Hay trayectorias políticas que no son una hoja de servicios, sino un retrato fiel de un modelo de poder. Y María Jesús Montero es, probablemente, una de las expresiones más nítidas de lo que ha sido y es el Partido Socialista en las últimas décadas: control, propaganda, utilización de las instituciones y una absoluta falta de autocrítica.
Montero no es una recién llegada. No es una figura improvisada. Es, más bien, el producto más refinado de un sistema que lleva décadas funcionando en Andalucía y que luego ha exportado sus métodos al conjunto de España. Su paso por el Ministerio de Hacienda no ha sido una etapa técnica ni neutra. Ha sido, como muchos han denunciado, un instrumento político al servicio del poder.
Porque si algo ha caracterizado su gestión, ha sido la utilización de Hacienda como herramienta de presión. Inspecciones selectivas, señalamiento de adversarios, una política fiscal asfixiante para autónomos, empresas y clases medias, y una voracidad recaudatoria que ha llevado a España a niveles de presión fiscal históricos, mientras el país se empobrecía. Ese ha sido su legado.
Y ahora, tras dejar esa herencia de desgaste económico y descrédito institucional, se presenta en Andalucía como salvadora. Como si no hubiera formado parte del problema. Como si no hubiera sido una de las piezas clave del engranaje de Pedro Sánchez. Como si no hubiera sido, en definitiva, una de sus colaboradoras más fieles.
Resulta especialmente llamativo —por no decir grotesco— el tono de sus propias declaraciones recientes, donde se presenta como una de las mujeres con más poder en la democracia española. Quizá tenga razón. Pero lo verdaderamente preocupante no es el poder que ha acumulado, sino cómo lo ha ejercido.
Porque si este es el modelo de éxito en la política española —el de quien asciende dentro de un sistema cerrado, se mantiene leal al líder de turno y utiliza las instituciones en beneficio del partido— entonces el problema no es María Jesús Montero. El problema es el sistema que lo permite.
Pero para entender a Montero hay que volver a Andalucía.
A los años de gobierno socialista. A los años de Manuel Chaves. A ese entramado de poder donde el PSOE no solo gobernaba, sino que controlaba todos los resortes de la administración. Montero fue parte de ese sistema. No como espectadora, sino como protagonista.
Y ahora asistimos a algo que retrata a la perfección la degradación moral del socialismo español: lejos de ocultar su pasado, lo reivindican. Lejos de marcar distancias con los escándalos de corrupción, los convierten en activos electorales.
Ahí está la intención —ya deslizada— de recuperar figuras como Chaves o José Antonio Griñán, ambos condenados por el caso de los ERE. Ahí está la posibilidad de verlos pasearse de nuevo en campaña, como si nada hubiera ocurrido, como si el saqueo de fondos públicos fuera una anécdota y no uno de los mayores escándalos de corrupción de la historia reciente de España.
Y no solo ellos. También se habla de recuperar a Susana Díaz, otra expresión de ese socialismo andaluz que confundió durante décadas partido e institución.







