Hay países que desaparecen de los mapas.
Y hay países que desaparecen sin que cambien sus fronteras.

La opinión de Javier García Isac
Hay países que desaparecen de los mapas.
Y hay países que desaparecen sin que cambien sus fronteras.
Un día sales a la calle y descubres que sigue llamándose igual, que las plazas continúan donde estaban, que los edificios permanecen en pie y que incluso algunos árboles han sobrevivido.
Pero algo ha cambiado.
Falta gente.
Faltan sonidos.
Faltan olores.
Faltan costumbres.
Falta una determinada manera de vivir.
Hay una España que desapareció sin que nadie firmara su certificado de defunción.
Se fue marchando poco a poco.
Tan despacio que apenas nos dimos cuenta.
Primero cerró una tienda.
Después desapareció una cabina.
Más tarde cerró el cine.
El quiosco dejó de abrir.
La sucursal bancaria sustituyó personas por máquinas.
El supermercado acabó con algunos pequeños comercios.
Y un buen día descubrimos que podíamos atravesar una jornada entera comprando, trabajando, viajando y comiendo sin necesidad de hablar prácticamente con nadie.
Todo funciona.
Probablemente mejor.
Pero algunas veces me pregunto si nosotros funcionamos también mejor.
Recuerdo aquella España en la que uno no iba simplemente a comprar el pan.
Iba a ver al panadero.
Parece lo mismo.
No lo es.
Entrabas y te conocían.
—Lo de siempre.
Una frase que contiene más humanidad de la que parece.
Lo de siempre significaba que alguien sabía quién eras.
Qué pan comprabas.
Cuántos erais en casa.
A veces incluso preguntaba por tu madre.
—¿Qué tal sigue?
Y tú contestabas.
No existía una encuesta posterior preguntándote si recomendarías la experiencia de compra del cero al diez.
Existía una conversación.
Después estaba el quiosquero.
Otro personaje prácticamente extinguido de nuestras ciudades.
El quiosquero sabía qué periódico comprabas.
Sabía si coleccionabas fascículos.
Te guardaba una revista.
Conocía a los niños que iban a por cromos y a los mayores que compraban el periódico cada mañana.
Algunas veces ni siquiera hacía falta pedirlo.
Te veía llegar y ya tenía preparado lo tuyo.
Hoy una pantalla conoce perfectamente nuestros hábitos de consumo.
Sabe qué leemos.
Qué compramos.
Qué música escuchamos.
Qué películas vemos.
Qué restaurantes buscamos.
Probablemente sabe muchísimo más de nosotros que aquel quiosquero.
Pero existe una diferencia.
La pantalla lo sabe todo de mí y, sin embargo, no me conoce.
El quiosquero sabía mucho menos.
Pero sabía quién era yo.
Quizá ésa sea una buena definición del mundo que hemos construido.
Nunca tantas máquinas supieron tanto de nosotros.
Nunca nosotros supimos tan poco de quienes tenemos alrededor.
También estaba la carnicería.
La pescadería.
La mercería.
La ferretería.
Aquellas tiendas imposibles donde pedías un tornillo que no sabías describir y el dependiente comprendía misteriosamente cuál necesitabas.
—Dame uno de éstos, pero un poquito más largo.
Y aparecía.
Aquello era tecnología punta.
Estaba la tienda de ultramarinos.
El mercado.
El frutero que te decía cuáles estaban buenas y cuáles era mejor no llevarse.
—Hoy no te lleves ésas.
Imaginen semejante atentado contra las modernas técnicas de marketing.
Un comerciante recomendando a su cliente que no compre.
Lo hacía porque sabía que volverías mañana.
Porque su negocio no dependía de venderte cualquier cosa una vez.
Dependía de conservarte durante veinte años.
La confianza también era una forma de economía.
Y había una frase extraordinaria:
«Apúntamelo».
Dos palabras.
No había scoring bancario.
No había aplicación.
No había reconocimiento facial.
No había contrato de crédito al consumo de catorce páginas.
Había una libreta.
Un nombre.
