por Ben-Hur consiguió el Óscar al mejor actor.
Pero para los españoles Charlton Heston tiene una significación especial.
Cuando España era Hollywood
Heston llegó a nuestro país para protagonizar una de aquellas películas que hoy resultaría casi imposible imaginar: El Cid.
Samuel Bronston había comprendido algo que quizá nosotros mismos no supimos valorar suficientemente: España podía convertirse en uno de los grandes platós cinematográficos del mundo.
Aquí había paisajes, monumentos, luz, técnicos, artesanos, especialistas, extras y capacidad para levantar decorados monumentales. Bronston estableció su centro de operaciones en Madrid y convirtió durante unos años los alrededores de la capital en una sucursal de Hollywood.
El Cid, estrenada en 1961, reunió a Charlton Heston y Sophia Loren bajo la dirección de Anthony Mann. Después llegarían 55 días en Pekín, La caída del Imperio Romano, Rey de reyes o El fabuloso mundo del circo. La Academia de Cine recuerda aquella época como un auténtico desfile de estrellas internacionales que pasaban largas temporadas en nuestro país.
Y detrás de las estrellas había algo que algunas veces olvidamos: profesionales españoles.
Decoradores, maquilladores, peluqueros, constructores, carpinteros, electricistas, especialistas, sastres, técnicos y miles de figurantes españoles participaron en aquellas películas. Gil Parrondo, que terminaría conquistando dos Óscar, recordaba que prácticamente todos los técnicos de aquellas producciones eran españoles.
Aquello también era industria española.
Aquello también era talento español.
Y aquello también era España.
De Madrid a Pekín sin salir de Madrid
Quizá el ejemplo más extraordinario fuera 55 días en Pekín.
Samuel Bronston decidió que, si necesitaba Pekín, construiría Pekín.
Y lo hizo en Madrid.
En Las Matas se levantó un gigantesco decorado para recrear la capital china. El rodaje comenzó en julio de 1962 y allí estaba nuevamente Charlton Heston, acompañado por Ava Gardner y David Niven.
Imaginen por un momento aquella escena.
Charlton Heston cabalgando entre cientos de figurantes. Ava Gardner. David Niven. Nicholas Ray dando órdenes. Técnicos españoles moviendo decorados gigantescos. Focos iluminando la sierra madrileña mientras, a pocos kilómetros de la Gran Vía, se reproducía la rebelión de los bóxers.
Eso sucedía en aquella España supuestamente desconectada del mundo.
Naturalmente España tenía problemas, carencias y un régimen autoritario, pero España era un país que funcionaba. Nadie necesita falsear la historia para reconocerlo. Pero una cosa es analizar críticamente una época, con la visión actual y otra convertirla en una caricatura.
Porque las fotografías están ahí.
Y las películas también.
La España que se convirtió en el mundo
No fue solamente Bronston.
España vivió durante aquellos años una extraordinaria edad de oro como escenario internacional.
Aquí se rodaron partes fundamentales de Lawrence de Arabia. Aquí David Lean convirtió diferentes localizaciones españolas en la Rusia de Doctor Zhivago: incluso la estación madrileña de Delicias pudo convertirse cinematográficamente en una estación rusa.
Por nuestro país pasaron estrellas que entonces conocía todo el planeta.
Y mientras hoy algunos parecen empeñados en convencernos de que España únicamente comenzó a existir cuando ellos llegaron, resulta que décadas antes nuestro país ya proporcionaba escenarios, profesionales y medios para algunas de las mayores producciones cinematográficas internacionales.
Samuel Bronston tuvo mucho que ver.
Aquel productor norteamericano de origen ruso soñó a lo grande. Llegó a España en 1959 y aquí levantó su pequeño imperio cinematográfico. Tanto se vinculó a nuestro país que, tras su muerte, sus cenizas terminaron reposando en Las Rozas, siguiendo su voluntad.
Hay algo hermoso en ello.
El hombre que trajo Hollywood a España quiso quedarse para siempre cerca de aquellos lugares donde había construido sus sueños.
Charlton Heston, un hombre incómodo para Hollywood
Pero Heston no solamente resulta interesante por sus películas.
También por su evolución política.
Porque fue un hombre difícil de encasillar.
