No es una especulación. El Parlamento andaluz los proclamó senadores el pasado 23 de julio y el Senado recoge ya oficialmente la designación de María Jesús Montero.
Tres dirigentes. Tres secretarios generales del socialismo andaluz —dos anteriores y la actual—. Tres representantes de diferentes etapas de un mismo PSOE que durante décadas confundió Andalucía con su cortijo político.
Y los tres, al Senado.
Qué casualidad.
El problema no es la legalidad de las designaciones. Naturalmente que son legales. Los parlamentos autonómicos designan senadores conforme al sistema constitucional. El problema es otro: la utilización política que los grandes partidos han hecho demasiadas veces de la Cámara Alta como una especie de cementerio de elefantes donde aparcar carreras políticas que ya no encuentran acomodo en otro sitio.
Lo han hecho PSOE y PP. Conviene decirlo claramente.
Cuando alguien deja de servir para ganar elecciones, cuando un dirigente ha perdido brillo, cuando hay que compensar servicios prestados o simplemente garantizar una salida confortable, siempre aparece alguna institución, algún consejo, alguna empresa pública, algún organismo o algún escaño.
Y el Senado lleva décadas prestándose magníficamente para ello.
En el caso del PSOE andaluz la fotografía resulta casi grotesca.
Susana Díaz: la rebelde perfectamente colocada
Susana Díaz lleva años intentando representar el papel de socialista crítica con Pedro Sánchez.
A veces parece que está a punto de subirse a Sierra Maestra.
Pero luego uno mira dónde está y descubre que continúa perfectamente instalada dentro del sistema que dice cuestionar.
Fue designada senadora por Andalucía en 2022 y ha vuelto a serlo en 2026.
Susana perdió aquella batalla interna contra Pedro Sánchez que pretendía controlar el PSOE desde Andalucía. Después perdió Andalucía. Después perdió el liderazgo del PSOE andaluz.
Pero nunca perdió el asiento.
Esa es una de las grandes especialidades de nuestra política.
Aquí se pueden perder primarias, elecciones, congresos y hasta el apoyo de los propios compañeros. Lo verdaderamente difícil es perder el cargo.
Susana Díaz representa además el final de una época. La del socialismo andaluz que llegó a considerar la Junta casi como una propiedad hereditaria.
Décadas de poder crearon una red política, institucional y clientelar que terminó confundiendo partido, administración y territorio. Andalucía parecía condenada a ser socialista por naturaleza.
Hasta que los andaluces decidieron que no.
Juan Espadas: perder también tiene premio
Después llegó Juan Espadas.
El hombre elegido para sustituir a Susana Díaz debía representar la renovación.
Y terminó representando la continuación del fracaso.
No consiguió devolver al PSOE a San Telmo ni recuperar la hegemonía perdida. Finalmente cedió el liderazgo socialista andaluz a María Jesús Montero.
¿Y dónde terminó Espadas?
Exactamente.
En el Senado.
Juan Espadas ya era senador por designación autonómica y ha vuelto a ser elegido en 2026.
Es una extraordinaria metáfora de la política española.
Un empresario que fracasa puede perder su empresa.
Un trabajador que no cumple puede perder su empleo.
Un autónomo que se equivoca puede arruinarse.
Pero determinados políticos profesionales parecen disponer siempre de una segunda, tercera o cuarta oportunidad pagada por las instituciones.
Y después nos preguntamos por qué existe tanta desafección hacia la política.
Y ahora María Jesús Montero
Pero la incorporación más significativa es la de María Jesús Montero.
Montero fue vicepresidenta primera del Gobierno y ministra de Hacienda —no de Economía—, además de una de las figuras de mayor confianza política de Pedro Sánchez. Después regresó a Andalucía para intentar recuperar para el PSOE una comunidad que durante décadas consideraron inexpugnable.
El resultado electoral del 17 de mayo fue demoledor: 28 diputados socialistas, según los datos recogidos al producirse estas designaciones.
Y después del fracaso, premio.
Senadora.
Además, compaginará su presencia en el Senado con su condición de portavoz socialista y líder de la oposición en el Parlamento andaluz, y ha sido incorporada como portavoz adjunta a la dirección del Grupo Socialista en la Cámara Alta.
De Andalucía a Madrid y de Madrid a Andalucía.
Como el AVE.
Pero siempre con escaño.
Y aquí aparece inevitablemente otra cuestión.
El aforamiento.
Ser senador implica disponer del régimen de aforamiento que la Constitución establece para diputados y senadores. Eso es un hecho jurídico. Otra cosa muy distinta sería afirmar como hecho que Montero ha sido enviada al Senado para obtener esa protección: eso no está acreditado y, por tanto, sólo puede plantearse como valoración o sospecha política.
Pero precisamente por eso cabe formular una pregunta legítima en un artículo de opinión:
¿Por qué después de un fracaso electoral era imprescindible que María Jesús Montero añadiera inmediatamente a su condición de diputada andaluza la de senadora?