Una cantidad.
Y la palabra dada.
Naturalmente que algunas veces alguien no pagaría.
No quiero convertir aquella España en un cuento de Navidad.
Pero resulta emocionante pensar que existió un tiempo en el que determinadas operaciones económicas descansaban sobre algo tan frágil y tan poderoso como la confianza entre dos personas.
También estaban los bares.
No los establecimientos diseñados por un estudio de interiorismo para parecer antiguos.
Los bares antiguos de verdad.
Con su barra.
Sus parroquianos.
El camarero que sabía qué tomabas antes de preguntarte.
El café.
El periódico.
La conversación sobre fútbol.
La discusión política.
El vecino que entraba.
El jubilado que tenía su sitio.
El trabajador que desayunaba a la misma hora.
El bar era muchas veces el salón comunitario de un barrio que no sabía que necesitaba un salón comunitario.
Nadie hablaba entonces de crear espacios de socialización.
Simplemente socializábamos.
Quizá porque todavía no habíamos inventado tantas palabras para describir las cosas que hacíamos naturalmente.
Los niños estaban en la calle.
Las madres se asomaban a la ventana.
Los vecinos se conocían.
No todos se caían bien.
Eso también conviene recordarlo.
Había cotilleos.
Envidias.
Discusiones.
Vecinos insoportables.
Tenderos antipáticos.
Porteros que parecían agentes del servicio secreto.
No quiero pintar un paraíso que nunca existió.
Pero nos conocíamos.
Y conocer al otro implica algo que estamos perdiendo:
responsabilidad.
Cuando nadie sabe quién eres resulta más fácil comportarse como si los demás no existieran.
En aquella España tu mala educación tenía consecuencias.
Porque mañana volverías a encontrarte con el mismo camarero.
Con el mismo vecino.
Con el mismo panadero.
Con la misma señora del tercero.
No podías bloquearlos.
No podías dejar de seguirlos.
No podías desaparecer de su pantalla.
Había que aprender algo mucho más difícil.
Convivir.
Estaban también los cines de barrio.
Aquellas marquesinas.
Los carteles pintados.
Las colas.
Las entradas de papel.
El acomodador con su linterna.
El descanso en algunas películas.
La salida comentando lo que acabábamos de ver.
Hoy tenemos prácticamente toda la historia del cine disponible desde el sofá.
Es extraordinario.
Y, sin embargo, quizá nunca hayamos visto tantas películas solos.
Antes una película era también salir.
Vestirse.
Quedar.
Comprar una entrada.
Buscar tu butaca.
Compartir la oscuridad con doscientas personas.
Reír todos al mismo tiempo.
Guardar silencio todos al mismo tiempo.
Salir a la calle todavía bajo el hechizo de la historia.
El progreso nos ha llevado el cine a casa.
Pero algunas veces se llevó por el camino la ceremonia de ir al cine.
Lo mismo ocurrió con la música.
Con los periódicos.
Con los libros.
Con las fotografías.
Con tantas cosas.
Ganamos acceso.
Perdimos ritual.
Y los seres humanos necesitamos rituales mucho más de lo que estamos dispuestos a reconocer.
Recuerdo también los pueblos.
La España de los pueblos.
Ésa sí que está desapareciendo de una manera mucho más literal.
Persianas bajadas.
Casas cerradas.
Escuelas sin niños.
Iglesias que abren unas horas.
Bares que desaparecen porque ya no quedan suficientes clientes.
Ancianos sentados delante de una puerta esperando una conversación.
Y carreteras por las que los hijos regresan algunos fines de semana desde ciudades donde encontraron el trabajo que su pueblo ya no podía ofrecerles.
Hay algo profundamente triste en una casa familiar cerrada.
Una casa donde hubo comidas.
Navidades.
Discusiones.
Nacimientos.
Muertes.
Niños corriendo.
Una radio encendida.
Una abuela haciendo la comida.
Y que ahora permanece en silencio once meses al año.
No hace falta ser enemigo del progreso para sentir una punzada ante eso.
