Hubo un tiempo en el que salíamos de casa y desaparecíamos.
Literalmente.

La opinión de Javier García Isac
Hubo un tiempo en el que salíamos de casa y desaparecíamos.
Literalmente.
Cerrábamos la puerta y durante unas horas nuestros padres, nuestra mujer, nuestros amigos o nuestros hijos no tenían la menor idea de dónde estábamos.
Y no ocurría nada.
No llevábamos un teléfono en el bolsillo. Nadie podía enviarnos un WhatsApp. No existía la ubicación en tiempo real. No había dos rayitas azules esperando una respuesta. No teníamos que explicar por qué llevábamos veinte minutos sin contestar.
Simplemente habíamos salido.
Parece que estoy hablando de la Edad Media.
Pero ocurrió anteayer.
Pertenezco a una generación que vivió sin Internet. Y cuanto más observo el mundo que hemos construido, más me sorprende haber sobrevivido.
Quedábamos a las siete.
—¿Dónde?
—En la puerta del cine.
Y aquello constituía un contrato.
No había mensajes posteriores.
No existía el «voy saliendo».
Ni el «llego en cinco minutos», que normalmente significa quince.
Ni podíamos mandar nuestra ubicación.
Había que estar allí.
A las siete.
Y si tu amigo se retrasaba, esperabas.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
A los veinte empezabas a pensar que quizá había ocurrido algo.
A los treinta te enfadabas.
Y después tomabas una decisión trascendental: seguir esperando o marcharte.
No podías escribirle.
No podías llamarle.
No podías saberlo.
Había cosas que simplemente no sabíamos.
Y también sobrevivíamos a eso.
Recuerdo las cabinas telefónicas.
Aquellas pequeñas cajas de cristal distribuidas por las ciudades desde las que llamábamos a casa buscando monedas en los bolsillos.
—Mamá, voy a llegar más tarde.
Y había que darse prisa porque las monedas desaparecían con una velocidad que nos parecía escandalosa.
A veces encontrabas una cabina que no funcionaba.
Buscabas otra.
Y otra.
Hoy perder la cobertura durante cinco minutos puede producir angustia. Entonces podías pasar una tarde entera sin que nadie supiera dónde estabas y regresabas a casa con la tranquilidad de quien no había protagonizado ninguna aventura extraordinaria.
Quizá porque la libertad también consistía en eso.
En no estar permanentemente localizable.
Había teléfonos fijos.
Uno para toda la familia.
Normalmente colocado en un lugar de la casa donde resultaba imposible mantener una conversación privada.
Sonaba.
Y alguien gritaba:
—¡Es para ti!
Toda una generación aprendió el significado de la intimidad intentando hablar con una novia mientras sus padres estaban a tres metros.
Aquello sí era vivir peligrosamente.
Y si llamabas a casa de una chica, existía un momento especialmente dramático.
Contestaba su padre.
No había identificador de llamada.
No podías retirarte dignamente.
Había que preguntar por ella.
Con nombre y apellidos si era necesario.
La tecnología ha eliminado muchos problemas, pero también nos ha privado de algunas pruebas de valor.
Escuchábamos música de otra manera.
Comprábamos discos.
Los tocábamos.
Los mirábamos.
Leíamos las letras.
Contemplábamos las fotografías de la carpeta.
Ahorrábamos para comprar aquel LP que llevábamos semanas deseando.
Y cuando finalmente llegaba a nuestras manos, no escuchábamos veinte segundos antes de pasar a la siguiente canción.
Escuchábamos el disco.
Entero.
Había una cara A y una cara B.
Y entre ambas existía un pequeño ritual: levantarse, darle la vuelta al vinilo y colocar nuevamente la aguja.
Un gesto insignificante que hoy me parece extraordinariamente humano.
Después llegaron las cintas de casete.
Aquello abrió un universo.
Grabábamos canciones de la radio.
Esperábamos durante horas a que sonara la que queríamos y, cuando finalmente comenzaba, apretábamos simultáneamente dos botones.
Play y Rec.
Si el locutor hablaba encima del comienzo, habíamos perdido la batalla.
Y no existía ningún algoritmo dispuesto a volver a intentarlo.
Había que esperar.
Esperar.
Qué verbo tan antiguo.
Esperábamos una canción.
Esperábamos una carta.
Esperábamos una llamada.
Esperábamos el estreno de una película.
Esperábamos una semana para ver el siguiente capítulo de una serie.
