He escuchado que la solución a los problemas que arrasan hoy el espíritu español pasa por algo sencillo, recuperar nuestros valores. Y estoy de acuerdo, pero el problema subyace y se mantiene, porque quienes han creado el problema no tienen el más mínimo interés en recuperar algo que les haría perder lo conseguido, su estabilidad gracias al desequilibrio de los demás. Y los evangelizados por esa maldad muestran otro insólito interés, mantenerla con su voto. Por lo que, con lo que tenemos hoy dirigiendo las teclas del poder, inviable recuperar valor alguno.
Si la vergüenza y la lógica siguieran existiendo como herramientas básicas para nuestro desempeño como sociedad, otro gallo nos cantaría. Pero de nuevo nos enfrentamos a otra maniquea orquesta bien afinada: han conseguido que la vergüenza la veamos cada uno desde un prisma distinto, y la lógica sea aplicada según nos convenga. Es jodido reconocerlo, pero los ocho años de Sánchez sirven de escuela para entender eso que los libros de historia nos llevan queriendo enseñar desde hace siglos: como germina la maldad en una pacífica sociedad, desde la raíz hasta el tuétano, para terminar enfrentándola en una guerra entre hermanos.
Desde que el Maquiavelo de la Moncloa decidió convocar las elecciones, hace sólo dos semanas aunque nos parezca que hace un siglo, aprovechando el atril para dar su primer mitin, importándole muy poco que por quinta vez le multasen por saltarse la Ley a la torera, hemos ido describiendo un panorama que no debería poder existir a menos que existiesen vergüenza y lógica. Dadas ambas por finiquitadas, esperemos que alguien entre en razón y prohíba, a la mayor brevedad, que en período electoral esté permitido jugar con el dinero de todos los ciudadanos.
En algo más de dos semanas hemos visto como se puede llegar a ser de sinvergüenza cuando se ostenta el poder. Hemos escuchado a los sindicatos paniaguados convocar una huelga general cuando no han movido un dedo en 8 años. Hemos visto como se prometían 10.000 millones de euros para todo aquel que se quiera comprar una vivienda después de haber mentido con promesas desde que existe hemeroteca. Hemos visto como el corrompido Tribunal Constitucional consumaba su epitafio otorgando la amnistía a quien intentó partir España por la mitad y amenaza con seguir haciéndolo. Hemos visto como escupían miedo contra los casi 12 millones de pensionistas atizando de nuevo al doberman escondido en la perrera. Y lo último, calentito como el pan del día, como anuncian la subida en el sueldo de los funcionarios más alta desde 1.992.
Cada uno puede entender lo que quiera, pero la ruina la pagaremos entre todos. Es como el que no puede hacer la compra semanal para su casa, si es que la tiene, o no puede poner gasolina al coche, si es que lo tiene, y en cambio acepta un billete de 20 euros antes de entregar el sobre cerrado en Correos vendiendo antes su alma.
Al tiempo que vemos estas deslealtades al sentido común, también observamos como tapan las consecuencia de sus acciones, aunque es tanta la basura que no hay alfombra que alcance. El Psoe, destruido por dentro al ver que se acaban las prebendas, no está por la labor de que los sanchistas fagociten las listas, revelándose en muchas capitales donde se han saltado las primarias. Y borran ahora de las listas a sus diputados propietarios de viviendas como si fuese un delito. No lo sintamos por ellos, vieron lo sucedido con otros compañeros y callaron como ratas. Sánchez no tiene otro objetivo que mantenerse él mismo. La falsedad de la vivienda se vuelve como un potente bumerán en su contra.
Y a todos esos que aplauden las diferentes subidas del salario mínimo, igualándonos a todos por abajo en vez de aplaudir la excelencia, cabe recordarles que, a pesar de todos esos goles, la realidad es que pierden su propio partido, porque mientras los impuestos nos han subido un 18% desde que gobierno Sánchez y la cesta de la compra se ha multiplicado un 100%, tenemos hoy un 4% menos de renta.
Estamos en manos de forajidos. Esto no quiere decir que quienes les sustituyan, si es que eso llega a suceder, vayan hacerlo mejor. En Halloween nos anuncian susto o muerte, y siendo ambas desagradables, preferimos seguir vivos. Cerrar los ojos y no querer ver lo que está pasando, ponernos las manos en las orejas pensando que así se acaban los gritos o colocarnos la pinza en la nariz creyendo que así se mitiga el olor a basura, son tres errores que los famosos monos nos enseñaron hace años.