Porque una nación no es únicamente PIB, kilómetros de alta velocidad, fibra óptica o cobertura 5G.
Una nación también son sus pequeñas continuidades.
La tienda que pasa de padres a hijos.
El bar que lleva cuarenta años en la misma esquina.
La panadería que todavía huele a pan.
La plaza donde los ancianos se sientan al sol.
El pueblo al que regresamos aunque ya no sepamos exactamente por qué.
Los lugares donde alguien recuerda quiénes fuimos antes de convertirnos en quienes somos.
Hoy compramos de otra manera.
Entramos en un establecimiento.
Elegimos.
Pasamos los productos.
Nos dirigimos a una caja automática.
Escaneamos.
Pagamos acercando un teléfono.
Salimos.
Eficiencia perfecta.
Conversación: cero.
En otros lugares pedimos desde una aplicación.
Un algoritmo nos recomienda.
Un repartidor llega.
Entrega.
Se marcha.
Después una pantalla nos pregunta:
«¿Cómo valorarías tu experiencia?»
Y quizá ésa sea una de las grandes ironías de nuestro tiempo.
Nos preguntan constantemente cómo ha sido nuestra experiencia precisamente cuando cada vez hay menos experiencia humana dentro de ella.
No quiero renunciar a la tecnología.
No quiero volver a hacer cola para pagar una factura.
No quiero tener que recorrer media ciudad buscando algo que ahora puedo conseguir fácilmente.
No quiero esperar semanas para recibir una carta urgente.
El pasado también era incómodo.
Y algunas veces muy incómodo.
Pero me niego a aceptar que comodidad y humanidad sean necesariamente la misma cosa.
Podemos vivir más cómodos y, al mismo tiempo, perder cosas valiosas.
Creo que eso nos ha ocurrido.
Hemos ganado velocidad.
Pero hemos perdido espera.
Hemos ganado posibilidades.
Pero hemos perdido algunos rituales.
Hemos ganado privacidad.
Pero hemos perdido vecindad.
Hemos ganado miles de contactos.
Pero quizá conocemos a menos personas.
Hemos ganado pantallas que nos muestran el mundo entero.
Y algunas veces hemos dejado de mirar la calle que tenemos delante.
Recuerdo caminar por determinadas calles comerciales y reconocer rostros.
El farmacéutico.
El camarero.
El lotero.
El zapatero.
El peluquero.
El frutero.
No eran amigos.
Y ésa es precisamente la cuestión.
No hace falta ser amigo de alguien para que forme parte de tu vida.
Existe una categoría humana que estamos perdiendo.
El conocido.
La persona cuyo nombre quizá ignoras pero a la que saludas cada mañana.
El hombre del bar.
La mujer de la tienda.
El vecino que pasea al perro.
El señor del periódico.
Personas que ocupaban pequeñas parcelas de nuestra existencia sin necesidad de entrar en nuestra intimidad.
Aquellos vínculos débiles tejían barrios.
Hacían comunidad.
Nos recordaban que no estábamos solos.
Ahora podemos pasar junto a cientos de personas mirando una pantalla táctil.
Cada una hablando con alguien que no está allí.
Y sin mirar a quienes sí están.
Es una imagen extraordinaria de nuestra época.
Un vagón de metro lleno de personas conectadas con el mundo entero e incomunicadas entre ellas.
Quizá por eso echo de menos aquella España.
No porque fuera más rica.
No lo era.
No porque fuera más cómoda.
Tampoco.
No porque todos fuéramos mejores personas.
Sería una estupidez afirmarlo.
La echo de menos porque tenía una textura humana diferente.
Las cosas costaban más tiempo.
Y ese tiempo nos obligaba a encontrarnos.
Había que ir al banco.
Y hablábamos con alguien.
Había que comprar el periódico.
Y hablábamos con alguien.
Había que comprar el pan.
Y hablábamos con alguien.
Había que preguntar una dirección.
Y hablábamos con alguien.
Había que esperar.
Y mientras esperábamos, algunas veces hablábamos con alguien.
La tecnología ha eliminado millones de pequeñas molestias.