En su juventud participó activamente en la defensa de los derechos civiles y estuvo vinculado a las movilizaciones de los años sesenta. Posteriormente sus posiciones fueron evolucionando hacia el conservadurismo estadounidense.
Y nunca lo escondió.
En una industria cinematográfica cada vez más identificada con posiciones progresistas, Heston terminó convirtiéndose en una de las voces conservadoras más conocidas de Hollywood.
En 1998 fue elegido presidente de la National Rifle Association, la NRA, organización defensora del derecho constitucional estadounidense a poseer armas, y permaneció al frente hasta 2003.
Se convirtió entonces en una figura profundamente controvertida.
Para unos representaba la defensa de las libertades individuales recogidas en la Constitución estadounidense. Para otros, la NRA representaba una cultura de las armas que contribuía a uno de los problemas más graves de Estados Unidos.
Heston asumió aquella batalla públicamente.
Y quizá ahí exista una continuidad con muchos de sus personajes.
Moisés frente al faraón.
Ben-Hur frente a Roma.
Taylor frente al mundo de los simios.
El Cid frente a sus enemigos.
Y finalmente Charlton Heston interpretándose a sí mismo frente a una parte importante del Hollywood que ya no compartía sus convicciones.
El planeta de los simios
Y después está El planeta de los simios.
Pocas películas comerciales de finales de los sesenta han envejecido con semejante capacidad para provocar preguntas.
Aquella historia aparentemente fantástica hablaba también del poder, de la manipulación de la verdad, del fanatismo, de la ciencia, de la guerra y de la capacidad del hombre para destruir la civilización que ha construido.
Y aquel final extraordinario, con Taylor descubriendo los restos de la Estatua de la Libertad, pertenece ya a la historia universal del cine.
Heston podía pasar del pasado bíblico al futuro distópico sin dejar de resultar creíble.
Eso solamente está al alcance de los grandes.
Aquellos gigantes
Por eso recordar hoy a Charlton Heston produce inevitablemente cierta nostalgia.
Nostalgia de aquellos actores.
Pero también nostalgia de aquel cine.
Películas gigantescas, miles de extras, decorados que había que construir físicamente, ejércitos de técnicos y artesanos trabajando durante meses y estrellas que tenían una presencia que ninguna pantalla verde podía fabricar.
Y nostalgia también de aquella España cinematográfica.
La España que podía convertirse en Jerusalén, Roma, Pekín o Moscú.
La España a la que llegaban Sophia Loren, Charlton Heston, Ava Gardner, David Niven, John Wayne, Omar Sharif o Rita Hayworth.
No era un país perfecto.
Nunca existen países perfectos.
Pero tampoco era exactamente esa miserable caricatura en blanco y negro que tantas veces nos han vendido.
Era un país que estaba cambiando, creciendo y abriéndose progresivamente al exterior; un país cuyos profesionales fueron capaces de trabajar al lado de algunos de los nombres más importantes de la historia del cine.
Y ahí queda la paradoja.
Nos dijeron durante décadas que aquella España estaba aislada.
Pero Hollywood venía a rodar aquí.
Nos dijeron que no existía industria.
Pero desde Madrid se construía Pekín.
Nos dijeron que apenas había profesionales preparados.
Pero los grandes directores extranjeros trabajaban con técnicos españoles.
Y nos dijeron que todo era gris.
Pero Samuel Bronston estaba rodando en Technicolor.
Charlton Heston murió en 2008. Samuel Bronston había fallecido años antes. Los grandes decorados desaparecieron y aquella extraordinaria aventura terminó.
Pero quedan las películas.
Y cuando uno vuelve a contemplar a Heston convertido en el Cid cabalgando por tierras españolas comprende que aquellas películas eran algo más que entretenimiento.
Representaban una época en la que el cine todavía se atrevía a ser gigantesco.
Y una España que también se atrevió a participar en aquella grandeza.
Hoy, en el aniversario de su nacimiento, merece la pena recordar a Charlton Heston.
Al actor.
Al hombre de convicciones.
Al Moisés que abrió las aguas.
Al Ben-Hur que condujo una cuadriga.
Al astronauta que descubrió horrorizado nuestro propio futuro.
Y, para nosotros, sobre todo, al Cid.
Porque hubo un tiempo en que Hollywood buscaba gigantes.
Y para encontrarlos venía a España.