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La fiera acorralada, el bipartidismo y la hora del valor

La fiera acorralada, el bipartidismo y la
hora del valor
por EDATV
1 de octubre de 2026 a las 07:55
opinion

Por Luisfer Castañeda

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En la fauna política, como en la propia naturaleza, no existe criatura más peligrosa que

una fiera acorralada. Cuando el cerco se estrecha, el terreno mengua y el oxígeno

empieza a faltar, el instinto básico no dicta la rendición, sino una ofensiva ciega,

violenta y a la desesperada. Pedro Sánchez ha alcanzado ese punto exacto. El tiempo

se le agota, él lo sabe con amarga lucidez, y la ciudadanía asiste, entre la perplejidad y

el hartazgo, a los estertores de una legislatura nacida de una farsa parlamentaria y

condenada por la propia realidad. Casi ocho años han transcurrido ya desde que

comenzó esta deriva que hoy cerca de fango a la Moncloa y desborda con creces el

ámbito de los tribunales.


No se trata únicamente de la UCO rondando los despachos ministeriales, de los

banquillos inminentes, de la trama familiar del presidente o del desfile procesal que

desnuda al Partido Socialista. Lo que verdaderamente corrompe la vida pública es una

profunda podredumbre moral, cultivada minuciosamente durante años mediante la

fractura deliberada de la convivencia civil. El rencor y la polarización han sido la única

argamasa de su poder. Ahora que la parálisis parlamentaria es absoluta y sus socios le

cobran por adelantado sin garantizarle estabilidad alguna, Sánchez recurre a su manual

fundacional: incendiar la calle hasta hacer el aire irrespirable.


En esta huida hacia adelante asistimos a una coreografía milimétrica del caos, donde

dos escenarios aparentemente distantes responden a una misma batuta: los

asentamientos y la vulnerabilidad inducida en Ceuta frente a la acampada exprés en la

Puerta del Sol. Ambas bombas de relojería social, convenientemente cebadas por la

izquierda, han contado con la pasmosa pasividad —cuando no la complicidad por

omisión— de sendos delegados del Gobierno, que mantienen maniatadas a las Fuerzas y

Cuerpos de Seguridad del Estado por estricta consigna política. Pero no son menos

responsables quienes, desde la tibieza institucional, eluden su deber: tanto el presidente

de la Ciudad Autónoma de Ceuta, Juan Vivas, como el alcalde de Madrid, José Luis

Martínez-Almeida, se escudan cómodamente en la inacción gubernamental para no

ejercer el mando directo de la Policía Local que la ley sí les confiere.


De la noche a la mañana, el escándalo judicial y el quebranto fronterizo deben borrarse

de los telediarios para imponer un marco prefabricado: una guerra de clases en torno a

la vivienda, diseñada para polarizar al país entre supuestos escudos sociales y

caricaturas de rentistas. Huelga recordar que, cuando Sánchez llegó al poder, la vivienda

ocupaba el decimoséptimo lugar entre las preocupaciones de los españoles, mientras que

hoy encabeza esa lista como un problema de primer orden. Una asfixia provocada por la

inmigración masiva y el crecimiento demográfico descontrolado, que tensionan una

oferta previamente dinamitada por políticas liberticidas contrarias al derecho de

propiedad, destinadas a hundir al pequeño ahorrador mientras colapsa el mercado del

alquiler.


Con este polvorín mediático, Sánchez diseña la tormenta perfecta para resucitar una

partida que muchos daban por perdida: jugar su última carta antes de que la justicia

consume su cerco y los barones territoriales, aterrorizados ante la perspectiva de ser

barridos del mapa municipal y autonómico, le corten la cabeza en defensa propia.

Encaja aquí la hipótesis de un adelanto electoral por sorpresa en fechas anómalas —

como el puente de diciembre o navidades—, repitiendo la jugada de arrastrar a España a

las urnas en pleno verano con la esperanza de que la desmovilización ciudadana, la

dispersión festiva y la ingeniería del voto por correo le otorguen un último

salvoconducto.


Si el presidente se atreve a concebir semejante maniobra es, ante todo, por la

exasperante mansedumbre de la mal llamada “oposición”. En la bancada de enfrente

no opera un contrapoder implacable, sino un Alberto Núñez Feijóo que parece haber

resucitado el viejo turno pacífico decimonónico, aquel pacto tácito entre Cánovas y

Sagasta durante la regencia de María Cristina para turnarse en el poder sin alterar las

estructuras de fondo. El líder del Partido Popular se ausenta de las movilizaciones

cívicas en defensa de la dignidad convocadas por la sociedad civil y declara sin pudor

que «reclama su turno», esperando que la fruta podrida de la Moncloa caiga por

simple gravedad. Es la consagración del turnismo más cobarde: un partido incapaz de

articular una moción de censura con verdadera ambición de Estado, temeroso de activar

el artículo 102 de la Constitución para exigir responsabilidades penales por traición y

poniéndose de perfil ante la soberanía nacional en Ceuta al desentenderse

sistemáticamente de las iniciativas más firmes.


Frente a esa derecha tibia que ni está ni se la espera, la única oposición frontal, firme

y sin complejos que planta cara en todos los terrenos es la de Vox. Santiago Abascal

no se ha resignado a la pasividad ni a esperar la poltrona monclovita por mero desgaste

biológico del régimen. Es Vox quien da la batalla cultural frente a la hegemonía de la

izquierda, quien sienta en el banquillo a los responsables de las tramas de corrupción y

quien presenta iniciativas implacables en defensa de la unidad y la soberanía en cada

ayuntamiento, diputación y parlamento autonómico. Iniciativas de estricto sentido

común que, paradójicamente, un Partido Popular acomplejado se dedica a torpedear

y tumbar de forma sistemática, prefiriendo maniatar a su socio natural antes que

romper los consensos ideológicos heredados del socialismo.


España no necesita un gestor de la inercia ni un burócrata del relevo pactado. La

experiencia de Mariano Rajoy demostró con creces que administrar la economía

manteniendo intacto el andamiaje ideológico y legislativo de José Luis Rodríguez

Zapatero es la antesala de una degradación mayor. Lo que la nación exige hoy con

urgencia es un liderazgo con convicciones arraigadas, con valores claros y con la

determinación de librar de una vez por todas la batalla cultural que el

conservadurismo español dio cobardemente por perdida hace más de una década.

Hace falta un pulso firme a la hora de acometer las reformas estructurales pendientes:

desmontar la maquinaria de confrontación sanchista, restaurar la autoridad del Estado en

las fronteras y devolver a los españoles la certidumbre y el imperio de la ley. La fiera

acorralada prepara su último salto; la única respuesta digna y eficaz no es aguardar el

turno, sino plantarle cara sin dar un solo paso atrás.


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