Hace 62 años, Josip Broz Tito era proclamado presidente vitalicio de Yugoslavia. No era un gesto simbólico ni una fórmula honorífica. Era la culminación de un proceso: la consolidación de un poder absoluto, personalista y totalitario, sostenido sobre la represión, el miedo y la eliminación sistemática de la disidencia. El comunismo, una vez más, demostraba su verdadera naturaleza: no llega al poder para gobernar, sino para perpetuarse.
Tito no fue un demócrata con matices, ni un reformista con sensibilidad social. Fue un partisano convertido en caudillo, un hombre que, al calor de la Segunda Guerra Mundial, ascendió entre las ruinas de Europa para imponer un régimen férreo en los Balcanes. Bajo su mando, Yugoslavia no fue una nación libre, sino un conglomerado artificial de pueblos obligados a convivir bajo una misma bandera y bajo una misma bota.
Su biografía está lejos del relato edulcorado que durante décadas han querido vendernos. Tras el final de la contienda mundial, las purgas y represalias contra opositores —y especialmente contra población civil— dejaron un reguero de sangre difícil de ocultar. Miles de italianos en zonas como Istria o Dalmacia fueron perseguidos, ejecutados o expulsados en lo que hoy conocemos como las masacres de las foibe. Ese fue el verdadero rostro del “mariscal Tito”: el de un líder implacable, que no dudó en eliminar al enemigo, real o imaginario.
Y sin embargo, Tito jugó bien sus cartas en el tablero internacional. A diferencia de otros satélites del Unión Soviética, decidió marcar distancias con Moscú. No por convicción democrática, sino por ambición de poder. Su ruptura con Iósif Stalin en 1948 le permitió erigirse como una figura singular: un comunista “independiente”, capaz de coquetear tanto con Oriente como con Occidente. Así nació el mito del “comunismo moderado”, una falacia que muchos en Europa aún repiten con una ingenuidad preocupante.
Pero que nadie se engañe: no existe comunismo moderado. Existe comunismo y represión. Existe control y ausencia de libertad. Yugoslavia, bajo Tito, fue un ejemplo claro de ello.
Se reprimió cualquier intento de oposición, se controlaron los medios, se vigiló a la población y se consolidó un sistema donde el Estado lo era todo y el individuo, nada.
El caso yugoslavo, además, desmonta otro de los grandes mitos del socialismo: el de la convivencia armónica entre pueblos bajo una estructura ideológica común. Tito mantuvo unida Yugoslavia mientras vivió, sí, pero lo hizo a base de equilibrio forzado, de tensiones contenidas y de un férreo control político y militar. A su muerte, en 1980, lo que quedó no fue una nación sólida, sino una bomba de relojería.