Que cada cual saque sus conclusiones.
Yo tengo las mías.
El socialismo andaluz y su larga sombra
Hay además algo especialmente simbólico en estos tres nombres.
Susana Díaz, Juan Espadas y María Jesús Montero representan la continuidad de un aparato político que ha gobernado Andalucía durante buena parte de la democracia.
Un socialismo bajo cuyos gobiernos se produjeron algunos de los mayores escándalos políticos y judiciales de la historia reciente de Andalucía.
Ahí está la historia de los ERE.
Ahí están las polémicas alrededor de las ayudas públicas, las agencias, las empresas públicas y una administración autonómica que durante demasiado tiempo fue presentada por sus adversarios como una prolongación del partido.
Sería injusto atribuir personalmente a cualquiera de estos tres dirigentes delitos por el mero hecho de haber pertenecido al PSOE andaluz. No es eso lo que sostengo.
Lo que sostengo es algo políticamente mucho más importante.
Forman parte de una cultura de poder.
Una manera de entender la política según la cual el partido protege, coloca, recoloca y mantiene a sus cuadros.
Cambian los nombres.
Permanece el sistema.
El Senado de los derrotados
La paradoja resulta irresistible.
Los tres senadores socialistas designados por Andalucía son precisamente los tres últimos dirigentes del PSOE andaluz.
Susana Díaz perdió el poder.
Juan Espadas no consiguió recuperarlo.
María Jesús Montero tampoco.
Y los tres terminan juntos en el Senado.
Si esto fuera una película podríamos titularla Los tres magníficos, aunque electoralmente el título resultaría difícil de justificar.
Yo preferiría otro:
El club de los derrotados.
Porque ésta es una de las enfermedades de nuestra democracia: hemos creado una clase política profesional para la que abandonar la política se ha convertido prácticamente en una anomalía.
Antes un político terminaba su etapa pública y regresaba a su profesión.
Ahora algunos parecen necesitar otra institución.
Un parlamento.
Una asesoría.
Un consejo de administración.
Una empresa pública.
Un organismo.
Un Senado.
Algo.
Lo importante es no abandonar jamás el ecosistema.
Una Cámara Alta que merece algo mejor
Y esto perjudica también al propio Senado.
España debería plantearse seriamente qué quiere hacer con su Cámara Alta.
Un Senado verdaderamente territorial podría desempeñar una función fundamental en un Estado tan descentralizado como el nuestro. Podría ser el gran lugar de encuentro entre territorios, el contrapeso institucional del Congreso y una cámara con personalidad política propia.
Pero demasiadas veces PP y PSOE lo han convertido en otra cosa.
En refugio.
En retiro.
En premio.
En sala de espera.
En cementerio de elefantes.
Y eso degrada una institución constitucional.
El problema, por tanto, no es sólo María Jesús Montero. Ni Susana Díaz. Ni Juan Espadas.
El problema es un sistema construido por los grandes partidos durante décadas para garantizar que casi nadie importante se quede sin silla cuando se detiene la música.
Andalucía ya habló
Lo más llamativo es que los andaluces habían hablado.
Habían hablado cuando pusieron fin a décadas de gobiernos socialistas.
Volvieron a hablar cuando Juan Espadas fue incapaz de recuperar la Junta.
Y han vuelto a hacerlo en mayo de 2026, dejando al PSOE con apenas 28 diputados.
Pero el aparato siempre encuentra una interpretación distinta de las urnas.
El ciudadano dice: váyase.
El partido responde: al Senado.
El ciudadano dice: no le quiero gobernando.
El partido contesta: entonces será senador.
El ciudadano castiga una candidatura.
El aparato encuentra una institución donde colocar al candidato.
Luego se sorprenden del desprestigio de la política.
No deberían.
Tres sillones y una misma historia
Susana Díaz, Juan Espadas y María Jesús Montero juntos en el Senado constituyen la fotografía perfecta del socialismo andaluz contemporáneo.
Pasado, presente y fracaso reunidos bajo el mismo techo.
Y mientras millones de españoles tienen que reinventarse profesionalmente cuando pierden su trabajo, aceptar empleos peores, empezar de cero o marcharse de su tierra, nuestra aristocracia política continúa desplazándose tranquilamente de institución en institución.
Siempre hay un sillón disponible.
Siempre aparece una puerta lateral.
Siempre queda el Senado.
Decía al principio que hay fotografías que explican una época.
Ésta explica demasiado bien la nuestra.
Tres dirigentes del socialismo andaluz. Tres carreras políticas castigadas de una u otra manera por las urnas o por sus propios compañeros. Y tres senadores.
No sé si el Senado es realmente una Cámara de representación territorial.
Pero viendo determinados nombramientos, cada día tengo más claro que para algunos partidos se ha convertido en algo mucho más sencillo:
la residencia política donde nadie se jubila jamás.