Hay fechas que no deberían olvidarse jamás. No por nostalgia, no por revancha, sino por responsabilidad histórica. El 19 de marzo de 1936 no fue un día excepcional. No fue una anomalía. Fue, sencillamente, un día más en la España del Frente Popular.
Un día más de violencia.
Un día más de persecución.
Un día más de sangre.
Noventa años después, conviene recordarlo. Porque mientras unos ponen nombres a las víctimas, otros siguen empeñados en borrarlas. Mientras unos apelan a la verdad, otros se refugian en el relato.
Y el relato, ya lo sabemos, es el arma favorita de la izquierda.
Un país tomado por la violencia
Aquella jornada —como tantas otras entre febrero y julio de 1936— refleja con crudeza la realidad de una España secuestrada por el sectarismo.
En Piñares (Oviedo), un joven, Francisco Álvarez Díaz, fue brutalmente apaleado y arrojado por un precipicio.
En Castro Urdiales, la violencia callejera dejaba heridos graves y se intentaba incendiar un centro católico.
En San Sebastián, José Aramburu Lasarte era asesinado por su condición política.
En Ávila, un menor de 16 años era salvajemente agredido.
En La Encina, la iglesia era reducida a cenizas.
En Caudete, ardían ermitas.
En Almansa, hogares humildes eran asaltados y saqueados bajo consignas revolucionarias.
No eran hechos aislados.
No eran excesos puntuales.
Eran el síntoma de un régimen que había perdido el control, o peor aún, que había decidido mirar hacia otro lado.
El Frente Popular: del pucherazo al caos
Todo esto ocurre apenas semanas después de las elecciones del 16 de febrero de 1936. Unas elecciones que, lejos de ser ejemplares, quedaron marcadas por la manipulación, la coacción y el fraude.
El Frente Popular no solo llega al poder: se hace con él.
Y una vez dentro, desata —o permite— una espiral de violencia que convierte a España en un polvorín.
Las autoridades no protegen a los ciudadanos.
No detienen a los agresores.
No garantizan el orden.
Al contrario: en demasiadas ocasiones, persiguen a las víctimas mientras toleran a los verdugos.
Las víctimas olvidadas de la izquierda
Hoy, noventa años después, esas víctimas siguen sin tener nombre en el discurso oficial.
No hay homenajes institucionales.
No hay minutos de silencio.
No hay leyes de memoria que las rescaten.
Porque no encajan en el relato.
La izquierda ha construido una memoria selectiva, donde solo caben unos muertos. Donde solo unas víctimas merecen dignidad. Donde la verdad histórica se retuerce hasta convertirse en propaganda.
Pero la historia, por mucho que se manipule, no desaparece.
Los verdugos reivindicados
Y mientras las víctimas son silenciadas, los responsables son blanqueados.
Hoy vemos cómo partidos y movimientos de izquierda recuperan sin pudor las siglas del Frente Popular.
Cómo se reivindican aquellos años.