Esperábamos las fotografías después de llevar el carrete a revelar.
Esperábamos incluso para saber cosas.
Ahora queremos todo inmediatamente.
Quizá por eso disfrutamos tan poco de tantas cosas.
Las fotografías merecerían un capítulo aparte.
Teníamos carretes de 12, 24 o 36 fotografías.
Treinta y seis.
Nada más.
Había que elegir.
No fotografiábamos el desayuno desde cuatro ángulos diferentes.
No hacíamos cincuenta fotografías de la misma puesta de sol.
No existía la posibilidad de comprobar inmediatamente si habíamos salido bien.
Disparabas.
Y confiabas.
Días después recogías el sobre de la tienda.
Entonces descubrías que alguien había cerrado los ojos, que otra fotografía estaba movida y que el dedo del fotógrafo aparecía misteriosamente en una esquina.
Y aquellas fotos imperfectas acababan en un álbum.
No en una nube.
En un álbum.
Un objeto que pesaba.
Que ocupaba espacio.
Que envejecía.
Que pasaba de mano en mano durante las reuniones familiares.
Todavía hoy encontramos una de aquellas fotografías y sucede algo que difícilmente produce una imagen perdida entre las quince mil que almacenamos en un teléfono.
Nos detenemos.
La miramos.
Y recordamos.
También escribíamos cartas.
Cartas de verdad.
Papel.
Bolígrafo.
Sobre.
Sello.
Buzón.
Había que pensar qué queríamos decir porque no podíamos corregirlo tres minutos después con otro mensaje.
Una carta recorría kilómetros llevando nuestra letra.
Nuestra manera de apretar el bolígrafo.
Una tachadura.
Una palabra escrita deprisa.
Incluso nuestro olor si alguien había cometido la cursilería —maravillosa cursilería— de perfumar el papel.
Y después había que esperar la respuesta.
Otra vez esperar.
Quizá amar también consistía un poco en esperar.
Esperar una llamada.
Una carta.
Una cita.
Una llegada.
Hoy podemos hablar con alguien situado al otro extremo del planeta en un segundo.
Y eso es maravilloso.
No renunciaría a ello.
No quiero idealizar el pasado.
Internet nos ha proporcionado posibilidades extraordinarias. Tenemos acceso inmediato a bibliotecas enteras. Podemos hablar con nuestros hijos cuando viajan. Encontrar una calle desconocida. Trabajar desde cualquier lugar. Escuchar cualquier canción. Ver prácticamente cualquier película. Recuperar en segundos información que antes exigía una mañana en una biblioteca.
Sería absurdo negar el progreso.
Pero todo progreso cobra algún peaje.
Y quizá todavía no hemos calculado completamente éste.
Antes teníamos menos conexiones.
Pero algunas relaciones tenían más tiempo.
Antes recibíamos menos mensajes.
Pero esperábamos determinadas llamadas con verdadera ilusión.
Antes hacíamos menos fotografías.
Pero las mirábamos más.
Antes escuchábamos menos canciones.
Pero nos sabíamos los discos.
Antes teníamos cuatro o cinco canales de televisión.
Y toda España podía comentar al día siguiente el mismo programa.
Esperábamos una película.
Si la emitían el sábado a las diez, había que verla el sábado a las diez.
No existía «ver más tarde».
Ni plataforma.
Ni catálogo infinito.
Quizá precisamente porque había menos posibilidades, elegíamos menos y disfrutábamos más.
También estaba la radio.
Siempre la radio.
Un transistor podía acompañarte durante una noche entera.
Una voz desconocida llegaba desde un estudio y tenía algo de compañía secreta.
La radio no necesitaba imágenes.
Las fabricábamos nosotros.
Cada oyente imaginaba un rostro, una habitación, un estadio, una historia.
Y mientras escuchábamos, hacíamos algo que ahora parece revolucionario:
prestábamos atención.
Hoy vemos la televisión mientras miramos el móvil.
Miramos el móvil mientras hablamos con alguien.
Hablamos con alguien mientras llega una notificación.
Contestamos la notificación mientras empieza otra cosa.
Estamos en todas partes.
Y quizá por eso, algunas veces, no estamos verdaderamente en ninguna.
Ésa es la paradoja de nuestro tiempo.
Nunca habíamos estado tan comunicados.
Nunca había sido tan sencillo localizar a otra persona.
Nunca habíamos tenido tantos amigos, seguidores, contactos y grupos.
