En la fauna política, como en la propia naturaleza, no existe criatura más peligrosa que
una fiera acorralada. Cuando el cerco se estrecha, el terreno mengua y el oxígeno

Por Luisfer Castañeda
En la fauna política, como en la propia naturaleza, no existe criatura más peligrosa que
una fiera acorralada. Cuando el cerco se estrecha, el terreno mengua y el oxígeno
empieza a faltar, el instinto básico no dicta la rendición, sino una ofensiva ciega,
violenta y a la desesperada. Pedro Sánchez ha alcanzado ese punto exacto. El tiempo
se le agota, él lo sabe con amarga lucidez, y la ciudadanía asiste, entre la perplejidad y
el hartazgo, a los estertores de una legislatura nacida de una farsa parlamentaria y
condenada por la propia realidad. Casi ocho años han transcurrido ya desde que
comenzó esta deriva que hoy cerca de fango a la Moncloa y desborda con creces el
ámbito de los tribunales.
No se trata únicamente de la UCO rondando los despachos ministeriales, de los
banquillos inminentes, de la trama familiar del presidente o del desfile procesal que
desnuda al Partido Socialista. Lo que verdaderamente corrompe la vida pública es una
profunda podredumbre moral, cultivada minuciosamente durante años mediante la
fractura deliberada de la convivencia civil. El rencor y la polarización han sido la única
argamasa de su poder. Ahora que la parálisis parlamentaria es absoluta y sus socios le
cobran por adelantado sin garantizarle estabilidad alguna, Sánchez recurre a su manual
fundacional: incendiar la calle hasta hacer el aire irrespirable.
En esta huida hacia adelante asistimos a una coreografía milimétrica del caos, donde
dos escenarios aparentemente distantes responden a una misma batuta: los
asentamientos y la vulnerabilidad inducida en Ceuta frente a la acampada exprés en la
Puerta del Sol. Ambas bombas de relojería social, convenientemente cebadas por la
izquierda, han contado con la pasmosa pasividad —cuando no la complicidad por
omisión— de sendos delegados del Gobierno, que mantienen maniatadas a las Fuerzas y
Cuerpos de Seguridad del Estado por estricta consigna política. Pero no son menos
responsables quienes, desde la tibieza institucional, eluden su deber: tanto el presidente
de la Ciudad Autónoma de Ceuta, Juan Vivas, como el alcalde de Madrid, José Luis
Martínez-Almeida, se escudan cómodamente en la inacción gubernamental para no
ejercer el mando directo de la Policía Local que la ley sí les confiere.
De la noche a la mañana, el escándalo judicial y el quebranto fronterizo deben borrarse
de los telediarios para imponer un marco prefabricado: una guerra de clases en torno a
la vivienda, diseñada para polarizar al país entre supuestos escudos sociales y
caricaturas de rentistas. Huelga recordar que, cuando Sánchez llegó al poder, la vivienda
ocupaba el decimoséptimo lugar entre las preocupaciones de los españoles, mientras que
hoy encabeza esa lista como un problema de primer orden. Una asfixia provocada por la
inmigración masiva y el crecimiento demográfico descontrolado, que tensionan una
oferta previamente dinamitada por políticas liberticidas contrarias al derecho de
propiedad, destinadas a hundir al pequeño ahorrador mientras colapsa el mercado del
alquiler.
Con este polvorín mediático, Sánchez diseña la tormenta perfecta para resucitar una
partida que muchos daban por perdida: jugar su última carta antes de que la justicia
consume su cerco y los barones territoriales, aterrorizados ante la perspectiva de ser
barridos del mapa municipal y autonómico, le corten la cabeza en defensa propia.
Encaja aquí la hipótesis de un adelanto electoral por sorpresa en fechas anómalas —
como el puente de diciembre o navidades—, repitiendo la jugada de arrastrar a España a
las urnas en pleno verano con la esperanza de que la desmovilización ciudadana, la
dispersión festiva y la ingeniería del voto por correo le otorguen un último
salvoconducto.
Si el presidente se atreve a concebir semejante maniobra es, ante todo, por la
exasperante mansedumbre de la mal llamada “oposición”. En la bancada de enfrente
no opera un contrapoder implacable, sino un Alberto Núñez Feijóo que parece haber
resucitado el viejo turno pacífico decimonónico, aquel pacto tácito entre Cánovas y
Sagasta durante la regencia de María Cristina para turnarse en el poder sin alterar las
estructuras de fondo. El líder del Partido Popular se ausenta de las movilizaciones
cívicas en defensa de la dignidad convocadas por la sociedad civil y declara sin pudor
que «reclama su turno», esperando que la fruta podrida de la Moncloa caiga por
simple gravedad. Es la consagración del turnismo más cobarde: un partido incapaz de
articular una moción de censura con verdadera ambición de Estado, temeroso de activar
el artículo 102 de la Constitución para exigir responsabilidades penales por traición y
poniéndose de perfil ante la soberanía nacional en Ceuta al desentenderse
sistemáticamente de las iniciativas más firmes.
Frente a esa derecha tibia que ni está ni se la espera, la única oposición frontal, firme
y sin complejos que planta cara en todos los terrenos es la de Vox. Santiago Abascal
no se ha resignado a la pasividad ni a esperar la poltrona monclovita por mero desgaste
biológico del régimen. Es Vox quien da la batalla cultural frente a la hegemonía de la
izquierda, quien sienta en el banquillo a los responsables de las tramas de corrupción y
quien presenta iniciativas implacables en defensa de la unidad y la soberanía en cada
ayuntamiento, diputación y parlamento autonómico. Iniciativas de estricto sentido
común que, paradójicamente, un Partido Popular acomplejado se dedica a torpedear
y tumbar de forma sistemática, prefiriendo maniatar a su socio natural antes que
romper los consensos ideológicos heredados del socialismo.
España no necesita un gestor de la inercia ni un burócrata del relevo pactado. La
experiencia de Mariano Rajoy demostró con creces que administrar la economía
manteniendo intacto el andamiaje ideológico y legislativo de José Luis Rodríguez
Zapatero es la antesala de una degradación mayor. Lo que la nación exige hoy con
urgencia es un liderazgo con convicciones arraigadas, con valores claros y con la
determinación de librar de una vez por todas la batalla cultural que el
conservadurismo español dio cobardemente por perdida hace más de una década.
Hace falta un pulso firme a la hora de acometer las reformas estructurales pendientes:
desmontar la maquinaria de confrontación sanchista, restaurar la autoridad del Estado en
las fronteras y devolver a los españoles la certidumbre y el imperio de la ley. La fiera
acorralada prepara su último salto; la única respuesta digna y eficaz no es aguardar el
turno, sino plantarle cara sin dar un solo paso atrás.