Y con algunas de ellas quizá eliminó también millones de pequeñas conversaciones.
Ninguna parecía importante.
Pero juntas constituían una forma de sociedad.
Por eso no quiero que este artículo sea un lamento contra el presente.
Mis hijos y nuestros jóvenes viven un mundo que también contiene cosas maravillosas.
Viajan más.
Conocen más.
Acceden a conocimientos que nosotros difícilmente podíamos imaginar.
Pueden hablar gratuitamente con alguien situado a diez mil kilómetros.
Tienen oportunidades extraordinarias.
Pero quizá nosotros podamos dejarles algo además de reproches.
Podemos contarles que hubo otra manera de vivir.
Que no todo necesitaba una contraseña.
Que hubo comercios donde sabían nuestro nombre.
Que hubo fotografías que no se publicaban.
Que hubo conversaciones que no quedaron grabadas.
Que hubo tardes que no dejaron rastro digital y, sin embargo, todavía permanecen en nuestra memoria.
Que hubo amigos a los que no veíamos durante semanas y seguían siendo amigos.
Que hubo comerciantes que fiaban.
Vecinos que cuidaban unas llaves.
Porteros que recogían un paquete.
Camareros que sabían nuestro café.
Y panaderos que preguntaban por nuestra madre.
Quizá aquella España no desapareció completamente.
Todavía queda.
En algunos barrios.
En muchos pueblos.
En pequeños comercios que resisten.
En bares donde todavía escuchamos:
—¿Lo de siempre?
Cada vez que escucho esa frase siento algo parecido a una pequeña victoria.
Porque significa que todavía existe un lugar donde no soy un número de cliente.
Ni una dirección de correo.
Ni un usuario.
Ni una cookie.
Ni un perfil de consumo.
Soy alguien al que recuerdan.
Y quizá eso sea lo que verdaderamente estamos buscando cuando sentimos nostalgia.
No queremos volver atrás.
Queremos recuperar determinadas cosas que dejamos atrás.
El saludo.
La conversación.
La confianza.
La palabra.
La espera.
La cercanía.
La sensación de pertenecer a un lugar.
La tranquilidad de saber que, si desaparecíamos durante unos días, alguien preguntaría:
—¿Hace mucho que no viene Javier, no?
Aquello también era una red social.
Sólo que la red estaba tejida con personas.
Pienso en la España que desapareció y no veo un país en blanco y negro.
Curiosamente, la recuerdo llena de colores.
El toldo de una tienda.
Los periódicos apilados en un quiosco.
Las frutas colocadas en cajas en la calle.
El cartel de un cine.
La barra de un bar.
El pan recién hecho.
Una persiana subiendo por la mañana.
Y gente.
Sobre todo gente.
Personas mirando a otras personas.
Quizá dentro de treinta años alguien escriba con nostalgia sobre nuestro presente.
Así funciona la memoria.
Pero mientras llega ese día, todavía podemos salvar algunas cosas.
Entrar en una tienda pequeña.
Comprar el periódico donde todavía exista un quiosco.
Tomar un café sin mirar el teléfono.
Preguntar al camarero cómo está.
Saludar al vecino.
Mirar a los ojos.
Decir buenos días.
Parecen gestos insignificantes.
Tal vez lo sean.
Pero también eran insignificantes todas aquellas pequeñas cosas cuya desaparición terminó cambiando nuestra manera de vivir.
La España que desapareció no regresará.
Y seguramente tampoco debería regresar entera.
Pero algunas veces, mientras paso el dedo por una pantalla que me permite comprar cualquier cosa, hablar con cualquier persona y conocer inmediatamente cualquier noticia, recuerdo aquella vieja frase:
—Lo de siempre.
Y siento una nostalgia difícil de explicar.
Porque entonces comprendo que el progreso puede conseguir que una máquina sepa perfectamente lo que quiero.
Pero todavía no hemos inventado ninguna tecnología capaz de sustituir por completo algo tan sencillo como que otro ser humano se alegre de verte entrar por la puerta.