Y, sin embargo, hemos tenido que inventar palabras para describir nuevas formas de soledad.
Yo recuerdo otra España.
La del quiosco.
La del periódico doblado debajo del brazo.
La de los cromos.
La del videoclub algo después.
La de las monedas para llamar.
La del «avisa cuando llegues» sabiendo que avisar significaba encontrar un teléfono.
La de bajar a la calle y tocar el telefonillo:
—¿Baja Javier?
La de jugar durante horas sin que nuestros padres supieran exactamente en qué esquina estábamos.
La de volver cuando empezaba a oscurecer.
La de los amigos llamando a la puerta.
La de las conversaciones sin teléfonos encima de la mesa.
No era una España perfecta.
Nunca existió esa España perfecta que algunas veces fabrica la nostalgia.
Había problemas.
Había preocupaciones.
Había dificultades que afortunadamente hemos dejado atrás.
Pero había algo que echo de menos.
El tiempo parecía durar más.
Quizá porque no intentábamos llenarlo todo.
Había momentos vacíos.
Y el aburrimiento, que hoy consideramos una enfermedad infantil que debemos curar inmediatamente entregando una pantalla, tenía una función extraordinaria.
Nos obligaba a inventar.
A leer.
A salir.
A hablar.
A imaginar.
A mirar por una ventana.
Incluso a no hacer nada.
Y no hacer nada también forma parte de la vida.
Pienso algunas veces en aquellos jóvenes que fuimos.
No sabíamos que vivíamos en un mundo analógico.
Para nosotros era simplemente el mundo.
No sabíamos que las cabinas desaparecerían.
Que los discos serían sustituidos por archivos invisibles.
Que las cartas acabarían convertidas casi en objetos románticos.
Que llevaríamos una cámara fotográfica, una biblioteca, una televisión, una radio, un periódico, un mapa y un teléfono dentro del mismo aparato.
Y mucho menos imaginábamos que ese pequeño aparato terminaría ocupando tantas horas de nuestras vidas.
Seguramente tampoco querría regresar completamente.
Me he acostumbrado demasiado bien a las comodidades del presente.
Pero algunas veces sí me gustaría volver durante una tarde.
Sólo una.
Entrar en una tienda de discos.
Comprar un vinilo.
Salir sin teléfono.
Quedar con unos amigos a las siete.
Llegar cinco minutos antes.
Esperar.
Sentarnos en un bar sin dejar ningún aparato encima de la mesa.
Hablar.
Mirarnos.
Reírnos.
Y regresar a casa sin haber fotografiado absolutamente nada.
Sin haber publicado nada.
Sin haber contado a desconocidos dónde estuvimos, qué comimos o con quién hablamos.
Que aquella tarde existiera solamente para quienes estuvimos allí.
Quizá eso sea lo que más echo de menos.
Que las cosas pudieran suceder sin necesidad de ser mostradas.
Éramos menos visibles.
Pero no necesariamente más solos.
Estábamos más incomunicados.
Pero quizá nos comunicábamos mejor.
Teníamos menos posibilidades de contactar con todo el mundo.
Pero cuando alguien estaba delante, estaba delante.
Y nosotros también.
No sé si aquello era mejor.
Probablemente algunas cosas sí y otras muchas no.
La nostalgia tiene la mala costumbre de borrar los días malos y conservar únicamente las tardes de verano.
Pero tampoco quiero aceptar que todo lo nuevo sea necesariamente progreso y todo lo perdido carezca de valor.
Hay cosas que merece la pena rescatar aunque no podamos recuperar el mundo en el que existieron.
La paciencia.
La espera.
La conversación.
La intimidad.
El silencio.
La capacidad de aburrirse.
El placer de escuchar un disco entero.
La alegría de encontrar una carta en el buzón.
El compromiso de decir «a las siete» y aparecer a las siete.
Y, sobre todo, una vieja costumbre que deberíamos proteger antes de que desaparezca definitivamente:
estar con alguien sin estar al mismo tiempo en ninguna otra parte.
Hubo un tiempo en el que salíamos de casa y desaparecíamos.
Y resulta curioso.
Ahora que pueden encontrarnos a cualquier hora, en cualquier lugar y prácticamente en cualquier momento, algunas veces tengo la sensación de que es precisamente ahora cuando estamos más perdidos.
Porque hubo un tiempo en que estar incomunicado no significaba estar solo.
Significaba, simplemente, estar viviendo.